Miércoles, 29 de Enero 2020
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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Las sombras se alargan, el sol declina rumbo al sur. Es la temporada del año cuando se busca el amparo de los muros recalentados por el reverbero de la estación y las plantas del jardín reducen sus actividades para mejor administrar la savia que conduce sus existencias. Por lo pronto el jazmín se arrebuja entre sus guías poderosas, y los guayabos cambian levemente las tonalidades de sus hojas para dar cuenta de la mudanza de los tiempos. Los pájaros peregrinos saben de todos estos ajustes, y con renovada cautela incursionan por donde saben, con toda precisión, que encontrarán su alimento. Vuelan las tardes muy livianas, y la llegada de la oscuridad, todavía, se adelanta.

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Fra Angelico. Es imposible describir el esplendor de sus pinturas. Sin embargo, se arriesga una tentativa, siquiera sea una aproximación a lo que a través de los siglos vienen diciendo estas hechuras, como de los ángeles, que asombran por su justeza, su suave poderío. Un pequeño libro, inmenso por el resplandor que ha dejado a lo largo ya de décadas, regalo de un amigo querido, da cuenta de todo esto. Para empezar, el trazo impecable, que nunca podrá disociarse de los sabios colores elegidos y que establecen invariablemente una atmósfera de prodigio, un ámbito sagrado en el que parecen levitar los personajes.

La doradura de los rayos que atraviesan algunas composiciones otorga a las imágenes una tensión hacia lo divino que se antoja irresistible en toda su delicadeza. Al mismo tiempo, la fronda de los árboles, el detalle preciso de las plantas, es el homenaje gozoso del pintor hacia la creación toda. En otras escenas, se mira a los enviados del mal atormentando terriblemente a los descarriados. Pero, de cualquier manera, es quizá el azul el que mejor permanece en la memoria. Es una precisa tonalidad que se adivina largamente buscada, perfeccionada, pulida. El azul de los sueños, de lo inefable, de un trabajo paciente y sostenido que desemboca en la epifanía que significa, cada vez, situarse, obtener un sitio en la sucesión de las generaciones, para acceder a una humilde, esplendorosa, incombustible búsqueda de lo sagrado.

Y la arquitectura de Fra Angelico. El pequeño libro se subtitula El fuego de la fé. Un fuego sin duda purificador, atravesado por un rigor que guarda su severidad atrás de atmósferas como de sueños apacibles. Es a este clima estético, a estas proposiciones visuales que corresponden las auténticas invenciones arquitectónicas de su autor. Lo construido se despoja de cualquier agregado, se vuelve esencial, sirve de eficaz contrapunto a los serenos o dramáticos pasajes que se ilustran. Es notable cómo estas arquitecturas toman así un aire intemporal, establecen un estado del espíritu, elevan por encima de la cotidianidad a quien las mira. Y siguen proponiendo alternativas, modos de entender la perspectiva, la luz, el dialogo de los volúmenes.

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De repente, un panorama llama la atención. Es una composición que, siglos después, sin duda tendría que ver con las creaciones de Chirico, con una inopinada contemporaneidad carente de anclaje en el tiempo. Es simplemente un muro con idénticos contrafuertes rematados con pirámides exactas. Atrás se deja apenas ver el remate de ciertas construcciones de la ciudad. Y en primer plano, con un espíritu de sorprendente modernidad, solamente una cruz desnuda con unos pocos restos de sangre, una escalera ahora ya inútil.

Escribe Maurice Guillaud, autor de los breves textos que acompañan al volumen:

Sobre la horizontalidad en madera -en T- de la Cruz
-como nueva-                                                                                                                                                                                                                             sangran los clavos
por haber desgarrado la superficie
lisa.

La escalera no lleva
a ninguna parte

Las murallas con contrafuertes con sus mil
reductos
brillan –destello del metal frío-

iluminadas de lado por un pálido sol
ausente.

Montículos
y bajas colinas –mudas montañas-
alfireteadas de torres y de frágiles castillos –tan lejanos.

El horizonte
reverbera con una luz
de vida que ha huido –todo el cielo
le hace eco.

Sobre el cadáver de Dios
la hierba y las flores
                                                                                                                                                                                                                   renacen

¿Es el Fin el Comienzo?
 

jpalomar@informador.com.mx

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