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La guerra: condición permanente de nuestra modernidad

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial se posicionó en los principales círculos intelectuales el imperativo categórico de evitar que un nuevo genocidio pudiera construir en cualquier región del mundo. Esto implicaba no solo el asesinato masivo, racional y sistemático de un grupo de población en particular, sino que el anhelo, legítimo todo el tiempo, de construir un mundo que, como lo habría soñado Kant, pueda arribar a una situación de paz perpetua. 

Lo que ha ocurrido luego del horror de la Segunda Guerra Mundial es, sin embargo, espantoso. Entre 1945 y 1949 se estima que murieron entre 1.5 y 4 millones de personas en combates directos en el marco de conflictos bélicos (Guerra civil China, Guerra Civil Griega, partición India/Pakistán, entre otros).

De 1950 a 1959 la estimación es de entre 2 y 4.5 millones de muertos, dominando en el escenario la Guerra de Corea, la Guerra en Argelia y la llamada Crisis de Suez. Entre 1960 y 1969 la estimación va de 2.5 a 5 millones de decesos.

Dominan en ese periodo la Guerra de Vietnam, la guerra Nigeria-Biafra, conflictos poscoloniales en África y las guerras Indo-paquistaníes. 

Entre 1970 y 1979 la estimación es de 3.5 a 7 millones de decesos debido a la continuación de la Guerra de Vietnam; el conflicto en Indochina y Camboya; el conflicto en Bangladesh y las guerras en el África Austral, en Líbano, en Etiopía y en otros países. 

La estimación para el periodo de 1980 a 1989 es similar: entre 3.5 y 7 millones de decesos, destacando la guerra Irán e Irak, la ocupación de la extinta URSS en Afganistán, conflictos en Centroamérica, en el Cuerno de África, en Sri Lanka, entre otros más. 

Entre 1990 y 1999 hubo un ligero descenso, pero nunca a los niveles posguerra. En efecto, los datos oscilan entre 2.5 y 6 millones de decesos, con escenarios cruentos como la Guerra del Congo, el conflicto en Los Balcanes, diversas guerras postsoviéticas; el horrendo genocidio en Ruanda y el de Chechenia, entre otros. 

De 2000 a 2009 hubo un nuevo descenso con estimaciones que van de 1.5 a 4 millones de decesos, un rango similar al del periodo 1945-1949. En el escenario de la época dominan la guerra en el Golfo Pérsico, en Afganistán, en Darfur, en Sri Lanka y nuevamente en el Congo. 

Del 2010 al 2019 la cifra crece una vez más con un rango probable de entre 2 y 6 millones de decesos, dominando los conflictos en Siria, Yemen, Irán/Daesh, Afganistán, Sudán del Sur, Somalia, Nigeria, Haití y otros de “más baja intensidad”.

Finalmente, en lo que va de la tercera década del siglo XXI, la estimación es de entre 1 y 3 millones de personas, dominando la invasión de Rusia a Ucrania, la guerra Israel y Hamás, la regionalización del conflicto Etiopía y Tigray, Sudán del Sur, Myanmar, Sahel, y ahora, la intensificación del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán.

¿Qué es lo que provoca esto? Si: los intereses globales del capital internacional; pero también la pervivencia de patologías identitarias, pues la violencia armada se alimenta de odio, de xenofobia, de fanatismo religioso, de racismo; es decir, de lo peor que la humanidad es capaz de generar y de desplegar racionalmente para destruir, herir, sobajar. 

Frente a todo ello, no es difícil concluir que lo que estamos atestiguando con la intensificación del conflicto en Medio Oriente y la implementación de la nueva doctrina de seguridad hemisférica de los Estados Unidos, es una reconfiguración del capitalismo planetario, con la incorporación de un nuevo actor entre los grandes decisores: las empresas tecnológicas y la disputa por tierras raras, metales y otros recursos naturales fundamentales para su crecimiento y expansión.

La Ilustración prometió un mundo de libertad, igualdad y fraternidad; sin embargo, tal promesa ha trocado hacia su contrario: la técnica perfecciona la destrucción, y la racionalidad administra la muerte. Por ello, mientras la guerra sea el motor funcional del orden, la paz será apenas una pausa en el proceso permanente de la maquinaria de la destrucción.

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