Lunes, 19 de Abril 2021

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- Buen cristiano

Por: Jaime García Elías

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La frase sobresaliente del discurso presidencial, el sábado en Etchojoa, Sonora, fue profusamente difundida en todos los medios. Se trataba de ponderar las bondades de los programas sociales institucionalizados, convertidos en insignia ideológica, por el Gobierno de la llamada Cuarta Transformación...

“El propósito (…) es que tengan mejores condiciones de vida y de trabajo los más necesitados. Esto es humano, y es, también, cristianismo...”.

En las versiones grabadas del acto -político, supuestamente- se percibe, en ese momento, una incipiente salva de aplausos… El orador la atajó: “Me van a criticar, pero lo voy a decir. Miren: ¿por qué sacrificaron a Jesús Cristo? ¿Por qué lo espiaban y lo seguían? Por defender a los humildes. Entonces, que nadie se alarme cuando se mencione la palabra cristianismo. Cristianismo es humanismo. Todas las religiones tienen ese propósito: el humanismo; el amor al prójimo. Esa es la justicia social. Eso se le puede llamar solidaridad; se le puede llamar fraternidad; se le puede llamar de distintas maneras, pero es ser realmente fraterno con los demás: que haya humanismo; que no se le dé la espalda al que sufre”.

-II-

El tema, como era inevitable que sucediera, fue materia de polémica en las redes sociales. De entrada, fue calificado más como una homilía (“en la religión, el comentario que hace el sacerdote para explicar los textos sagrados”, define la Academia) que como el discurso político que pretendía ser. Después, más que a analizar la pertinencia teórica o a ponderar la eficacia probada de dichos programas asistenciales -tildados por sus críticos de “paternalistas” y de “recursos destinados primordialmente a captar simpatizantes de cara a próximos procesos electorales”-, las baterías de los debatientes se orientaron, en tono mordaz, sarcástico, al sesgo moral y aun al “mesianismo” que el Presidente ha dado a muchos de sus cotidianos monólogos.

-III-

Pocos, empero, se detuvieron a plantearse en qué medida empatan con esa visión cristiana de la vida y del ejercicio de Gobierno, las chanzas (“fifís”…), las descalificaciones (“conservadores”…) o los epítetos (“neoliberales”, “miembros de la mafia en el poder”…) que el oficiante suele dedicar a quienes no acepta como críticos honestos, de buena fe, y tilda sistemáticamente de “adversarios”. Pocos se cuestionaron si los habituales enaltecimientos a la honestidad propia y las frecuentes invectivas a la corrupción de sus predecesores no son impropios de un buen cristiano, y sí son característicos, en cambio, de los fariseos a los que se maldice en el evangelio…

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