Orozco y Eisenstein: un diálogo visual e histórico
Como parte de las actividades del FICG 41 y bajo la curaduría de Laura Ayala, el MUSA abre sus puertas a una exposición que explora el cruce entre el muralismo mexicano y el cine soviético
El cruce entre el muralismo mexicano y el lenguaje cinematográfico del siglo XX encuentra un nuevo punto de encuentro en “Correspondencias: Orozco-Eisenstein”, exposición que llegará el próximo 26 de marzo como parte de las actividades del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG 41).
Curada por Laura Ayala, la muestra propone un diálogo visual e histórico entre el muralista jalisciense José Clemente Orozco y el cineasta soviético Serguéi M. Eisenstein, dos figuras que, aunque pertenecientes a disciplinas distintas, compartieron inquietudes estéticas, políticas y narrativas.
La exposición surge de una línea de investigación desarrollada desde el Museo de las Artes Universidad de Guadalajara (MUSA), centrada en revisar constantemente la obra de Orozco y sus resonancias contemporáneas.
Para Ayala, el proyecto funciona como un relato curatorial que reconstruye la manera en que Eisenstein observó el muralismo mexicano y, particularmente, la obra del artista jalisciense.
“Esta curaduría se sitúa como una especie de relato de cómo vio Eisenstein los murales en general, el muralismo mexicano y en particular el de José Clemente Orozco”, explicó la curadora en entrevista con EL INFORMADOR, quien subrayó que la muestra podría habitar tanto en espacios dedicados al arte moderno mexicano como en recintos enfocados al cine internacional.
La exposición explora coincidencias iconográficas, ideológicas y formales entre ambos creadores. El proyecto conecta pintura, cine y contexto histórico para revelar cómo distintas manifestaciones artísticas pueden compartir preocupaciones similares aun sin haberse desarrollado en el mismo territorio.
Orozco, siempre abierto a nuevas lecturas
La curadora explica que uno de los grandes descubrimientos al estudiar la obra de Orozco es su capacidad inagotable de reinterpretación. Aun después de años de análisis, afirma, siempre aparecen nuevas claves de lectura.
“Orozco es una maravilla en el sentido de que siempre descubres algo. Si tu ojo y tu entendimiento están listos, incluso piezas que has revisado durante años te dan una clave distinta”, señaló.
La especialista destaca que la ambigüedad es uno de los rasgos más complejos del artista. Su obra, dice, nunca ofrece respuestas definitivas, sino que plantea tensiones constantes.
“Siempre está en un debate, siempre discutiendo. No sabes si te está diciendo que es para un lado o para el otro. Esa postura dialéctica hace que su obra merezca revisiones constantes, no solo iconográficas sino simbólicas”.
Esa cualidad abierta permite trasladar las imágenes al presente y reinterpretarlas desde nuevas miradas, un ejercicio que la exposición busca provocar en el espectador contemporáneo.
Más actividades en el MUSA
Aunado a la inauguración de la muestra “Correspondencias: Orozco-Eisenstein”, el MUSA, en el marco de la exposición “Orden salvaje. Rocío Sáenz”, invita al taller creativo para infancias “Algunos vaqueros se han portado mal”, que se llevará a cabo el viernes 27 de marzo, a las 17:00 horas en la Sala 8 del museo.
A través de dibujo, storyboard y collage descubre las historias y misterios que crecen en la exhibición. Imparte Rocío Sáenz y el cupo es limitado a 25 personas. La actividad es gratuita y se recomienda para edades de 4 a 12 años; ya está abierto el registro.
Cine, murales y una obra inconclusa
Parte central del recorrido será la proyección de “¡Que viva México!” -en su versión más cercana al proyecto original- en las salas 2, 3 y 4. La película nunca fue terminada por Eisenstein debido a conflictos políticos, económicos y creativos que le hicieron perder el control del material filmado.
Años después, su colaborador Grigori Aleksándrov reconstruyó la obra a partir del guion original. Aunque no representa exactamente la visión del cineasta, permite acercarse a su propuesta estética.
Según Ayala, algunos episodios del filme revelan con claridad la influencia del muralismo. “En el capítulo Maguey veo totalmente a Orozco”, afirmó, al tiempo que recordó que temas como las soldaderas -planeados para un segmento que nunca se filmó- también dialogan con motivos recurrentes del pintor.
Un encuentro indirecto
Aunque Orozco y Eisenstein nunca coincidieron físicamente en México, mantuvieron una relación intelectual a través de cartas e intercambios de imágenes. El vínculo comenzó cuando el cineasta soviético llegó al país a inicios de la década de 1930 tras frustrarse su proyecto cinematográfico en Estados Unidos.
Eisenstein, ya reconocido mundialmente, llegó con la intención de aprender cine sonoro, pero terminó desarrollando una profunda fascinación por la cultura mexicana. Su aproximación conceptual a México fue previa al viaje: leía compulsivamente y construía ideas visuales antes de pisar el país.
Ayala explica que el director imaginó su película “¡Que viva México!” como una estructura similar a un zarape: fragmentos distintos unidos por una misma trama. Posteriormente, esa idea evolucionó hacia la concepción de la película como un mural cinematográfico.
“Pensó su película como una sinfonía mexicana basada en el muralismo. Yo tomo particularmente a Orozco para analizar coincidencias estéticas, compositivas e incluso políticas”, comentó.
La exposición muestra esas correspondencias mediante imágenes comparadas, fragmentos fílmicos y documentos que evidencian paralelismos entre el dinamismo visual de los murales y el innovador montaje cinematográfico desarrollado por Eisenstein, técnica que transformó la narrativa audiovisual al construir significado a partir de la yuxtaposición de imágenes.
Exposición construida colectivamente
La muestra abrirá al público el 27 de marzo y reunirá piezas originales prestadas por museos nacionales, reproducciones de murales y materiales audiovisuales que permiten acercar obras imposibles de trasladar físicamente.
“Vamos a tener textos, fragmentos de cine y reproducciones que permiten que el público conozca murales que están en California o en Ciudad de México”, explicó la curadora, quien destacó que detrás del proyecto existe una investigación desarrollada durante años.
El proceso, reconoce, implicó ajustes constantes ante la disponibilidad limitada de obras y materiales. Sin embargo, esa transformación también forma parte esencial del trabajo curatorial.
“La curaduría es una labor colaborativa. Se necesitan muchas voluntades para que un proyecto así exista”, afirmó. Y añadió: “De pronto la curaduría empieza a agarrar su propio vuelo y su propio camino, y eso es muy emocionante”.
Lejos de considerar los cambios como obstáculos, Ayala los entiende como oportunidades creativas que obligan a replantear el discurso expositivo y descubrir conexiones inesperadas.
“Planeas una ruta, pero adaptas tu mirada y entiendes que existen otras relaciones que no habías visto. A veces es frustrante, pero también es lo que permite que el resultado final cobre vida”.
CT