Miércoles, 22 de Septiembre 2021

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Basado en hechos reales…

Por: Isaack de Loza

Basado en hechos reales…

Basado en hechos reales…

La historia es de terror. Pero imaginemos que ocurrió en otro lado y no en Jalisco, porque en Jalisco estas cosas no ocurren, nunca ocurrieron y, por obra y gracia del Gobierno de la Refundación, jamás ocurrirán.

Para no variar, el municipio es Tlajomulco. Javier Ángel estaba en su casa y un grupo armado irrumpió en ella y se lo llevó. Ajá: se lo llevó. Porque en otro sitio que no es Jalisco, ni tu propia casa es un lugar donde puedas sentirte seguro.

Con suma facilidad, nueve hombres armados entraron a un domicilio y se lo llevaron. Y desde mayo de 2019, nadie supo más de él.

María de Lourdes, la mamá de Javier, fue un día después a ver si su hijo estaba en la morgue. No le dieron datos, pero ella igual pidió que le tomaran muestras de ADN por si eventualmente lo localizaban.

Y la maquinaria burocrática de la muerte comenzó a echarse a andar.

En un Estado que no es Jalisco, porque en Jalisco eso nunca ocurre y nunca ocurrirá, el cuerpo de Javier fue localizado tres días después de que se lo llevaron. Entre tierra y polvo, alguien más decidió que su historia de vida terminara en una fosa.

Y a María de Lourdes nadie le avisó.

La historia, retratada en 12 párrafos por la reportera Tania Casillas en el periódico Mural, detalla que, pese a no tener idea de que el Servicio Médico Forense (Semefo) ya tenía los restos de su hijo, ella acudía constantemente sólo para que la burocracia de la muerte le pidiera regresar otro día.

En un lugar que no es Jalisco, la mujer acudió en 15 ocasiones y recibió la misma respuesta. Aunque estaba a pocos pasos de donde se hallaba el cuerpo de su hijo, deliberadamente la regresaron a casa a lo largo de dos años. Sí: 15 veces. Y sí: por dos años.

Uno pensaría que, al tratarse de un cuerpo humano, la autoridad en la materia actuaría con humanidad. Pero recuerda: No es Jalisco, así que eso nunca ocurrirá.

Por eso, fue una organización civil la que entró a asistir a la mujer. El colectivo Huellas de Amor confirmó que Javier estaba en el descanso forense y buscó a su familia a través de redes sociales. Fue la presión de un grupo ciudadano la que logró que María identificara a su hijo y no la humanidad de una autoridad inhumana.

Pero esta historia no termina aquí.

En ese Estado utópico, el cuerpo de Javier quedó registrado por partes. Su madre identificó su torso y su rostro, pero le dijeron que los resultados de las pruebas de ADN en las extremidades demorarían un mes. Una vez más: regrese otro día.
Y, como el colofón de esta historia siempre puede ser peor, han pasado tres meses desde aquel día en que le dijeron que esperara un mes, y a María no le han entregado los restos de su hijo.

La burocracia de muerte, en ese distante Estado que dista de ser paradisíaco y respetuoso con el duelo de cientos (¿o miles?) de familias que atraviesan por la misma situación, no sólo pone en evidencia que el discurso de cambio de las autoridades es saliva arrojada al aire y ya. También prueba que la empatía entre los ciudadanos existe, y en esta ocasión el Colectivo Huellas de Amor es quien lo demuestra y, al mismo tiempo, exhibe las terribles fallas que, en una Entidad con el mínimo de madre, ya le habrían costado el puesto a quien, demostrado está, carece de las tablas para asumirse como titular de una instancia que lo tiene rebasado.

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