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Jueves, 15 de Noviembre 2018

Cultura

El arte de clasificar el conocimiento

El experimentado bibliotecario, Sergio López Ruelas, recibe uno de los premios más importantes que tiene la FIL; nos comparte cómo ha sido esta labor desde sus inicios

Por: Jorge Pérez

El arte de clasificar el conocimiento

El arte de clasificar el conocimiento

Ya comienza la temporada de anuncios de premios y homenajes de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Esta semana se dio a conocer que el receptor del Homenaje al Bibliotecario recayó en la capital de Jalisco, con Sergio López Ruelas, bibliotecario con una experiencia de tres decenios y actual coordinador de bibliotecas de la Universidad de Guadalajara.

“Mi vida laboral creo que empieza desde niño”, comentó Sergio en su espacio de trabajo: “Siendo estudiante de primaria era responsable de llevar y traer a mi hermano del kínder. En frente de su kínder había un puesto de periódicos. Yo guardaba mi dinero de los domingos para comprar el periódico de lunes a viernes. Era EL INFORMADOR”. Esta lectura le propició la oportunidad de pensar en el orden de los textos: “Lo leía  de cabo a rabo, incluido los anuncios clasificados, a veces diciendo ‘Este debió quedar en otro lado, no en este’. Es lo que hacen los bibliotecarios: organizar la información”.

La pasión por la lectura comenzó desde casa, con sus padres como profesores de primaria: “Vi siempre libros en casa, no una gran cantidad, pero me enfocaba mucho a ellos. Eso definió mi profesión y vocación… Un factor fundamental es que mi madre me enseñó a leer en casa. Ella nos procuraba algunos libros. Recuerdo que el libro que leí completo fue “Corazón: diario de un niño”, de Edmundo de Amicis, me lo sabía de memoria. Mi madre me preguntaba en qué parte decían ciertas frases, dónde pasaba qué cosas. Eso me formó el hábito de la lectura”. Desde pequeño Sergio lo supo y lo enunció: “Voy a trabajar con libros”.

"Desde que llegué supe que era lo mío"

Sergio estudió la preparatoria a la par de su formación en la Escuela Normal: “Fui de la última generación de la Normal que no necesitaba la prepa terminada para entrar. Estando en la Normal supe que tenía que ser bibliotecario”. En la UdeG se ofrecía la Licenciatura en Bibliotecología, con cinco estudiantes matriculados en 1981, cuando Sergio entró: “Desde que llegué supe que era lo mío. Materias como organización documental, desarrollo de las colecciones… La bibliotecología es una ciencia enorme, que abarca una gran cantidad de líneas temáticas”. Actualmente el Sistema de Universidad Virtual de la UdeG cuenta con la Licenciatura en Bibliotecología, con estudiantes en Latinoamérica.

El papel de las bibliotecas se ha modificado en los últimos años con la llegada de internet, un cambio del que López Ruelas ha sido testigo: “Con frecuencia me preguntan si las bibliotecas tienden a desaparecer: pero conviven con los otros soportes. Son espacios democráticos, de puertas abiertas para todos. Es como el cine, que no desapareció con la televisión. Las bibliotecas son la memoria documental de la humanidad, espacios donde cualquiera puede entrar”. Además, la biblioteca es un espacio de encuentro para la comunidad: “Van también a recrearse: las bibliotecas son centros de recursos documentales, pero también hay exposiciones, cine, música, teatro. Es un lugar múltiple”.

La tecnología dentro de las bibliotecas aporta mayores fuentes de conocimiento: dentro de la UdeG se pueden consultar a más de 100 bases de datos con información de carácter científico y tecnológico, con 50 millones de artículos actualizados: “Esa información no está de libre acceso en internet, hay que pagar por ella. La UdeG paga por ese acceso, y está disponible en todas las direcciones IP de la universidad. Está disponible para el público en general, para consultarse en las bibliotecas”.

Eso sí, cuando empezó a suceder hubo quien tuvo incertidumbre por el papel de las bibliotecas. Sergio recordó cómo se vivió ese proceso de adaptación: “Primero con un poco el temor de que le quitara el trabajo a los bibliotecarios. Pero hoy no concebimos las bibliotecas sin presencia de la tecnología. Nos permite organizar la información, catalogarla, procesarla, darle otras dimensiones. También expandir un mundo infinito de datos, y hacer que las bibliotecas tengan los materiales más actualizados”.

Por tamaño y volúmenes, la biblioteca más grande la red de la UdeG es la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco Juan José Arreola: “Guarda el acervo histórico más grande del Occidente de México. Una de sus colecciones es la que perteneció a Jorge Álvarez del Castillo”. Pero más allá de la cifra, lo importante de una biblioteca es su uso: “No impacta mucho la cantidad de libros: impacta que circulen. Si una biblioteca tiene 150 volúmenes no dice mucho si no se usa. Pero si tiene 10 mil y circulan, esa es una muy buena biblioteca”.

En cuanto a la compra de ejemplares, las bibliotecas de la universidad tienen autonomía: “Comparten el mismo sentir de una biblioteca, pero es distinto organizar una biblioteca de humanidades o una de ciencias duras. En humanidades se pueden comprar muchos libros, los costos no son tan altos; en ciencias duras son más caros, hay que ser más selectivos”.

Un presupuesto que ejercen anualmente se divide en dos: el inicial, enero a agosto, y el ampliado, de septiembre a diciembre, muy centrado en la FIL: “Nos da la oportunidad de tener reunidos a dos mil expositores, ver los libros”. Sergio comentó que la UdeG invierte en promedio 100 millones de pesos: “Solo para compra de materiales documentales y equipo de sus bibliotecas”.

La biblioteca personal

Sergio nos compartió las características de su biblioteca personal: “La gente pensaría que los bibliotecarios tenemos muchos libros. Hace unos años decidí que no quería tantos libros en mi casa. Quería los que había leído, los de mi profesión, y de literatura (no soy un experto). Me gusta la literatura latinoamericana. Los conté en algún momento: tenía cerca de tres mil libros. Decidí que no: estaban invadiendo. Me quedé con cerca de 700 y el resto los doné a las bibliotecas. Continuamente los consulto, saco notas. Soy muy de señalar los libros con lápiz. Me gusta releerlos, la lectura me proporciona muchos momentos de felicidad, independientemente de la reflexión y el estudio”.

Sobre ese detalle de anotar los libros, creando la clásica marginalia, Sergio comentó: “Mucha gente opina que no es lo correcto, menos de una biblioteca porque el libro no es nuestro: es de mucha gente. Pero he descubierto cuando voy a las casas de intelectuales: en el libro hay testigos. Nos ha tocado ver que dentro de los libros que nos donan hay notas, o fotos, firmas. Esos a la hora de tazarlos tienen un valor”.

De sus lecturas, Sergio destacó un libro que le ha gustado: “Si yo pudiera a quedarme a vivir en un libro, me quedaría en un libro de Cristina Rivera Garza: ‘Nadie me verá llorar’”.

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