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Sábado, 15 de Diciembre 2018

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- Cristianizar a la Iglesia

Por: Jaime García Elías

- Cristianizar a la Iglesia

- Cristianizar a la Iglesia

Hasta hace cinco años, Jorge Mario Bergoglio era bastante conocido en Argentina. En cuanto cardenal arzobispo de Buenos Aires no competía, en materia de popularidad, con los futbolistas que arrasan en ese rubro. Sin embargo, ocasionalmente daba la nota con sus pronunciamientos valientes en que denunciaba las injusticias sociales y la corrupción de la clase política…  En el resto del mundo era prácticamente un desconocido. Tanto así que la noche –hora de Roma— del 13 de marzo de 2013, al anunciarse que los cardenales lo habían elegido Papa, tras la insólita dimisión de Benedicto XVI, tanto los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, convertidos en multitud al confirmarse que era blanco el humo que arrojaba la chimenea de la Capilla Sixtina, se preguntaban de qué ignota diócesis italiana era obispo ese tal “Bergoglio” que en breve saldría a saludar desde la logia de la Basílica.

-II-

El tal Bergoglio fue de sorpresa en sorpresa. La siguiente fue la elección del nombre con que pasaría a la historia de la Iglesia: ni Juan, con el que le correspondería el número 24; ni Juan Pablo, que sería el tercero, para insinuar –como apuntaban los vaticanistas— la continuidad con la obra de alguno de sus predecesores más próximos. Optó por Francisco: un nombre inédito para un pontífice, pero que necesariamente se asociaría con su predilección por los pobres y con la intención de modernizar a la Iglesia, 21 siglos después de su fundación y 50 años después del Concilio Ecuménico Vaticano II (el del “aggiornamento” de Juan XXIII); de ponerla en concordancia con las inquietudes y necesidades de sus hijos, volviendo –valga la paradoja— a sus raíces. Cristianizándola, vaya; desromanizándola; liberándola de la aplastante y perniciosa influencia de la curia, como ha señalado insistentemente Hans Küng, uno de sus críticos más enjundiosos… y de los más respetados por los dos papas vivos: el emérito y el reinante.

-III-

Es difícil que puedan consumarse en breve los cambios que muchos católicos quisieran ver en su Iglesia: mayor participación de la mujer en la misma; un criterio más moderno en temas como el control de la natalidad, la sexualidad, el celibato sacerdotal o el divorcio. Los cinco años que lleva Francisco o los que pueda continuar empuñando el timón de la Barca de Pedro, son muy pocos; insuficientes para que cambie drásticamente una institución milenaria, aunque los afanes en ese sentido sean notorios… y, por tanto, esperanzadores.
 

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