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Martes, 23 de Octubre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. La calle que ahonda el sur discurre en un bienhechor silencio. Es una sección considerable a través de una ciudad sólida y bravía. Muchachas que caminan, niños que se asoman, jóvenes en llamas que merodean ciertas esquinas, árboles aguerridos que siguen floreando. La noble Colonia del Fresno ocupa, precisamente, muchos fresnos y alguna pintura para ser bonita. Los silos industriales que bordean el único paso hacia el norte del barrio resultan de una ejemplar belleza, pero casi ahogan el trayecto: clásica mezquindad tapatía en acción después de muchas décadas. Pero en cada punta del camino hay un jardín. Uno es vasto y congrega una alegre plétora de muchachos, que pululan a la sombra de ya longevos árboles. El otro es aún más vasto y contiene todo el cielo, el rojizo resplandor del delirio, los pájaros que muy puntuales traen el gozo de las mañanas, las risas de los niños alborotados, el rumor de los pasos de amigos errantes. Dos jardines a los que el péndulo de los años conduce: rayas, arquitecturas, aprendizajes, desencuentros, una pila que sigue manando el agua del recuerdo; o la suave calma del viento del poniente en su apacible embestida, como de borrego manso, cuando pardea…

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“¿Centinela cómo va la noche?” “Qué ves en la noche, dinos centinela…” Según parece la primera pregunta está en algún lugar de Shakespeare, la segunda proviene de un himno de la Liturgia de las Horas. Quien custodia en la penumbra, es a toda la ciudad a la que cuida, es el sueño de los justos el que protege. Así, cada obra en construcción se vuelve una atalaya desde la que, al son de un discreto radio de transistores, un humilde trabajador vela al vecindario completo. Cuando hay suerte y el trabajador vale. Porque el velador de las construcciones suele ocupar el más humilde escalón del gremio de la plomada, sufre de alguna limitación, está ya cargado de años… Pero siempre debe de tener el coraje de los solitarios, la paciencia de las madrugadas en blanco, la sabiduría para torear las cuchufletas de la albañilada, pronta a hacerlo a veces objeto de su escarnio. Es tal vez por esto último que Marco Aldaco, arquitecto extraordinario que era, en una de sus obras costeñas llegó con el designado y le entregó una camiseta decorada con primor con un estupendo letrero: “¡Más respeto para el vela!” Y el velador, más que ufano, la lucía. Contaba otra vez un señor que ya no está de la socarrona cachaza de un nuevo velador que sin más preguntó, llegando a la obra: “¿Dónde duerme el que vela?”

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Frank Scott Fitzgerald: On booze. Sobre la bebida: “Primero el trago toma un trago, luego el trago te toma.” “Cuando permanece sobrio seis meses y no soporta ya a ninguna de las gentes que le agradaban cuando estaba borracho.” “Mandarle a la orquesta champán de segunda: nunca, nunca hacerlo de nuevo.” “No te conviene beber tanto porque cometerás muchos errores y desarrollarás la sensibilidad, y ése es un mal rasgo para un hombre de negocios.” “Direcciones en sus bolsas: sobre todo de dílers y psiquiatras.”

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 No te vayas con dulzura hacia esa buena noche/ Rabia, rabia… Famosamente lo dijo Dylan Thomas, y una tenue y atronadora voz lo va siempre cantando en la sangre. Tantas sabidurías se agolpan para afrontar el tránsito ineluctable, las arduas postrimerías, el final salto hacia el otro lado del espejo que hasta entonces revelaba, en toda su infinita anchura, sólo una ínfima partícula del Todo. Albert Camus dijo algo terminante y rotundo sobre la muerte: “No estoy de acuerdo.” Los días de negrura y desapariciones convocan una vez más a la rabia que pide para los muchachos, sin más, la vida. Toda la vida. Bien sabemos que, con mayor o menor conciencia, todos caminamos confiados sobre el filo de la navaja. El tiempo está más que contado, los dos extremos de la mecha arden y se habrán de juntar, la guadaña mece su inescrutable vaivén, la flecha mortal viene desde la eternidad cruzando el aire. Y el óxido nunca duerme. Y, para decirlo con Merwin, cada año, sin saberlo, cruzamos el día que es el aniversario de nuestra muerte. Pero, para esos muchachos cuya carne disolvió el ácido: no ahora, nunca así, nunca para nadie más. Rage, rage… Merecían vivir por siempre, como todos, esperanzadamente, lo haremos en el cielo; pero después, después por amor de Dios, de haber vivido la copa del mundo hasta las heces, de haber atravesado los vértigos, los hallazgos, las músicas y las películas, los paisajes, las penas y los raptos de un inexplicable y duradero júbilo terreno.

Una excepcional banda de combate se llama, muy precisamente, Rage against the machine. Rabia contra la máquina. Contra este mecanismo inmundo y salvaje que trituró ahora estas vidas, que ha disuelto a lo largo de los tiempos a tantas. Rabia contra la injusticia babeante, contra la codicia insaciable y la crueldad estúpida y ciega. Pudo haber sido un campo de batalla en Mongolia o Aquitania, el destello final en Hiroshima, o unos esbirros enloquecidos en un suburbio tapatío. ¿Quién construyó la máquina? ¿Quién logrará, al final, detenerla, destruirla? Pasan centenares de muchachos rumbo al centro, marchan ferozmente, cantan consignas desesperadas: ellos, tal vez, podrán lograrlo…

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Una vez fui, canta Jeff Buckley. Va una traducción que, como siempre, es más una adivinanza, y una adivinación:

Fui una vez un soldado

Y en arenas extranjeras pelee por ti

Fui una vez cazador

Y volví a la casa con carne fresca para ti

Fui amante una vez

Y te busqué detrás de tus ojos

Y pronto habrá el otro

Para decirte que yo era nomás una mentira

Y a veces me pregunto

Nomás por un rato

Si jamás de mí te acordarás

Y aunque hayas olvidado

Todos nuestros desastrados sueños

Me descubro buscando

En las cenizas de nuestras ruinas

Los días de la sonrisa

Y las horas del delirio

Con la magia de nuestros ojos

Y el silencio de nuestras palabras

Y a veces me pregunto

Nomás por un rato

Si jamás de mi te acordarás
Si jamás te acordarás de mí

DR

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