Alcohol en menores: ¿Por qué prohibirlo no basta?
La evidencia internacional y nacional subraya que las estrategias más efectivas combinan información, entornos saludables y reglas claras
Lejos de ser un rito de paso, el consumo de alcohol en edades tempranas está asociado con riesgos sobre el desarrollo neurológico, la salud mental y la probabilidad de conductas peligrosas, como lesiones y accidentes. Por ello, la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluye la protección de niñas, niños y adolescentes como objetivo prioritario en su Plan Mundial de Acción sobre el Alcohol 2022–2030.
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La Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2025, aporta datos representativos a nivel nacional sobre el uso de alcohol y otras sustancias en población de 12 a 65 años.
¿Cómo prevenir el consumo en menores (más allá de prohibiciones)?
La evidencia internacional y nacional subraya que las estrategias más efectivas combinan información, entornos saludables y reglas claras:
1) Educación temprana y basada en evidencia: Informar a niñas, niños y adolescentes —y a sus maestras, maestros, cuidadoras y cuidadores— sobre cómo el alcohol afecta al organismo en desarrollo, fortalece la toma de decisiones y reduce el riesgo de consumo dañino, lo que implica conversaciones abiertas desde edades tempranas, inclusive desde los 9 años.
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2) Entornos y comunidad que acompañan: Escuelas, familias, autoridades locales y centros recreativos deben ofrecer alternativas saludables, como deporte, cultura, arte, socialización, reduciendo la presión social asociada a beber como medio de integración.
3) Acciones visibles como operativos de control y regulación de acceso al alcohol, acompañados de campañas educativas, envían un mensaje claro: beber alcohol no es inofensivo, especialmente cuando no se cuenta con la mayoría de edad.
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Modelos progresivos en países como Canadá y Uruguay combinan regulación, educación y espacios seguros, ofreciendo lecciones útiles que México podría adaptar.
La familia: la primera línea de protección
La adolescencia es una etapa de exploración intensa. Factores como la presión de padres, ansiedad o antecedentes familiares pueden aumentar la probabilidad de consumo temprano. En este contexto, la familia juega un papel fundamental.
Estilos de crianza que combinan lazos afectivos, límites claros y comunicación abierta reducen el riesgo de experimentar con alcohol y otras sustancias. Instituir conversaciones francas sobre el tema, desde edades tempranas, no normaliza el consumo, sino que lo contextualiza y previene.
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Además, intervenciones escolares y comunitarias que integran a distintos actores —docentes, autoridades y familias— pueden fortalecer entornos protectores en los que niñas y adolescentes desarrollan habilidades socioemocionales y proyectan trayectorias saludables.
Con información de la Alianza Mexicana por un Consumo Moderado
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