Jueves, 09 de Abril 2026

Un viaje por el mapa literario de Isabel Allende

Durante una rueda de prensa en la que estuvo presente EL INFORMADOR, Allende explicó que la literatura ha sido, desde el inicio de su trayectoria, una manera de comprender la realidad y ordenar las emociones

Por: Fausto Salcedo

Allende ha explorado temas como la pérdida, la migración y la reconstrucción de la identidad, experiencias que han marcado su vida personal y que se reflejan en sus personajes. CORTESÍA

Allende ha explorado temas como la pérdida, la migración y la reconstrucción de la identidad, experiencias que han marcado su vida personal y que se reflejan en sus personajes. CORTESÍA

En el oficio de escribir, la palabra representa mucho más que un mero instrumento de comunicación: es una forma de habitar, de relacionarse, y entender el mundo. Con esa convicción, la escritora chilena Isabel Allende, una de las autoras más importantes de América Latina, presenta su más reciente obra, "La palabra mágica. Una vida escrita", un volumen que propone una mirada íntima sobre la creación literaria, la memoria y el poder transformador de las historias.

El libro, concebido como una reflexión personal sobre décadas de trabajo narrativo, se adentra en las preguntas que han acompañado a la autora desde sus primeros textos: por qué escribir, para quién se escribe y qué lugar ocupa la imaginación en tiempos de incertidumbre.

Durante una rueda de prensa en la que estuvo presente EL INFORMADOR, Allende explicó que la literatura ha sido, desde el inicio de su trayectoria, una manera de comprender la realidad y ordenar las emociones. “La palabra crea realidad, crea memoria, crea identidad. Nosotros somos lo que contamos de nosotros mismos y lo que otros cuentan de nosotros. Por eso, cuando uno pierde la palabra —cuando se pierde la memoria, cuando se pierde la posibilidad de narrar— se pierde también una parte fundamental de lo que somos como seres humanos”, señaló.

La autora recordó que su vínculo con la escritura surgió en medio de una experiencia personal... Aquella primera carta dirigida a su abuelo enfermo, escrita con la intención de acompañarlo en sus últimos días, terminó por convertirse en una novela y en el inicio de una carrera literaria que se extendería por más de cuatro décadas. “Escribir requiere disciplina. Mucha gente cree que la inspiración es lo más importante, pero en realidad lo más importante es el trabajo. Yo escribo todos los días, sin excepción. No espero a que llegue la inspiración; me siento a trabajar, y la inspiración llega cuando me encuentra trabajando”, afirmó.

En “La palabra mágica. Una vida escrita”, esa disciplina se presenta como una forma de resistencia frente al olvido y al paso del tiempo. La memoria, explicó la autora, es frágil, y por ello las historias cumplen una función esencial en la preservación de la experiencia humana. La literatura, dijo, no se limita a registrar hechos, sino que guarda emociones, atmósferas y voces que de otro modo desaparecerían. “La literatura es una forma de resistencia contra el olvido. Es una manera de decir: esto ocurrió, esto se sintió, esto importa”, expresó.

Escribir para sanar

La obra también aborda la relación entre escritura y sanación. A lo largo de su trayectoria, Allende ha explorado temas como la pérdida, la migración y la reconstrucción de la identidad, experiencias que han marcado su vida personal y que se reflejan en sus personajes. La escritura se convierte en una herramienta para transformar el dolor en conocimiento compartido. “Cuando ocurre algo doloroso o confuso, lo primero que hago es escribir, porque escribir me permite entender. No escribo porque tenga las respuestas, sino porque tengo preguntas. La escritura es una manera de explorar esas preguntas, de darles forma y de encontrar algún sentido en medio del desorden”, explicó.

Uno de los ejes que atraviesa "La palabra mágica" es la reflexión sobre el miedo y la resiliencia como fuerzas que acompañan el trayecto vital de cualquier persona. En la obra, estos conceptos no aparecen como ideas abstractas, sino como experiencias concretas que han moldeado la trayectoria personal y creativa de la autora. A lo largo de su vida, marcada por cambios políticos, desplazamientos geográficos y pérdidas familiares, la escritora ha tenido que reconstruirse en distintos momentos, aprender a adaptarse a contextos desconocidos y encontrar nuevas formas de continuar cuando las certezas desaparecen. Esa experiencia acumulada, explicó, ha nutrido su manera de entender la fortaleza humana, no como una cualidad innata, sino como una capacidad que se forja en el contacto directo con la adversidad y con la incertidumbre.

“La resiliencia no es algo con lo que uno nace; es algo que se aprende. Se aprende en la adversidad, en los momentos difíciles, cuando no hay otra opción que seguir adelante. Todos tenemos la capacidad de levantarnos después de una caída, pero esa capacidad se fortalece con la experiencia”, sostuvo.

En ese contexto, la migración ocupa un lugar central tanto en la vida personal de Isabel Allende como en su imaginario literario. La experiencia de dejar un país, establecerse en otro territorio y construir nuevas redes afectivas y culturales se ha convertido en una fuente constante de reflexión narrativa. La autora ha explorado esa condición desde distintas perspectivas: la nostalgia por la tierra de origen, la necesidad de adaptación y el proceso de redefinición de la identidad en escenarios cambiantes. Vivir en distintos países, enfrentarse a lenguas y costumbres distintas y comenzar de nuevo en repetidas ocasiones, explicó, implica un ejercicio continuo de transformación personal que termina por influir en la manera de mirar el mundo y de contar historias.

“Yo soy una migrante. He vivido en distintos países, he tenido que adaptarme a nuevas culturas, a nuevos idiomas, a nuevas formas de vida. La migración es una experiencia difícil, pero también enriquecedora. Te obliga a reinventarte, a descubrir quién eres en un contexto diferente”, dijo.

La vejez y las letras

Otro de los temas que el libro aborda con particular atención es la vejez, entendida no como una etapa de declive, sino como un periodo de autonomía y conciencia sobre el propio tiempo. En sus páginas, la autora reflexiona sobre el envejecimiento desde la experiencia directa, reconociendo los cambios físicos y emocionales que acompañan esta etapa, pero también destacando las posibilidades de libertad que surgen cuando disminuyen las presiones sociales y las expectativas externas. La vejez, plantea, puede convertirse en un espacio de honestidad personal, donde la vida se vive con mayor claridad y con una relación distinta con el pasado y con el futuro.

“Cuando uno llega a cierta edad, ya no tiene que demostrar nada. Ya no tiene que cumplir con expectativas sociales ni con roles impuestos. Puede vivir con mayor autenticidad. Puede decir lo que piensa, puede hacer lo que desea, puede elegir cómo quiere vivir el tiempo que le queda”, afirmó.

En esa misma línea de reflexión, la muerte aparece en la obra como una presencia constante que acompaña la existencia humana y que, lejos de reducirse a un final, se convierte en un elemento que da profundidad al sentido de la vida. La autora ha experimentado pérdidas significativas a lo largo de su historia personal, y esas experiencias han influido en la forma en que concibe la memoria y la permanencia de los afectos. En el libro, la muerte se presenta como una transición que invita a valorar el tiempo compartido y a preservar las historias de quienes ya no están. La literatura, en ese marco, funciona como un territorio donde los recuerdos pueden mantenerse vivos y donde el duelo encuentra un lenguaje para expresarse.

“Los muertos siguen presentes en la memoria, en los recuerdos, en las historias que contamos. Mientras alguien recuerde a una persona, esa persona sigue viva de alguna manera”, señaló.

Además de las reflexiones personales, el libro defiende la lectura como herramienta fundamental para la construcción de sociedades más críticas y empáticas. En un contexto marcado por la velocidad de la información y la fragmentación de la atención, la autora advirtió sobre la importancia de mantener el hábito lector como una práctica de libertad. “Vivimos en una época de cambios muy rápidos. La tecnología ha transformado nuestra manera de comunicarnos, de informarnos, de relacionarnos. Eso tiene ventajas enormes, pero también riesgos. Uno de esos riesgos es la pérdida de la capacidad de concentración, la dificultad para leer textos largos, la tendencia a consumir información fragmentada”, expresó.

Para Allende, la lectura no debe entenderse como una actividad exclusiva del ámbito cultural, sino como un derecho y una necesidad social. La educación, dijo, debe formar personas capaces de pensar de manera crítica y de cuestionar la realidad, y en ese proceso la literatura desempeña un papel central. “La literatura no es un lujo; es una necesidad. Es una forma de comprender el mundo, de cuestionarlo, de transformarlo. Y también es una fuente de placer, de belleza, de consuelo”, afirmó.

Con “La palabra mágica. Una vida escrita”, Isabel Allende narra un recorrido por los fundamentos de su oficio y por las experiencias que han moldeado su mirada narrativa. El libro se presenta como una invitación a reflexionar sobre la importancia de las historias en la construcción de la memoria individual y colectiva, así como sobre la responsabilidad de quienes escriben y leen en un mundo atravesado por cambios constantes.

En esa reflexión, la palabra aparece no solo como un recurso literario, sino como un acto de esperanza. “Yo siempre digo que escribir y leer son actos de esperanza. Cuando alguien escribe un libro, cree que habrá un lector. Y cuando alguien abre un libro, cree que encontrará algo que vale la pena. Esa confianza en el otro es un acto de fe en la humanidad”, concluyó.

MF

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