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Pluralidad en riesgo
El debate sobre la asignación de curules por la via de representación proporcional
GUADALAJARA, JALISCO (31/AGO/2014).- “Vamos a eliminar la mitad de esos diputados plurinominales que cobran, no son electos y que aparte nos cuesta mucho”. Difícilmente alguien podría estar en contra de ese argumento. Sin embargo, más que un tema de pesos y centavos o la vía por la que llegan al poder, el debate sobre la asignación de curules por la vía de representación proporcional tiene que ver con el modelo de pluralidad partidista por el que queremos optar en México. Por un lado, el sistema de mayorías relativas tiende hacia el bipartidismo, y aunque genera eficiencia al dotar de mayoría al partido más votado, subrepresenta a las minorías. Por el otro, el modelo proporcional en donde la construcción de acuerdos es más laboriosa y compleja, pero mantiene la pluralidad social expresada en los votos. ¿Qué es lo que buscamos? ¿Queremos que un partido obtenga mayoría con un porcentaje bajo de los votos y con eso pueda empujar una agenda programática con total eficiencia? ¿Queremos que, por el contrario, el sistema refleje fidedignamente los votos en escaños y se conserve la diversidad política? No es una respuesta fácil.
El PRI ha propuesto una consulta para preguntarle a los mexicanos si están de acuerdo en reducir a la mitad los escaños plurinominales que se asignan en San Lázaro y todos los plurinominales en el Senado. Quitando las intenciones electorales que hay detrás de una propuesta de esta naturaleza, lo cierto es que un Congreso de 400 diputados y 96 senadores hubiera cambiado prácticamente todo lo que vivimos en este sexenio. Hagamos el contrafactual: ¿qué hubiera pasado en la elección de 2012 con un modelo de representación como el que propone el PRI?
¿Qué hubiera pasado?
El PRI ganó en 2012 la cantidad total de 174 distritos, dos terceras partes con el Partido Verde (PVEM) como su coaligado. La izquierda, con la alianza de los tres partidos, fue la segunda fuerza electoral con 72 distritos ganados a nivel nacional y el PAN terminó con 52 demarcaciones con triunfo de su candidato. Con el actual esquema, la representación quedó de la siguiente manera: el PRI se quedó con 212 diputados, es decir, obtuvo 36% de los votos y se quedó con el 42.4% de la representación, y si le sumamos al PVEM que tiene 29 diputados, entre ambos tienen el 48% de la Cámara de diputados. Es decir, tiene una sobrerrepresentación de poco más de seis puntos como partido y en alianza de casi 8% (el tope que marca la Constitución Política). En el caso de la izquierda, tienen una representación total de 135 legisladores (104 PRD; 15 del PT y 16 de MC). Es decir, entre todos los partidos coaligados obtuvieron 27% de los votos totales a diputados y su representación es de 26.5%; hay una correspondencia casi directa entre votos y escaños. En el caso del PAN que fue sin coalición a la contienda electoral, sus escaños totales ascienden a 114 (22.8% de la Cámara), mientras que obtuvo 25% de los votos. Una leve subrepresentación.
Ahora cambiemos las reglas del juego, pensemos en una Cámara de Diputados de 400 legisladores, de los cuales 300 aterrizan en San Lázaro por ganar su distrito y sólo 100 a través de la lista (con el reparto que aprobaron los partidos políticos en la reforma electoral de este año). Nos daría los siguientes resultados: el PRI obtendría, en coalición con el PVEM, 210 escaños. Es decir, con 36% de votos en alianza se vería representado con 55% de la Cámara de diputados. Mayoría absoluta incuestionable. El PRD obtendría en coalición con los partidos de izquierda, 95 escaños, es decir 23%, cuatro puntos de subrepresentación. El PAN por su lado se quedaría con 77 escaños en la Cámara: 19% de la representación. Obtiene 25% de los votos y eso se traduce en seis puntos menos de representación. Habría 18 escaños restantes para partidos minoritarios que logren conservar el registro (Morena, PES, FH o el Panal). Entonces el balance sería el siguiente: el PRI: +19; el PRD: -4; PAN:-6.
¿Qué implicaciones hubiera tenido? La más obvia es que seguramente no hubiera habido Pacto por México. El acuerdo fue un esquema de colaboración en un entorno de ausencia de mayorías legislativas y una agenda reformista ambiciosa. El PRI hubiera podido con su aliado el Verde, pasar reformas simples y hubiera podido o pactar con el PAN o con el PRD para modificar las Constitución. Las reformas por consenso no hubieran sido necesarias. Así, retirar 100 plurinominales hubiera significado una transformación total del panorama político que tuvimos en México desde diciembre de 2012. El incentivo no es la negociación, el acuerdo o el consenso, sino las reformas unilaterales y sin inclusión. Es privilegiar la eficiencia por encima de la pluralidad en un sistema político.
¿Qué se puede hacer?
Si partimos de la base de que la pluralidad es un valor esencial de la democracia y que la representación en las cámaras debe incluir esos equilibrios ideológicos en la sociedad, la ruta más adecuada no es reducir los plurinominales, sino reformarlos. Un error común en el que caemos en México es que si algo no sirve, lo tiramos a la basura. Los plurinominales no son en esencia: corruptos, ausentes de rendición de cuentas, inelegibles o parte de las cúpulas de poder. El sistema es el que ha provocado que los plurinominales se deformen y se desvíen de su propósito original. Aquí algunas de las características positivas de los diputados de representación proporcional, desde la teoría.
En primer lugar, representan a las minorías. Los plurinominales tienen la función constitutiva de representar a través de una lista a todos aquellos que votan en un distrito, pero que no necesariamente obtienen representación. En esencia sería una función muy noble: “la voz de los derrotados”. En segundo lugar, apostar por perfiles valiosos, pero que no son elegibles. En una democracia no siempre el “rockstar” debe ser el representante y como en las campañas muchas veces la imagen pesa más que las ideas, las listas son una buena salida que han encontrado distintas democracias para darle entrada a los parlamentos a perfiles que no levantan una carretada de votos. La profesionalización y las ideas profundas pueden ser un buen efecto sistémico del sistema de representación proporcional. En tercer lugar, pueden ser los cuadros más ideológicos de los partidos, los que verdaderamente cargan con una agenda reformista ambiciosa. Las elecciones en democracias liberales, y sobre todo en un país tripartidista, pero que regionalmente la competencia siempre es entre dos, empuja las campañas hacia el centro político. Las ideas radicales suelen ser castigadas en el plano electoral. Para dotar de pluralidad a los congresos donde existan moderados y radicales, es fundamental el sistema de listas.
Sin embargo, para que los diputados de representación proporcional ejerzan esa función, debemos reformar el actual modelo. No estamos en el peor de los mundos, pero es clara su desviación. Dos reformas son esenciales al modelo plurinominal: listas abiertas y diferenciación del voto. La primera, tomando el ejemplo del sistema electoral de Alemania, los partidos políticos presentan una lista de representación proporcional en orden de prelación que el ciudadano tiene posibilidad de modificar tanto en su composición como en su orden. Es decir, si el partido postula a un candidato “X” en el lugar tres de la lista, el elector puede moverlo al lugar 10 o simplemente sacarlo de la lista y meter a un candidato que cree que cumple mejor el perfil. Con las listas abiertas, el ciudadano no sólo es el ratificador de las decisiones que toman los partidos políticos, sino que también son proponentes activos de los perfiles que deben ocupar las curules. Es un cambio de modelo: de un ciudadano-elector que ratifica pasivamente las decisiones tomadas por los partidos, a un ciudadano que tiene la posibilidad de enmendarle la plana a los partidos cuando proponen aspirantes impresentables en las listas.
Y como segundo punto, es fundamental desvincular el voto del distrito del voto en la lista. Actualmente, el voto vale doble: uno va para el candidato uninominal y el otro va para la lista de representación proporcional. No puede haber una división del voto; es decir, elegir a un candidato porque es un buen prospecto automáticamente obliga a palomear la lista partidista. Desvincular ambos procesos puede provocar que la configuración legislativa sea aún más directa al caudal total de votos.
En la dicotomía eficiencia y pluralidad, en México la segunda debe ser más resguardada y protegida. La eficiencia de nuestro sistema político está más que probada: 500 reformas constitucionales en menos de un siglo de promulgada la constitución. Y el periodo más productivo en materia de reformas ha sido el de gobiernos divididos: 1997 a la fecha. Eficiencia no le falta al sistema político mexicano. Reducir 100 plurinominales no abona en nada a la construcción de un sistema político pluralista, sino más bien a un modelo bipartidista con una tercera fuerza muy debilitada. Incluso entierra el gran orgullo de este sexenio: el acuerdo político y la negociación que significó el Pacto por México. Es una falacia que en México se necesite inventarse mayorías para que haya resultados. En la representatividad, en crisis según todas las encuestas, está el gran reto del sistema político y electoral en México.
SABER MÁS
La consulta
El Partido Revolucionario Institucional (PRI) confía en que para el 15 de septiembre el partido estará en condición de recabar, con largueza, todas las firmas para cumplir con el 2% reglamentario para la realización de la consulta con la que se pretende reducir en un 50% los plurinominales en San Lázaro, y totalmente los de la Cámara de Senadores.
El PRI ha propuesto una consulta para preguntarle a los mexicanos si están de acuerdo en reducir a la mitad los escaños plurinominales que se asignan en San Lázaro y todos los plurinominales en el Senado. Quitando las intenciones electorales que hay detrás de una propuesta de esta naturaleza, lo cierto es que un Congreso de 400 diputados y 96 senadores hubiera cambiado prácticamente todo lo que vivimos en este sexenio. Hagamos el contrafactual: ¿qué hubiera pasado en la elección de 2012 con un modelo de representación como el que propone el PRI?
¿Qué hubiera pasado?
El PRI ganó en 2012 la cantidad total de 174 distritos, dos terceras partes con el Partido Verde (PVEM) como su coaligado. La izquierda, con la alianza de los tres partidos, fue la segunda fuerza electoral con 72 distritos ganados a nivel nacional y el PAN terminó con 52 demarcaciones con triunfo de su candidato. Con el actual esquema, la representación quedó de la siguiente manera: el PRI se quedó con 212 diputados, es decir, obtuvo 36% de los votos y se quedó con el 42.4% de la representación, y si le sumamos al PVEM que tiene 29 diputados, entre ambos tienen el 48% de la Cámara de diputados. Es decir, tiene una sobrerrepresentación de poco más de seis puntos como partido y en alianza de casi 8% (el tope que marca la Constitución Política). En el caso de la izquierda, tienen una representación total de 135 legisladores (104 PRD; 15 del PT y 16 de MC). Es decir, entre todos los partidos coaligados obtuvieron 27% de los votos totales a diputados y su representación es de 26.5%; hay una correspondencia casi directa entre votos y escaños. En el caso del PAN que fue sin coalición a la contienda electoral, sus escaños totales ascienden a 114 (22.8% de la Cámara), mientras que obtuvo 25% de los votos. Una leve subrepresentación.
Ahora cambiemos las reglas del juego, pensemos en una Cámara de Diputados de 400 legisladores, de los cuales 300 aterrizan en San Lázaro por ganar su distrito y sólo 100 a través de la lista (con el reparto que aprobaron los partidos políticos en la reforma electoral de este año). Nos daría los siguientes resultados: el PRI obtendría, en coalición con el PVEM, 210 escaños. Es decir, con 36% de votos en alianza se vería representado con 55% de la Cámara de diputados. Mayoría absoluta incuestionable. El PRD obtendría en coalición con los partidos de izquierda, 95 escaños, es decir 23%, cuatro puntos de subrepresentación. El PAN por su lado se quedaría con 77 escaños en la Cámara: 19% de la representación. Obtiene 25% de los votos y eso se traduce en seis puntos menos de representación. Habría 18 escaños restantes para partidos minoritarios que logren conservar el registro (Morena, PES, FH o el Panal). Entonces el balance sería el siguiente: el PRI: +19; el PRD: -4; PAN:-6.
¿Qué implicaciones hubiera tenido? La más obvia es que seguramente no hubiera habido Pacto por México. El acuerdo fue un esquema de colaboración en un entorno de ausencia de mayorías legislativas y una agenda reformista ambiciosa. El PRI hubiera podido con su aliado el Verde, pasar reformas simples y hubiera podido o pactar con el PAN o con el PRD para modificar las Constitución. Las reformas por consenso no hubieran sido necesarias. Así, retirar 100 plurinominales hubiera significado una transformación total del panorama político que tuvimos en México desde diciembre de 2012. El incentivo no es la negociación, el acuerdo o el consenso, sino las reformas unilaterales y sin inclusión. Es privilegiar la eficiencia por encima de la pluralidad en un sistema político.
¿Qué se puede hacer?
Si partimos de la base de que la pluralidad es un valor esencial de la democracia y que la representación en las cámaras debe incluir esos equilibrios ideológicos en la sociedad, la ruta más adecuada no es reducir los plurinominales, sino reformarlos. Un error común en el que caemos en México es que si algo no sirve, lo tiramos a la basura. Los plurinominales no son en esencia: corruptos, ausentes de rendición de cuentas, inelegibles o parte de las cúpulas de poder. El sistema es el que ha provocado que los plurinominales se deformen y se desvíen de su propósito original. Aquí algunas de las características positivas de los diputados de representación proporcional, desde la teoría.
En primer lugar, representan a las minorías. Los plurinominales tienen la función constitutiva de representar a través de una lista a todos aquellos que votan en un distrito, pero que no necesariamente obtienen representación. En esencia sería una función muy noble: “la voz de los derrotados”. En segundo lugar, apostar por perfiles valiosos, pero que no son elegibles. En una democracia no siempre el “rockstar” debe ser el representante y como en las campañas muchas veces la imagen pesa más que las ideas, las listas son una buena salida que han encontrado distintas democracias para darle entrada a los parlamentos a perfiles que no levantan una carretada de votos. La profesionalización y las ideas profundas pueden ser un buen efecto sistémico del sistema de representación proporcional. En tercer lugar, pueden ser los cuadros más ideológicos de los partidos, los que verdaderamente cargan con una agenda reformista ambiciosa. Las elecciones en democracias liberales, y sobre todo en un país tripartidista, pero que regionalmente la competencia siempre es entre dos, empuja las campañas hacia el centro político. Las ideas radicales suelen ser castigadas en el plano electoral. Para dotar de pluralidad a los congresos donde existan moderados y radicales, es fundamental el sistema de listas.
Sin embargo, para que los diputados de representación proporcional ejerzan esa función, debemos reformar el actual modelo. No estamos en el peor de los mundos, pero es clara su desviación. Dos reformas son esenciales al modelo plurinominal: listas abiertas y diferenciación del voto. La primera, tomando el ejemplo del sistema electoral de Alemania, los partidos políticos presentan una lista de representación proporcional en orden de prelación que el ciudadano tiene posibilidad de modificar tanto en su composición como en su orden. Es decir, si el partido postula a un candidato “X” en el lugar tres de la lista, el elector puede moverlo al lugar 10 o simplemente sacarlo de la lista y meter a un candidato que cree que cumple mejor el perfil. Con las listas abiertas, el ciudadano no sólo es el ratificador de las decisiones que toman los partidos políticos, sino que también son proponentes activos de los perfiles que deben ocupar las curules. Es un cambio de modelo: de un ciudadano-elector que ratifica pasivamente las decisiones tomadas por los partidos, a un ciudadano que tiene la posibilidad de enmendarle la plana a los partidos cuando proponen aspirantes impresentables en las listas.
Y como segundo punto, es fundamental desvincular el voto del distrito del voto en la lista. Actualmente, el voto vale doble: uno va para el candidato uninominal y el otro va para la lista de representación proporcional. No puede haber una división del voto; es decir, elegir a un candidato porque es un buen prospecto automáticamente obliga a palomear la lista partidista. Desvincular ambos procesos puede provocar que la configuración legislativa sea aún más directa al caudal total de votos.
En la dicotomía eficiencia y pluralidad, en México la segunda debe ser más resguardada y protegida. La eficiencia de nuestro sistema político está más que probada: 500 reformas constitucionales en menos de un siglo de promulgada la constitución. Y el periodo más productivo en materia de reformas ha sido el de gobiernos divididos: 1997 a la fecha. Eficiencia no le falta al sistema político mexicano. Reducir 100 plurinominales no abona en nada a la construcción de un sistema político pluralista, sino más bien a un modelo bipartidista con una tercera fuerza muy debilitada. Incluso entierra el gran orgullo de este sexenio: el acuerdo político y la negociación que significó el Pacto por México. Es una falacia que en México se necesite inventarse mayorías para que haya resultados. En la representatividad, en crisis según todas las encuestas, está el gran reto del sistema político y electoral en México.
SABER MÁS
La consulta
El Partido Revolucionario Institucional (PRI) confía en que para el 15 de septiembre el partido estará en condición de recabar, con largueza, todas las firmas para cumplir con el 2% reglamentario para la realización de la consulta con la que se pretende reducir en un 50% los plurinominales en San Lázaro, y totalmente los de la Cámara de Senadores.