Domingo, 12 de Octubre 2025
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'Yes, we can't!'

El martes pasado Barack Obama perdió las elecciones; quienes lo apoyaron antes lo dejaron solo

Por: EL INFORMADOR

Al presidente le quedan 26 meses en el Despacho Oval, por lo nos preguntamos ¿qué futuro tendrá su administración? AP /

Al presidente le quedan 26 meses en el Despacho Oval, por lo nos preguntamos ¿qué futuro tendrá su administración? AP /

GUADALAJARA, JALISCO (09/NOV/2014).- Soberbio, incapaz, obstinado, ausente, terco y desilusionante, son algunas perlas que le dedican a Obama los periódicos de Estados Unidos después de su tremenda derrota en las elecciones intermedias. Ni siquiera los diarios liberales, como The New York Times, o de izquierda como The Nation, son capaces de acordarse del fenómeno mediático y político que paralizó al mundo en noviembre de 2008. La aplastante victoria de los republicanos en la Cámara de Representantes —por tercer bienio consecutivo—, su vuelta al control del Senado y la derrota en 20 gubernaturas, sólo tiene una explicación: el fracaso de Barack Obama. Sin embargo, al flagelado de Obama le quedan 26 meses en el Despacho Oval, ¿Qué futuro tiene su administración? ¿Su derrota del martes pasado constituye el fin de una presidencia marcada por la incapacidad, la desilusión y el fracaso? ¿Es Obama el culpable de dan estrepitosa derrota?

No fue la economía


Las elecciones intermedias del pasado martes enmarcan una tremenda paradoja: Obama perdió justo en su mejor momento. Sí, aunque a usted le cueste trabajo creerlo. Obama sufre de un durísimo varapalo en las urnas justo cuando la economía de los Estados Unidos se encuentra en su mejor momento desde 2007 (con un pronóstico de crecimiento por encima de los tres puntos porcentuales, lo que para la Unión Americana es superlativo) y con una tasa de desempleo que se mueve, por primera vez desde 2009, por debajo de los seis puntos porcentuales. Sin exageraciones, difícilmente la economía de Estados Unidos podría ir mejor en un entorno mundial de desaceleración. Incluso, el déficit presupuestal, el tema favorito de los conservadores republicanos, ni siquiera figuró en la campaña ya que Obama ha cumplido su promesa de respetar el acuerdo multianual bipartidista de reducción del  gasto.

El bolsillo no mató a Obama. Fue algo mucho más difuso y grave: su incompetencia para seducir a su electorado en franca decepción. Obama dejó “novias enojadas” por doquier. Basta con revisar los números del martes pasado para entender que el electorado base de los demócratas, pero sobre todo el nicho más entusiasta por la llegada de Obama a la Casa Blanca en 2008, no salió a votar. Por ejemplo, dentro de los latinos, que resultaron especialmente importantes para su reelección en 2012, su apoyo disminuyó en 17% en menos de dos años (con una abstención de 60%, muy alta). Un fenómeno de decepción tras su inoperancia para acordar, con mayoría en el Senado, la Reforma Migratoria prometida.

 En segundo lugar, el votante blanco trabajador urbano —que gana menos de 50 mil dólares al año— decidió también quedarse en su casa. En este segmento de voto, las encuestas de salida detectan el mayor abstencionismo con relación al proceso electoral anterior. Solamente uno de cada tres votantes (34%) acudió a las urnas a darle un espaldarazo de confianza al presidente. Así, Obama cayó precisamente entre los suyos, entre aquellos que llenaron de ilusión y esperanza su discurso triunfal en Chicago hace seis años.

Asimismo, Obama nunca reconoció que en menos de dos años había pasado de la columna de activos a la de pasivos en la contabilidad política del Partido Demócrata. Innumerables casos podemos identificar para analizar este fenómeno: a los presidentes les cuesta trabajo medir su desgaste o entender que dando un paso al costado ayudan mucho más. Sienten que tienen la misma capacidad de “encantar serpientes” y mover voluntades que cuando se postularon por primera vez. Recordemos  a Felipe Calderón que le reclamó a Josefina Vázquez Mota hasta el último día que no defendiera su legado presidencial como la principal bandera de su campaña. O recordar a José Luis Rodríguez Zapatero que ante su desprestigio y el anuncio de una derrota electoral de magnitudes nunca antes vistas, buscó en Alfredo Pérez Rubalcaba a un sucesor que no le diera la espalda a su legado. Los presidentes suelen prestar más atención a esa historia que ellos firmemente creen que están escribiendo, que a los fríos cálculos de las encuestas, los consejos pragmáticos de sus asesores y a su popularidad en entredicho. Es como si dentro de ellos siempre existiera una voz serena que les dice: “Algún día van a valorar lo que hiciste”. Ante esto, Obama se negó a verse como una carga para los resultados de su partido. Son múltiples las narraciones, por ejemplo las que publica The Atlantic, en donde los candidatos al Senado y algunos a la Cámara de Representantes le piden a Obama que no se aparezca en sus distritos o estados. Nunca hizo caso y eso permitió que los republicanos lograran empujar la idea de que las elecciones intermedias significaban un plebiscito sobre la labor de Obama al frente de la Casa Blanca.

Los republicanos se lavaron la cara


A esta decepción y apatía de los votantes demócratas, así como a la terquedad manifiesta de Obama sobre la impopularidad de su figura, también debemos de sumar un tímido, pero eficaz aprendizaje de los republicanos sobre sus errores del pasado- sobre todo de 2012. Tres estrategias fueron fundamentales para el resurgimiento republicano, particularmente en estados conservadores donde habían perdido fuerza-Texas, por ejemplo.

En primer lugar, la recuperación de candidatos conservadores creíbles. El asalto del Tea Party sufrido por el Partido Republicano tras la victoria de Obama en 2008, provocó que el partido tendiera a una agenda extremista sumamente desgastante. El nivel de virulencia y obstruccionismo del ala más radical del Tea Party generó una percepción de racismo y discriminación en las posturas del Partido. El voto latino corrió despavorido, las mujeres prefirieron cobijarse en la esperanza de Obama y el “voto cambiante” —el swing voter— veía en los aspirantes republicanos a incompetentes extremistas, dogmáticos que le daban la espalda a la ciencia y a la racionalidad. Ante esto, y como publica el Washington Post en su análisis titulado “How the GOP did it”, los líderes de centro y moderados del partido se involucraron en la elección de candidatos competentes y que mostraran una agenda pragmática, sobre todo económica. “Se deshicieron de los lunáticos” que quieren educar a sus hijos en la casa ante el miedo de que sean contaminados por los valores modernos o los que quieren gobernar con la biblia en la mano. No sólo significó un movimiento hacia el centro del espectro político, sino también el retorno al partido conservador, pragmático, económico y capaz que le dio tanta fuerza en los años de Ronald Reagan.

En segundo lugar, utilizaron la “negatividad” como principal bandera política. ¿Alguien podría nombrar una sola propuesta de los Republicanos desde que comenzaron las primarias a mediados de año? Quitando la tímida promesa de derogación de la ley de seguridad sanitaria de Obama —el “ObamaCare”—, será complicado acordarnos de propuestas concretas. Los discursos de los republicanos giraron en torno a “detener Obama”, “contener el fracaso de Obama” y poco más. Ni siquiera el ataque al “ObamaCare” fue una bandera de campaña incontestable, ya que los republicanos necesitan 290 votos en la Cámara de diputados –más de 40 escaños arriba de su mayoría– y 67 senadores –más de 12 asientos que no tienen– para evitar el veto presidencial. Es decir, y en pocas palabras, el ObamaCare es imposible de tumbar, por lo menos en este bienio. En el mismo sentido, los republicanos no se comprometieron a nada, más que a lo que han hecho estos últimos cuatro años: detener toda reforma que huela a Obama. Los votantes de Estados Unidos aceptaron esta postura y le dieron la espalda al Presidente.

Y la tercera estrategia, hacer ver al Presidente como incapaz y no como “malvado”. Uno de los errores que cometió el Partido Republicanos, en los años de dominio incontestable del Tea Party, fue precisamente construir la imagen de un Obama enemigo de los valores americanos. El pensamiento ultraconservador buscó colocarle a Obama etiquetas que eran de risa: marxista, maoísta, musulmán y hasta comunista. Un ataque tan difícil de justificar, que hizo que el votante centrista se alejara ampliamente de esa guerra sucia. Ahora, el discurso del miedo no se basó en ataques identitarios, sino en reforzar la imagen de un presidente que ha probado su ineficacia incluso para implementar sus propias reformas, recordemos el fiasco en la implementación cuando se puso en marcha el ObamaCare. Así, los Republicanos orientaron sus baterías a evidenciar a un presidente que tras seis años en el cargo había demostrado que la labor le quedó muy grande.

¿Parálisis?

No hay duda: nada parecido a una reforma ambiciosa podrá venir de la mano de Barack Obama en los últimos dos años de su mandato. Sin embargo, lo que sí podemos decir es que hay algunos incentivos para que el presidente y el Congreso trabajen en acuerdos bipartidistas. Los Republicanos están preparando el asalto al poder en 2016 y no quieren mostrar una cara obstruccionista que consolide esa imagen de un partido que sólo sabe destruir. Tan es así que una de las primeras declaraciones del nuevo líder de la mayoría republicana,  Mitch McConnell, esboza un panorama de apertura al acuerdo. “No porque tengamos un sistema bipartidista eso quiere decir que estemos en permanente conflicto. Apoyaremos aquello que creamos que es correcto”. Un mensaje muy distinto de aquel que enviaron los republicanos al ganar la mayoría en la Cámara de Representantes en 2010 y donde sólo querían ver sangre. Ahora su adversario ya no es Obama, sino ellos mismos con una mayoría incontestable.

En la Casa Blanca es desde donde surgen más dudas sobre su espíritu de colaboración. Obama se enfrenta a un cruce de caminos: acordar o cuidar su legado. La distribución de fuerzas parece esbozar una sentencia clara: cualquier reforma que se apruebe será “descafeinada”. Con gobiernos divididos, los cambios suelen ser más cosméticos que estructurales, particularmente si es la reforma migratoria la que se encuentra en juego. El derecho del veto del presidente y la mayoría de los republicanos en las cámaras se apuntan con una pistola, lo que dificulta acuerdos de cambio profundo. Obama tendrá que definir la narrativa final de su gobierno, extender la mano y pactar reformas; es decir, irse como un presidente que colgó en el armario la ideología para encontrar acuerdos, o un presidente “progresista” que se “murió con la suya” hasta el último día de su mandato. Es una tentación para el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos, enfocarse en política exterior y buscar complicidad en la opinión pública global ante un Congreso ingobernable. La presencia como sombra de Hillary Clinton, la virtual candidata demócrata a la Presidencia, no sólo le resta liderazgo nacional, sino que mina su capacidad de cohesionar a los demócratas tras una su agenda de prioridades. Le quedan dos años en la presidencia, pero tal parece que Obama tendrá que traicionarse mucho a sí mismo y a su legado para no caer en la insignificancia política.

Tapatío

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