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Viernes, 21 de Septiembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Pasajeros vientos gélidos reconcentran el jardín. Sus follajes se estremecen al paso del visitante inesperado. Una lluvia indecisa y errante acentúa el giro de la estación. Su huella liviana marca pálidos círculos en los ladrillos de la terraza. Pasa ahora la anual dosis de los fríos que contribuyen a dar su ciclo a las savias, a acordar los ritmos de la vida que transcurre, a marcar un tránsito inmemorial, fiel a sus impasibles instrucciones. Durar, prosperar, contribuir desde su mínimo rincón al devenir del cosmos, al abrigo y el gozo de las gentes. Bien que lo sabe el jardinero: lee el cielo, previene cuidados, se aplica en sus labores, metódicas y sabias. Es parte de una callada legión de operarios que conduce, con la intemporal constancia de su oficio, al mejor destino de las ciudades, del mundo.

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Caminar la ciudad desde el moroso avance del paseante, considerar calles y minucias, consignar mentalmente agravios y progresos. Tal arboleda prospera, y en otras partes huecos dolorosos dan cuenta de la necedad o la incuria. Apuntes para una esperada irrupción del deseo de que todo prospere. La marcha por barrios y rinconadas es una consciente inscripción en una germinación centenaria que empezó con unas primeras cuadras, que se ahonda ahora en las lejanías de la urbe que se extiende. Edificaciones dignas y aun graciosas, fincas bravamente mantenidas contra la usura del tiempo, construcciones que acusan el lento naufragio que propician los daños. Breves jardines que agradeciblemente se asoman al paso del transeúnte, otras extensiones dedicadas después a las innobles manchas del aceite y el caucho. En el caserío, gestos de civilidad y honrada cortesía ciudadana se alternan con huraños desarreglos. Una ciudad entre tantas, pero única, que trabajosamente camina también rumbo a su futuro incierto, a veces encrespado, pero al final imbatible. Y quien pasa sabe, cumplido su trayecto, que de estos recorridos emergerá, como un inesperado prodigio, una más útil, esencial lucidez.

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De la batea de las postales. Un paisaje bravío de los agaves en su avance inmóvil y vertiginoso: es una carga contra el tiempo inclemente. Las azules espadas se recortan contra los cerros remotos, proclaman su indómito talante, defienden su territorio y sus cielos. Saben la duración de su permanencia, crecen y prosperan con el estoicismo de quien entiende que cumple su destino. Son una generación más en la cadena de los vigías, de los germinadores del milagro. Todo esto y más, sobre cualquier mesa a la sombra de un corredor amable, o al fondo de una cantina desvencijada, dirá después el licor destilado de tales batallas y semejantes desvelos. Fulgor, consuelo, y un regusto a tierras arduamente generosas, a esos mismos cielos propicios.

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Las plantillas de los ingenieros se destacan sobre los muros del taller. Recortan en ellos figuras precisas e invariables, formas indispensables para la composición de trazos y dibujos. De sus honrados servicios han derivado, a través de los años, recintos y muros, columnas, bóvedas, arquerías, portales, minuciosos arreglos de estancias y cuartos. De esa reunión de intenciones que sus perímetros apuntan emerge una obstinada voluntad por darle un orden al mundo, proporción y coherencia a las intenciones que los hombres alientan. Las plantillas funcionan luego desde las parpadeantes pantallas cibernéticas: son otras y son las mismas, el viejo Platón lo sabía. Y nada superará sin embargo, al diálogo tangible e inmediato que esos intemporales instrumentos establecen con la mano que, a través de ellas, cavila y decide.

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Músicas al amanecer. Tenues al principio, levantadas por un solo de corno, titubeantes en los alientos que aparecen, borradas a veces por el tráfico que aumenta y luego declina, como una marea fluctuante. Hasta que una composición va emergiendo con firmeza y establece, de alguna manera, la naturaleza de la mañana. Poco se sabe, pero de esa conjunción de sonidos, pausas y acentos saldrá después la pulsación de la jornada que despunta. Scarlatti, por decir algún nombre ilustre -pueden ser tantos otros- acompañará a través de siglos y distancias los afanes que construyen el día presente. Poderío de la música: conferir por una química inescrutable elementos al ánimo, armonías que trascienden luego, si hay suerte, en los designios cotidianos.

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El lado oscuro de la luna. Hace algún tiempo apareció en los periódicos una imagen insospechada: el satélite terreno visto desde una astronómica distancia por la lente de una nave exploradora del espacio sideral. La máquina viaja comandada por una voluntad humana que desde este planeta opera uno de los más avanzados ingenios hasta ahora inventados, que activa instrumentos y mediciones, capta profundidades infinitas, envía imágenes desde siempre impensables. A través de la lejanía de más de un millón y medio de kilómetros. Dicen los científicos que la órbita de la luna es el resultado de un delicadísimo balance gravitacional que hizo así posible la vida sobre la Tierra. No es lo que se ve el lado oscuro, aclaran: es el lado lejano. El que se considera ahora, el que a pesar de su plena exposición a la luz es como un extraño fruto opaco y aparentemente estéril suspendido contra la brillantez de la atmósfera terrena. Pero de esa fiel presencia, de ese intemporal símbolo, de su exacta y ciega gravedad, depende la existencia de cuanto entre todos los ámbitos alienta. Es una de las cifras de la esencial armonía que viaja por un universo en fuga.  

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Semáforos: los infinitos caminos del azar. Un grupo de transeúntes, el contingente que navega a bordo de dos camiones urbanos, algunos ciclistas, numerosos automovilistas con crónica prisa: una de tantas reuniones urbanas que ligan, por unos momentos, el destino de ciertas, precisas existencias. En lo fortuito de la reunión concurren muy diversas intenciones que por ahora comparten un mismo lugar en la ciudad. Todo diverge, las voluntades de cada participante poseen sus específicos propósitos, preocupaciones, destinos. Y sin embargo, los trayectos confluyen ahora, y esta pasajera comunidad será una irrepetible y fluctuante condensación de los innúmeros afanes de una urbe. El rojo y el verde dan sentido y ritmo a la fugaz congregación. El anaranjado anuncia la mudanza: y ya todo cambia. Pero algo, no por imperceptible menos definitivo, quedará de esa proximidad sin cesar renovada y cada vez disuelta: el latido de una ciudad.  

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El poeta Hernán Bravo Varela publicó una espléndida traducción de un poema del enorme vate irlandés Seamus Heaney. Va ahora, por el puro gusto de adentrarse en sus líneas, de volver a inquirir en sus imágenes sobrias y esenciales, otra arriesgada versión:

Andamiaje

Los albañiles, al acometer una construcción
Muy bien se cuidan de probar el andamiaje;

Se aseguran que las planchas no cedan a los empujes.
Ajustan las escaleras, aprietan los amarres.

Y sin embargo todo esto caerá una vez el trabajo terminado
Revelando muros de firme y sólida piedra.

Si entonces, querida, parece a veces que 
Antiguos puentes se quiebran entre tú y yo

Nunca temas. Bien podemos dejar caer los andamios
Confiados en que hemos construido nuestro muro. 

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