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Chihuahua y la cooperación invisible

Hay relaciones que sólo prosperan cuando se manejan con sigilo. En seguridad, lo que se muestra puede ser tan decisivo como lo que se hace. La cooperación entre México y Estados Unidos funciona mejor en la discreción, donde la precisión no necesita exhibirse. Pero la política contemporánea exige visibilidad: pruebas, señales, resultados que se vean. En ese choque —entre la eficacia silenciosa y la necesidad de exposición— se abre la grieta que episodios como el de Chihuahua han dejado al descubierto. 

La muerte de presuntos agentes vinculados a la CIA, en un paisaje norteño donde el desierto guarda secretos con la misma obstinación con la que el viento borra las huellas, no sólo produjo confusión operativa. Encendió una fibra más antigua, más honda: la del país que mide su dignidad en términos de soberanía, y que sabe que hay presencias que, al hacerse visibles, alteran las percepciones políticas.

No se trata de negar la evidencia. Entre México y Estados Unidos hay una trama compartida que no se puede desatar sin romperla: economía, migración, cadenas productivas, y una geografía criminal que ignora aduanas. El fentanilo cruza en dosis invisibles; las armas regresan en rutas opacas; el dinero circula con la lógica fría de los sistemas financieros. Pretender enfrentar ese entramado sin colaboración corresponsable sería una ficción.

Por eso existe un entendimiento político concebido para conciliar lo que parece irreconciliable. De un lado, la urgencia de actuar con precisión frente a redes criminales sofisticadas; del otro, la necesidad de que esa acción no erosione el principio de autoridad estatal. En el papel, la fórmula es clara: responsabilidad compartida, respeto mutuo, coordinación institucional. En la realidad, es un equilibrio inestable. Porque el problema no es la cooperación. El problema es su exposición.

Mientras la coordinación ocurre en el terreno de lo invisible —el intercambio de inteligencia, la comunicación entre agencias, la trazabilidad del dinero ilícito—, el costo político es bajo. La cooperación se percibe como una relación entre Estados. Pero cuando esa misma cooperación adquiere forma pública —cuando se filtra, se nombra, se contradice— cambia de naturaleza. Lo que era técnica se convierte en símbolo. Y en política, los símbolos pesan más que los hechos.

Chihuahua es, en ese sentido, una línea que se vuelve borrosa. ¿Quién autorizó? ¿Qué se sabía? ¿Dónde termina la cooperación y empieza la intervención? Aunque las respuestas existan en los expedientes, en el espacio público se diluyen. Y esa sola ambigüedad activa una memoria inmediata: la de un país que mide la seguridad en términos de control propio —o de su pérdida.

Esa memoria no es retórica. Está inscrita en la ley, en los protocolos, en la cautela con la que se regula la presencia de agentes extranjeros. Su función es de enlace, no de mando; de cooperación, no de ejecución. Es una línea delgada, casi invisible. Pero como todas las líneas que importan, se vuelve nítida en el momento en que se cruza.

Pero las relaciones internacionales también dependen de quienes las conducen. Hoy, la cancillería mexicana atraviesa un relevo silencioso: nuevos funcionarios, nuevos equipos, nuevas formas de interlocución. Y en el horizonte inmediato, el nombramiento de un nuevo embajador en Washington abrirá otra etapa en la relación bilateral. No es un detalle menor. En una relación donde tanto depende de lo que no se dice, los interlocutores importan tanto como los acuerdos.

Un relevo en la Secretaría de Relaciones Exteriores no sólo implica cambio de nombres; implica ajuste de tonos, de tiempos y de prioridades. En seguridad, la cooperación no se sostiene únicamente en capacidades, sino en confianza: en la certeza de que cada acción tiene un marco, un límite y un responsable claro.

El nuevo embajador en Washington enfrentará una tarea delicada: reconstruir una narrativa de cooperación que sea creíble para ambos lados sin ser políticamente costosa para México. Tendrá que explicar límites sin cerrar canales, y sostener la eficacia sin erosionar la legitimidad. En otras palabras, tendrá que hacer compatible lo que hoy aparece tensionado.
Porque si algo deja claro Chihuahua es que no basta con que la cooperación funcione; tiene que ser políticamente sostenible.

Del lado estadounidense, estos cambios también abren una ventana. Nuevos interlocutores permiten ajustar mecanismos, redefinir prioridades, recalibrar expectativas. Pero también pueden tentar a explorar los márgenes: hasta dónde se puede empujar sin romper el equilibrio.

Ahí está el verdadero punto de decisión.

La relación bilateral en seguridad no admite rupturas, pero tampoco tolera ambigüedades prolongadas. Requiere reglas claras, canales definidos y, sobre todo, coherencia entre lo que se hace y lo que se dice.

Chihuahua no es una excepción. Es un aviso. Un aviso de que la cooperación sin control narrativo se vuelve vulnerable. De que la eficacia sin legitimidad es políticamente insostenible. Y de que, en esta relación, el margen de error no está en la operación, sino en su interpretación pública. Porque en la frontera más intensa del mundo, la seguridad no se pierde por falta de cooperación. Se debilita cuando la cooperación deja de percibirse como propia.

luisernestosalomon@gmail.com

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