El monstruo vive en casa
La exposición “Las cosas como son”, de Juan Carlos Macías y Andrea Salcido, desarma la escena familiar para mostrar lo siniestro que se oculta en lo cotidiano
Las escenas familiares que suelen pasar inadvertidas -una comida en silencio, una pareja sentada frente al televisor, un intercambio mínimo bajo la mesa- se convierten aquí en materia de observación incómoda. “Las cosas como son”, exposición de Juan Carlos Macías y Andrea Salcido, propone una mirada frontal a la vida doméstica tapatía, despojándola de su apariencia de normalidad para revelar las tensiones, deseos y contradicciones que la habitan. La muestra se inaugura el 12 de febrero, en el Museo de la Ciudad, como parte de su 34 aniversario, y podrá visitarse hasta mayo de 2026.
El proyecto reúne pinturas y dibujos realizados ex profeso para la exposición y parte de un diálogo generacional entre ambos creadores. No se trata de una colaboración diluida, sino de un contraste deliberado de lenguajes: Andrea Salcido trabaja desde la pintura, mientras Juan Carlos Macías lo hace desde el dibujo. “Al final de cuentas decidimos que ella iba a hacer exclusivamente pinturas y yo exclusivamente dibujos”, explica el artista plástico conversando con EL INFORMADOR. “Las pinturas que vas a ver ahí son de Andrea y los dibujos son míos, salvo dos piezas que hicimos en colaboración, una pintura y un dibujo en gran formato”.
Dos generaciones frente a la misma escena
Ese contraste formal también atraviesa el contenido. La exposición observa a la familia como espacio simbólico y social, pero evita cualquier idealización. Macías plantea el punto de partida con claridad: “Yo entiendo esta sociedad desde el tema de la convención, de que vivimos en una sociedad básicamente hipócrita”. Desde ahí, las obras construyen escenas aparentemente reconocibles, aunque atravesadas por una inquietud persistente. “Lo que primero se muestra no tiene nada que ver, pero lo que viene entre líneas es esa indiferencia, ese deseo que no se expresa cabalmente”, dice el artista al referirse a algunas de las imágenes que integran la muestra.
Las piezas representan familias “típicas” -en el sentido más extendido del término-, pero lo que emerge no es la armonía, sino el extrañamiento. Hay gestos mínimos que adquieren peso simbólico, silencios que se vuelven protagonistas. “Hay escenas donde hay un intercambio por debajo de la mesa, mensajitos ocultos mientras están en el comedor en familia”, señala Macías. “Son familias muy modernas, muy actuales, pero a mí todavía me cuesta entender este tipo de familia; siento que ahí se renunció a una socialización más directa”.
El museo como espacio vivo
El tono siniestro que recorre la exposición no responde a un afán de provocación gratuita, sino a una voluntad de exhibir lo que suele permanecer oculto. El propio Macías lo resume así: “La idea es exhibir esos monstruos que se esconden en lo cotidiano”. Monstruos entendidos no como figuras fantásticas, sino como metáforas de la apatía, la indiferencia y el desencuentro emocional.
El proceso de trabajo fue prolongado y pausado. Aunque las obras se realizaron específicamente para la muestra, el diálogo entre ambos artistas se extendió durante años. “Estamos trabajando desde hace como cuatro años más o menos”, explica. “No nos veíamos todos los días, teníamos un horario semanal, hubo temporadas más intensas y otras más tranquilas, pero al final el proyecto se fue decantando”.
El contexto institucional también tiene un peso particular. La exposición forma parte de la celebración por los 34 años del Museo de la Ciudad, un recinto con el que ambos artistas mantienen un vínculo cercano. Macías lo expresa sin rodeos: “El Museo de la Ciudad es nuestra casa. Tanto Andrea como yo somos de Guadalajara y este museo es un espacio muy importante para nosotros”. Añade: “Me parece que es un espacio muy participativo, se parece mucho a la sociedad, se parece a nosotros inclusive”.
Esa relación va más allá del agradecimiento institucional. Para el artista, exponer ahí responde también a una convicción profunda: “Además de agradecer y tener la suerte de exponer aquí, creo que también tenemos el derecho de mostrar nuestro trabajo en esta finca, que es bellísima”.
La muestra dialoga, además, con el momento vital y creativo de Juan Carlos Macías, quien continúa desarrollando otros proyectos paralelos. Entre ellos, una serie de dibujos vinculados a la paranoia, ejercicios de dibujo en espacios públicos y cuadernos de observación cotidiana. “Puedo trabajar las 24 horas el resto de mi vida y no se acaba la chamba”, afirma. “La cosa es que el trabajo no siempre responde a la demanda, pero yo sigo trabajando”.
En “Las cosas como son”, ese impulso constante se traduce en una exposición que no busca respuestas tranquilizadoras. Al contrario, propone aceptar la incomodidad como punto de partida. La familia aparece aquí no como refugio ideal, sino como territorio ambiguo, cargado de silencios y tensiones. En palabras del propio Macías, se trata, finalmente, de “perder el miedo a aceptar las cosas como son”.
CT