Martes, 21 de Enero 2020
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A la calle

Por: Rosa Montero

A la calle

A la calle

Con un proceso de deterioro físico tan acelerado, acabará matándonos antes el sobrepeso que el cambio climático

Diré, como Luther King pero al revés, que he tenido una pesadilla, una premonición. Veo a la raza humana, dentro de muy poco, con dimensiones ballenato-elefantinas; gordos inmensos de piernas atrofiadas que se pasan el día amorrados a una pantalla sin hablar con nadie, con las posaderas desbordando el asiento de sus sillas reforzadas y masticando pizzas de chorizo artificial hecho con pasta de medusa. Cuatro científicas de la OMS acaban de publicar un estudio monumental realizado durante 15 años con 1.6 millones de adolescentes de 145 países, y han llegado a la espeluznante conclusión de que el 78% de los chicos entre 11 y 17 años y el 85% de las chicas (las mujeres sacamos peores resultados en todo el planeta) no hacen el ejercicio mínimo recomendado, que no es más que una modesta hora al día de movimiento. No es que no hagan deporte, sino que ni siquiera caminan. Que no se menean, vaya. Que lo único que hacen es estar sentados, por lo general frente a una pantalla.

El mejor resultado mundial lo da Bangladesh, con un 66% total de jóvenes inactivos, y el peor es de Corea del Sur, con un 94%. En España tenemos, qué vergüenza, una abultada diferencia de género: un 69.8% de ellos y un 83.8% de ellas sufren esta epidemia de absoluta pereza. Yo recuerdo que, de adolescente, me daba carreras de pronto en la calle sin ningún propósito, por la pura necesidad de descargar un poco la energía que me bullía dentro (por entonces aún no existía la moda del running y tenías que correr vestida normal y simulando que se te perdía un autobús). Todos los animales jóvenes muestran esas explosiones de actividad: perritos que te destrozan la casa, terneros que brincan y cocean en los prados felices de estar vivos. Pero se ve que los cachorros humanos están mutando en setas. En gelatinas pegadas a una silla.

O más bien en sacos de grasa, porque ya se sabe que la falta de ejercicio, junto con los malos hábitos alimentarios, son los dos factores principales para sufrir sobrepeso, lo cual, si no se corrige, puede terminar derivando en obesidad. Unir esta epidemia mundial de vagancia juvenil con la también creciente epidemia mundial de gordura pone los pelos de punta: según la OMS, en 2016 había 2 mil 200 millones de personas con sobrepeso en el planeta, 796 millones de ellas obesas, frente a 800 millones de individuos que pasaban hambre. Lo que quiere decir que en los últimos 50 años la alimentación de los seres humanos ha experimentado un cambio radical: en 1970, un tercio de la población mundial sufría hambrunas y sólo había un 10% de gordos. Hoy es al revés: un 11% está desnutrido y casi un 30% tiene sobrepeso. Se calcula que para 2030 la mitad de los habitantes de la Tierra estarán en el sector de los gorditos.

En España es aún peor. Un reciente estudio del Institut Hospital del Mar d’Investigacions Mèdiques vaticina que para 2030, justamente cuando todos esos niños setas se hagan adultos, habrá en nuestro país 27 millones de ciudadanos con sobrepeso y obesidad (un 80% de los hombres y un 55% de las mujeres). En 2016 ya éramos 24 millones de gordos, el 70% de la población, y al parecer cada década se suman tres millones más.

Me temo que estamos tan malacostumbrados al sobrepeso que ni nos damos cuenta de que nos estamos convirtiendo en unos torreznos. Ahora mismo siete de cada diez españoles andan sobrados de kilos, pero yo no tengo la sensación de que el personal esté tan mantecoso. Creo que nos hemos habituado a las barriguillas y las barrigotas, empezando quizá por las carnes propias. Y es que hay un rasgo muy útil de adaptación psicológica que hace que contemplemos con especial benevolencia aquellas características que poseemos. Lo cual está muy bien: rebelémonos contra la dictadura estética e irreal de las modelos anoréxicas o los macizos de abdomen de tableta y amemos nuestras lorzas. Pero, por favor, que sean pequeñas. Que la grasa esté bien repartida. Que los músculos se muevan. Reivindicar la gordura no es liberador: es idiota y suicida. Con un proceso de deterioro físico tan acelerado, acabará matándonos antes el sobrepeso que el cambio climático. Hay que sacar a ese 80% de niños a la calle antes de que sea tarde, por favor.

© ROSA MONTERO / EDICIONES EL PAÍS, SL. 2019. Todos los derechos reservados.

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