Viernes, 25 de Septiembre 2020
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COVID-19, transformar y adaptar

Por: Mario Luis Fuentes

COVID-19, transformar y adaptar

COVID-19, transformar y adaptar

Una de las nociones que con mayor fuerza ha puesto en tensión la pandemia de COVID19 es la relativa al pretendido orden permanente de las sociedades. De alguna manera, prevalece de forma mayoritaria la idea de que hay una cierta estabilidad en las condiciones que rigen la existencia.

La repentina irrupción del nuevo coronavirus ha provocado una suspensión de esa idea: en realidad no sabemos si mañana habremos de enfermar, y si esa enfermedad es capaz de conducirnos a la muerte. No hay cura cuando los síntomas se agravan, excepto el sistema inmunológico del que estamos equipados genéticamente y que está resultando insuficiente en cientos de miles de casos.

Lo que se consideraba como “vida rutinaria” antes de la pandemia no existe más. La convivencia en los principales “puntos de encuentro” es imposible, en términos de que, decidir a quién se visita o con quién nos reunimos, puede resultar en una cuestión de vida o muerte, a decir del director general de la Organización Mundial de la Salud.

Ni los parques ni las iglesias ni las escuelas son espacios seguros para nadie. Tampoco lo son los mercados, los centros comerciales o los centros de trabajo. Todo está bajo el predominio de una partícula invisible con una capacidad letal pocas veces vistas en épocas recientes.

Desde esta perspectiva, la pandemia ha acelerado y profundizado algunas tendencias previas a su aparición, que a su vez han abierto nuevas brechas y profundizado otras.

Por ejemplo, los procesos educativos se han visto alterados radicalmente. Más aún en un país como el nuestro en el que los supuestos requeridos para garantizar cobertura universal y calidad no están dados: ni hay disponibilidad universal de televisión digital, ni mucho menos la tenemos en materia de disponibilidad de equipos de cómputo conectados a internet en los hogares.

Somos un país con un elevado hacinamiento, lo cual dificultará los procesos de aprendizaje en familias con más integrantes, que son generalmente las más pobres; también enfrentarán severos problemas aquellos hogares con jefas o jefes solos, pues enfrentarán el dilema de cómo hacer que sus hijas o hijos atiendan la televisión mientras trabajan, o peor aún, mientras deben salir a trabajar; y recordemos que no son pocos; nada menos que alrededor del 27% de los hogares del país.

Para las niñas y niños los procesos de socialización “tradicionales” se vieron interrumpidos de manera abrupta: hoy conviven mayoritariamente con personas adultas de sus entornos, los cuales no son siempre los más amables y protectores; y con sus pares, la relación está hipermediatizada a través de tecnologías digitales como los chats, las videollamadas y los encuentros virtuales.

¿Cómo alterará esto, no solo el rendimiento y aprovechamiento escolar, e incluso los mismos procesos cognitivos? Es algo que aún no sabemos, además de la realidad, que debe tenerse clara en el gobierno federal, respecto de un muy probable y triste incremento del abandono escolar y la ruptura de trayectorias de aprendizaje de miles que tendrán que abandonar la escuela por la falta de recursos en sus familias.

Es momento de aprovechar la situación para fortalecer otras áreas y buenas prácticas, como las de la telemedicina, con el doble propósito de avanzar aceleradamente hacia la consolidación del “expediente electrónico único”; pero sobre todo, para no dejar a su suerte a millones de personas que, por no contar ya con hospitales, clínicas o consultorios que, debido a la “reconversión” a “unidades COVID-19” han dejado de darles servicios, o que por miedo prefieren vivir sus enfermedades antes que exponerse al contagio del coronavirus.

Quizá debamos pensar, no en una “nueva normalidad”, sino en una realidad cuyo mejor término para describirla es la incertidumbre. Ante ello, el reto de los gobiernos es mayúsculo, porque tendrán que modificarse desde los procedimientos para la entrega de apoyos y servicios, hasta la infraestructura física para garantizar la máxima seguridad de sus usuarios y beneficiarios.

El reto que enfrentamos todas y todos es el de transformar y adaptar; lo primero, para lograr que la pandemia nos encamine hacia gobiernos más eficaces y éticos; y lo segundo, para generar una nueva lógica de convivencia social y hasta medioambiental, consciente de la fragilidad humana, más humilde, más responsable y, por lo tanto, con el mandato de construir sociedades más incluyentes, justas e igualitarias.

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