Cultura

La Segunda y la Octava de Beethoven en manos de la OFJ

La Segunda y la Octava, reunidas en un mismo programa, permiten escuchar a Beethoven en pleno proceso de transformación

En un mismo programa, la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ) propone un recorrido por el Beethoven de transición bajo la batuta del director José Luis Castillo. La Segunda y la Octava sinfonías de Ludwig van Beethoven dialogan entre sí como dos estaciones de un mismo proceso creativo: el de un compositor que parte de la herencia clásica y termina afirmando una voz propia. No se trata de un Beethoven monumental o épico, sino de uno que está en plena redefinición de su lenguaje, tensando las formas heredadas hasta expandirlas desde dentro.

La decisión de reunir ambas obras responde, en palabras del director, a una lógica de construcción artística sostenida en el tiempo. No es un programa aislado, sino parte de un proceso en el que orquesta y director han venido recorriendo el catálogo sinfónico del compositor, avanzando desde las obras más emblemáticas hacia aquellas que, sin ser las más populares, permiten comprender mejor la evolución de su pensamiento musical. La programación busca que el público no solo escuche piezas conocidas, sino que experimente contrastes estéticos y momentos distintos de una misma voz creadora.

“Como creo que el público puede detectar a lo largo de la programación, buscamos que cada concierto —más allá de ser una secuencia de obras— permita al público una experiencia particular de audición", dice José Luis Castillo. "Todos juntos hemos hecho la Tercera, hemos hecho la Novena, hemos hecho la Primera. Poco a poco es importante que director y orquesta vayan completando el catálogo de ciertos compositores que son referencia. Y la Segunda y la Octava me pareció una coincidencia muy feliz”.

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La Sinfonía núm. 2, compuesta en el otoño de 1802, ocupa un lugar singular en la biografía del compositor. Escrita en Heiligenstadt, en el momento en que Beethoven asume la progresiva e irreversible pérdida de la audición, la obra cierra su llamado periodo clásico. Aún conserva la orquestación heredada de Haydn y Mozart y mantiene una claridad formal que responde al equilibrio del clasicismo vienés. Sin embargo, en su interior late una energía rítmica y una tensión expresiva que anuncian el desplazamiento hacia un lenguaje más audaz. El contraste entre la serenidad sonora y la crisis personal continúa alimentando su lectura histórica.

Castillo insiste en que, pese a la tentación de leer la obra en clave romántica o biográfica, es fundamental entender su estructura desde la lógica formal de su tiempo. La Segunda no es todavía una ruptura abierta, sino una expansión interna de las proporciones clásicas, donde el trabajo temático se construye a partir de "células" breves que se desarrollan con rigor y economía.

“Yo creo que Beethoven, finalmente, es un compositor clásico. En el caso de las obras orquestales estamos frente a un compositor clásico. No estamos ante grandes melodías expansivas; más bien todo lo contrario", dice el maestro. "Tampoco ante grandes pasajes de desarrollo romántico. Estamos inmersos en un momento en el que la proporción es fundamental. Más allá de grandes melodías, trabaja con células de pequeñas dimensiones, con un trabajo básicamente de repetición, imitación y desarrollo de esas pequeñas células, más que con grandes extensiones temáticas”.

Uno de los puntos estructurales más significativos del primer movimiento es su amplia introducción lenta antes del Allegro. Esa sección no es un mero preámbulo, sino un espacio de tensión acumulada que prepara la irrupción del impulso principal. La tradición clásica utilizaba estas introducciones como una manera de establecer atmósfera y expectativa; aquí, además, se convierten en un dispositivo dramático que amplifica el contraste interno de la obra.

“Esa relación es fundamental. No hay introducción en todas las sinfonías; es un rasgo barroco y sobre todo clásico. Las sinfonías solían iniciar con una introducción que generalmente era bastante amplia. Esa introducción cumplía varios cometidos, entre ellos captar la atención del público e incluso apelar a su silencio para poder iniciar. Después, el Allegro irrumpe con otra energía, y esa tensión es algo que hay que construir con mucho cuidado”, explica José Luis Castillo.

La Sinfonía núm. 8

Diez años después, la Sinfonía núm. 8 muestra a un Beethoven que ya ha atravesado la etapa heroica y que domina plenamente su lenguaje. Terminada en 1812 y estrenada en 1814, la obra fue recibida con cierta indiferencia por un público que esperaba piezas similares a los de la Séptima o la Sexta. Sin embargo, su concisión y su carácter constituyen una declaración estética distinta: no hay programa explícito, pero sí una ironía rítmica constante, contrastes súbitos y una energía compacta que convierte la brevedad en afirmación.

En lugar de expandir la forma, la Octava parece concentrarla. Regresa a una claridad formal cercana al clasicismo, pero lo hace desde una conciencia plenamente madura. Es, en cierto modo, una obra de síntesis: ligera en apariencia, rigurosa en construcción, moderna en su economía de medios.

“No creo que sea una obra menospreciada. Creo que es una obra distinta", dice el maestro Castillo. "Es relativamente más breve, más concentrada. No es una sinfonía expansiva como la Novena. Es una obra que, de algún modo, vuelve a hablar el lenguaje más cercano a las primeras sinfonías. Escuchar la Segunda y la Octava en un mismo programa es interesante porque no son de las más tocadas del catálogo, pero nos permiten apreciar la belleza maravillosa de ambas piezas”.

Para el director, resulta fundamental no proyectar retrospectivamente el romanticismo pleno sobre estas partituras. Beethoven, en este momento, pertenece todavía al universo clásico, y su revolución ocurre dentro de esa estructura heredada. Comprenderlo en su contexto histórico permite escuchar con mayor claridad la magnitud de su transformación. “Creo que es importante ubicar a Beethoven en su momento, en el contexto de 1800, y no revestirlo de un gran romanticismo que todavía no había llegado ni había ocupado las salas de concierto. Es importante hablar de Beethoven como uno de los grandes clásicos, junto a Haydn y Mozart. Esa trilogía es fundamental en la historia de la música”.

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Más allá del contexto histórico, la figura del compositor continúa marcada por el impacto de su sordera. Sin embargo, Castillo desplaza el foco de la carencia física hacia la potencia creativa. La incapacidad auditiva no anuló su capacidad de concebir estructuras complejas; por el contrario, obligó a una escucha interior que transformó su relación con el sonido y con la forma.

“Esa incapacidad de escuchar físicamente nos habla también del maravilloso oído interno que tenía Beethoven. Esa escucha interna es importante destacarla, porque estamos hablando de uno de los oídos internos más impresionantes de toda la historia de la música. Fue capaz de crear con su oído interno. Creo que eso merece resaltarse: más que centrarnos en lo que su cuerpo estaba dejando de hacer, en todo lo que, aun con esa ausencia, nos legó”, finalizó.

Así, la Segunda y la Octava, reunidas en un mismo programa, permiten escuchar a Beethoven en pleno proceso de transformación: entre la forma heredada y la afirmación de una voz propia que cambiaría de manera definitiva el destino de la sinfonía occidental.

El Programa 3 de la OFJ tendrá lugar el jueves 19 de febrero, 20:30 h, y el domingo 22 de febrero, 12:30 h. Boletos desde $100 pesos en línea y en taquillas del Teatro Degollado.

YC

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