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Miércoles, 18 de Septiembre 2019
Ideas |

Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Llega la lluvia con todo su poderío. Vuela el agua en rachas furiosas, y las copas de los árboles se inclinan al paso de la tormenta. Daños y premuras se suscitan en su recorrido. Es la conocida fuerza de los temporales en este valle. Ríos impetuosos por las calles, anegamientos, cauces que se desbordan. La imprudente, insensata mano del hombre atrás de tanto desarreglo que ahora vuelve más intensas las avenidas. Con la calma, la ciudad recuenta los daños, busca los remedios. El jardín, mínima parte de este panorama, muestra sus cicatrices. Pero pronto vendrán los renuevos a erguir sus promesas, a levantar las banderas de la vida que sigue.

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En honor de los maestros, en acendrada memoria del maestro Gabriel Casillas Moreno:

Las lecciones de un maestro parten, sin dudarlo, de una alegría esencial, imbatible. Es la que da la conciencia de estar transmitiendo una flama inextinguible: la del conocimiento que a través de las generaciones hace su camino; pero, mucho más allá, la del íntimo gozo de sembrar en los discípulos la búsqueda por  transformar, por hacer mejor el mundo. Porque cada maestro, si en verdad lo es, lleva consigo la visión de un mundo mejor, más justo, más bello al final. Con la belleza de la verdad, del esplendor del orden, de un orden que sabe acordarse con la vida innumerable. Cabe al discípulo recibir los conocimientos, pero sobre todo, alimentar la llama del espíritu que un magisterio perdurable transmitió, y que debe a toda costa durar a través de las generaciones.

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Del silencio. Como un pájaro maravilloso viene a posarse sobre el caserío en ciertos ratos de los días, en las madrugadas sigilosas. Bajo sus alas las mañanas se hacen más hondas y gozosas, el despuntar de la luz tiene un filo insospechado. Pero el ave es huidiza y el ruido, aún antes de haber llegado hace que levante el vuelo. Ya se aleja y queda el lastimoso zumbido del tráfico, el ulular de alguna sirena, los radios insolentes que emiten músicas extraviadas. Pero el silencio es un pájaro atento, y aprovecha los resquicios de la insensatez reinante para reaparecer, así sea por preciosos segundos. Y entonces consiente, y alienta, los sonidos que saben profundizar, fructificar el silencio: los de sus compañeros, los mínimos pájaros de la aurora, el rumor de los insectos, el lejano tañido de alguna campana que mide el tiempo.

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Kierkegaard: “El estado actual del mundo y de la vida en general es uno de enfermedad. Si yo fuera un doctor y me pidieran mi opinión les diría ‘Creen silencio’.”

Más citas encontradas. (Del notable sitio pijamasurf.)

Arnold Kone resume de buena manera el pensamiento de Kierkegaard en relación al silencio: Kierkegaard le está diciendo a todos los seres humanos: deja de escuchar todas las voces de este mundo finito, escucha el silencio en todo su temor y temblor, y la voz vendrá. Y con ella, la fuerza y la valentía para ‘obedecer’ las exigencias íntimas e individuales de la visión personal del Bien.

Meister Eckhart: “En medio del silencio una palabra oculta me fue dicha. ¿Dónde está el silencio y dónde ese lugar en el que la palabra fue dicha? Está en lo más puro que el alma puede hacer, en su parte más noble, en el fondo, más aún, en la esencia misma del alma”.

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Una frase latina solía repetir el maestro. Relataba que la inscripción coronaba el pórtico de un jardín esplendoroso y humilde. Decía, simplemente: Silentium pulcherrima caeremonia: Silencio, bellísima ceremonia. Por largo rato cavilaban los alumnos, mientras el jardín imaginado construía en su ánima sus estructuras, su trabazón de suaves fuerzas, y los muchachos entendían poco a poco lo que un jardín podía encerrar.

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Del viejo maestro, Enrique González Martínez:

Mi amigo el silencio

Llegó una vez, al preludiar mi queja

bajo el amparo de la tarde amiga,

y posó su piedad en mi fatiga,

y desde aquel entonces no me deja.

Con blanda mano, de mi labio aleja

el decidor afán y lo mitiga,

y a la promesa del callar obliga

la fácil voz de la canción añeja.

Vamos por el huir de los senderos,

y nuestro mudo paso de viajeros

no despierta a los pájaros…

Pasamos solos por la región desconocida;

y en la vasta quietud, no más la vida

sale a escuchar el verso que callamos.

jpalomar@informador.com.mx

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