Mirar sin prisa en el Museo Cabañas
En el periodo vacacional, el recinto convoca a recorrer sus salas y exposiciones
En los días en que la ciudad se vacía o se transforma al ritmo más lento de las vacaciones, hay espacios que invitan a habitar el tiempo de otra manera. El Museo Cabañas es uno de ellos. Durante el periodo de Semana Santa y Pascua, el recinto abre sus puertas como una posibilidad de pausa: un recorrido que no solo atraviesa salas, sino también capas de historia, arte y memoria.
Ubicado en el corazón de Guadalajara, el edificio -declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1997- conserva una cualidad que lo distingue: no impone prisa. Sus largos pasillos, sus patios silenciosos y la geometría sobria de su arquitectura permiten que cada visitante marque su propio ritmo. En un contexto de descanso, esa cualidad cobra un sentido particular.
El museo mantendrá su horario habitual de martes a domingo, de 10:00 a 17:00 horas. Como es tradición, los martes la entrada es gratuita, una oportunidad que suele convocar tanto a visitantes locales como a quienes llegan de otras ciudades. A ello se suman los recorridos guiados, disponibles en distintos horarios y que pueden consultarse directamente en el área de atención a visitantes. Lejos de la visita apresurada, estas mediaciones permiten una aproximación más detenida, casi conversada, con las obras.
El corazón del recorrido sigue siendo la Capilla Mayor, donde la obra de José Clemente Orozco se despliega con una fuerza que no ha perdido vigencia. Entre 1937 y 1939, el artista jalisciense realizó aquí 57 frescos que dialogan con el espacio arquitectónico y con las tensiones de su tiempo. En el centro, “El hombre de fuego” irrumpe como una imagen total: no sólo un ícono del muralismo, sino una síntesis de la mirada crítica de Orozco sobre la historia, la modernidad y la fragilidad humana. Contemplar esta obra en silencio, desde distintos ángulos, sigue siendo una experiencia difícil de agotar.
Sin embargo, la visita no se detiene en el pasado. La oferta expositiva actual propone un diálogo entre distintas temporalidades. En “Las cosas cuando nadie las ve”, la artista Alicia Ayanegui construye escenas donde lo cotidiano se vuelve extraño y, al mismo tiempo, profundamente cercano. Sus composiciones invitan a observar aquello que suele pasar desapercibido: objetos, rincones, fragmentos de vida que adquieren una dimensión casi íntima. Hay en su trabajo una invitación a mirar con más calma, a reconocer la poética de lo mínimo.
Por otra parte, “Escurrimientos y craqueladuras. Orozco, Siqueiros y la Piroxilina” abre una ventana a los procesos técnicos de dos figuras centrales del muralismo. La exposición revisa el uso de este material en la obra de David Alfaro Siqueiros y del propio Orozco, revelando no sólo su experimentación formal, sino también la carga política que atravesaba sus búsquedas. Aquí, la materia pictórica se convierte en testimonio de una época marcada por la urgencia de decir.
La muestra “Insistir el arte popular”, curada por Miguel Arelis, plantea otra conversación: la que desdibuja las fronteras entre lo académico y lo comunitario. A partir del acervo del museo, propone leer las expresiones de tradición popular no como piezas aisladas, sino como parte de una historia más amplia del arte en México. La insistencia del título no es casual: sugiere una mirada que vuelve una y otra vez sobre aquello que ha sido relegado.
En “Deseos diferentes”, bajo la curaduría de Dorothée Dupuis, el enfoque se desplaza hacia el presente. Diez artistas contemporáneas que trabajan en el país articulan un recorrido en torno al cuerpo, el lenguaje y la relación entre lo humano y otras especies. Es una exposición que interpela, que incomoda por momentos y que abre preguntas más que respuestas.
El costo de entrada general es de 110 pesos, con descuentos disponibles en taquilla. Pero más allá del precio, la invitación es otra: recorrer el Museo Cabañas como quien se da tiempo para mirar. En medio del ruido cotidiano -o incluso del bullicio vacacional-, el museo ofrece algo cada vez más escaso: un espacio para detenerse.