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Viernes, 20 de Julio 2018

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2018: Qué hacer con Anaya

Por: Raymundo Riva Palacio

2018: Qué hacer con Anaya

2018: Qué hacer con Anaya

Las dudas sobre si Ricardo Anaya, el líder nacional del PAN, va a aceptar someterse a un proceso democrático y abierto para definir la candidatura presidencial del Frente Ciudadano por México, que tiene escasa una semana para concluir esos acuerdos y formalizar una coalición con el PRD y Movimiento Ciudadano en el Instituto Nacional Electoral, no debe ser motivo de discusión. La biografía política de Anaya permite afirmar que si él no es el candidato del Frente, va a romper con sus eventuales socios e ir solo a la elección de 2018. Anaya no tiene palabra ni respeta compromisos. ¿Por qué esperar a que cumpla con su palabra con el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, que le disputaría la candidatura?

Pero sólo para efectos de argumentación, aún si Anaya entrara a un proceso de competencia real y no de imposiciones donde ganara la candidatura, no es la mejor opción que pueda tener el Frente para la elección presidencial. En el entorno de Anaya piensan lo contrario, y de manera indirecta lo avalan expertos en opinión pública, porque su discurso, como el de Andrés Manuel López Obrador, apela a los inconformes, que es el principal atributo que hoy se le asigna a cualquier aspirante a la Presidencia. Según Consulta MItofsky y Buendía&Laredo, entre 40 y 50% del electorado, dan al PRI como la primera respuesta del partido por cuál partido nunca votarían.

Es decir, el discurso anti gobierno y disruptivo es lo que da más réditos políticos, por lo que el enfrentamiento de Anaya con el Presidente Enrique Peña Nieto le ha aportado conocimiento nacional —que ha crecido en los últimos meses—, y el perfil contestatario tan apreciado por el electorado en estos tiempos. Sin embargo, a diferencia de López Obrador, que ha sido consecuente y consistente en su discurso de oposición, Anaya se colocó en ese lugar después de acompañar a Peña Nieto y a su Gobierno durante el proceso de implementación legislativa de las reformas económicas. Su choque con el Presidente obedece a que al incumplir los acuerdos con Peña Nieto con respecto a la elección para gobernador en el Estado de México —aparentemente de servir como instrumento para restar votos a Morena—, el conflicto entre ellos se volvió personal, de acuerdo con funcionarios de Los Pinos.

Después de las elecciones mexiquenses, Anaya buscó una cita con Peña Nieto, pero nunca se le dio. Por el contrario, se mantuvo firme la campaña en El Universal en su contra, que aparentemente se encuentra en receso. La campaña, extendida a otros medios, ha cuestionado la riqueza de su familia política por haber crecido a la par de su carrera en la administración pública en Querétaro, de donde es originario, y se han divulgado documentos de sus gastos cotidianos en Atlanta, donde vive su familia, realizados con dinero en efectivo para no dejar rastro de sus ingresos y egresos en el sistema bancario estadounidense. Anaya siempre ha defendido sus ingresos y asegurado que todos tienen una lógica patrimonial y no proceden de evasión fiscal o algún otro oscuro origen.

Anaya está en un punto sin retorno. La confrontación con Peña Nieto y el PRI seguirá, aunque no se sabe qué alcances pueda tener. En todo caso, el líder del PAN se está convirtiendo en un lastre de manera acelerada. Por un lado, es la vulnerabilidad de su figura ante las acusaciones sobre el manejo de su fortuna, y por otro, el manejo patrimonialista con el que ha manejado el PAN con el único propósito de alcanzar la candidatura presidencial, que ya provocó fracturas y renuncias que han debilitado al partido como fuerza política.

En las condiciones actuales, el análisis es si Anaya y lo que representa en el PAN hoy en día, sigue siendo un activo o un lastre. Indiscutiblemente, por más disminuido que se encuentre el PAN, suma votos y fuerza al Frente Ciudadano. El problema estriba en la obsesión de Anaya por la candidatura presidencial y lo incierto de su comportamiento político. El Frente no puede dudar en estos momentos y optar por el rompimiento con él. El PRD puede consolidar sus acuerdos con Movimiento Ciudadano y abrirse a otros partidos, como Nueva Alianza, que reclama para sumarse a la coalición que el método sea abierto, y el Partido Verde, que anda en busca de nuevos aliados. 

Según la última encuesta pública de preferencia por partidos, elaborada en octubre por Consulta Mitofsky, el Frente ganaría la elección con 21.2% del electorado, detrás de quien se situaría Morena y el PT con 16.4%, y el PRI con el Verde, Nueva Alianza y Encuentro Social, con 14.8%. Visto individualmente, el PAN tiene 19 puntos de preferencia electoral por 5.1 del PRD y 1.2 de Movimiento Ciudadano. Parecería una locura que si el PAN aporta tanto al Frente en términos de votos —12.7%— el camino debe ser romper con el partido. Si se ve con la frialdad de la racionalidad numérica, si es un error. Sin embargo, a lo objetivo se le tiene que sumar lo subjetivo, que es la volatilidad del carácter de Anaya en todos los sentidos menos en la traición. 

Romper con él es la mejor opción electoral, y trabajar durante los próximos cuatro meses para elevar el porcentaje de preferencia electoral y convertir a la alianza en una opción de voto real en un terreno electoral polarizado. Mantener la esperanza que Anaya aceptará una competencia por la candidatura, es un suicidio político, que arrastrará a los partidos que decidan apoyarlo, bajo cualquier escenario posible hoy en día.

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