Lunes, 20 de Enero 2020
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Chesterton y la Navidad

Por: María Palomar

Chesterton y la Navidad

Chesterton y la Navidad

Hay escritores que han sabido hablar de la Navidad con, a la vez, un infantil regocijo y una reflexión profunda. En el siglo XX, entre los de lengua española estaría en primera fila Carlos Pellicer, con los poemas celebrando la anual puesta de su nacimiento, mientras que entre los ingleses destaca Gilbert K. Chesterton, que año con año escribía un poema y varios artículos y afirmaba que “lo divertido de la Navidad surge de lo serio de la Navidad”.

Gilbert y Frances Chesterton no tuvieron hijos, pero cada año organizaban en su casa de Beaconsfield (entre Londres y Oxford) una fiesta exclusiva para los niños (sin papás y sin nanas). Frances les inventaban juegos y canciones, y había función del pequeño teatro de juguete con figuritas y paisajes hechos por el dueño en el que se representaban cuentos navideños del autor.

Chesterton, apóstol del sentido común y mago de la paradoja, expone una y otra vez en sus escritos navideños la idea esencial en la iconografía y las tradiciones cristianas: acercar a los sentidos la experiencia de lo trascendente. En el fondo, lo que siempre va explicando es cómo se halla en el misterio del Niño Jesús el punto de intersección, que plantearía luego el teólogo Ratzinger, entre la santidad y la belleza, y cómo la vida religiosa y el arte sacro se alejan originalmente de la abstracción para hacerse concretas, humanas y reales.

Desde sus primeras obras, Chesterton define la Encarnación como el acontecimiento asombroso y único: la intervención personal de Dios en la historia como un infante de la estirpe humana. La primera paradoja que señala es que la Navidad combina dos realidades contrastantes: la omnipotencia y la vulnerabilidad. La explica en su gran libro de madurez, El hombre eterno (The Everlasting Man, 1925): “Innumerables leyendas y obras literarias, que van acumulándose y nunca acabarán de hacerlo, repiten y exploran los matices de esa sola paradoja: que las manos que habían creado el sol y las estrellas resultaban demasiado pequeñas para alcanzar las cabezotas de la mula y el buey. En esta paradoja, casi diríamos en esa broma, se basa toda la literatura de nuestra fe”.

Elabora la idea una y otra vez: “la Navidad está construida sobre esta paradoja bella e intencional: que el nacimiento de quien no encontró posada se celebrara en todos los hogares”. Y también: “si queremos hablar de la pobreza, hemos de hacerlo como del hambre de la gente... Sobre el desamparado, lo que primero hemos de decir es que «no tiene dónde recostar la cabeza», y no que hay un déficit de vivienda...”

Chesterton creía que la Navidad es un punto de entrada concreto hacia niveles mucho más profundos de entendimiento de la circunstancia humana; que es una experiencia cuyo significado real sólo va revelándose a lo largo de los años, a veces después de muchos: “La gran mayoría de la gente seguirá manteniendo costumbres que no puede explicar; celebrarán la Navidad con regalos y ceremonias; seguirán haciéndolo, pero quizás algún día despertarán de repente y descubrirán por qué”.

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