Sábado, 08 de Agosto 2020
Suplementos | ¿Quiere que Cataluña sea un Estado? Y si es así: ¿Quiere que sea independiente?

Una independencia posmoderna

¿Quiere que Cataluña sea un Estado? Y si es así: ¿Quiere que sea independiente? Son las dos preguntas pactadas por los partidos que impulsan la consulta soberanista catalana para el 9 de noviembre de 2014

Por: EL INFORMADOR

La relación entre España y Cataluña está envuelta por estereotipos y prejuicios que no son sencillos de desmontar.  /

La relación entre España y Cataluña está envuelta por estereotipos y prejuicios que no son sencillos de desmontar. /

GUADALAJARA, JALISCO (22/DIC/2013).- Es cuando menos paradójico pelear por la independencia en un mundo como el de hoy. Y aún más en una Europa como la que se imaginaron Jean Monnet y Robert Schumann.

En una Unión Europea en crisis, donde los estados ceden su soberanía a Bruselas o en donde los mercados influyen a veces mucho más que los ciudadanos en las políticas de los gobiernos nacionales, el grito por la independencia no es común o parece un debate de antes. Podríamos decir que es al revés, la globalización nos hace a todos más “interdependientes” y cada vez más la soberanía se vuelve un concepto difuso y difícil de definir en pleno siglo XXI. Sin embargo, en este contexto, y en un franco deterioro de las relaciones España-Cataluña, el partido que conduce la Generalitat catalana, Convergència i Unió (CiU), en conjunto con su aliado en el Parlament, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), y una serie de partidos nacionalistas como la Candidatura D´Unitat Popular (CUP), Iniciativa Per Catalunya o Izquierda Unida (IU)-éste último no nacionalista, han ido más allá de lo que imaginaron muchos cuando comenzó el debate soberanista en Cataluña: han elegido una fecha para una consulta (9 de noviembre de 2014) y las preguntas: ¿Quiere que Cataluña sea un Estado? Y si es así: ¿Quiere que sea independiente? Estas dos preguntas fueron las que generaron consenso durante más de dos meses de negociación, donde cada una de las palabras contaba.

Más allá de las justificaciones históricas o políticas de Cataluña como un país independiente, el status de Cataluña en el concierto autonómico español, hace mucho que dejó de tener apoyos. En las calles de Barcelona, entre los intelectuales, incluso entre aquellos que reivindican una Cataluña autónoma pero en el marco de España, consideran que el modelo territorial de la transición española llegó a su fin y que es necesario enfrentar ciertas definiciones. Y todo parece indicar en encuestas y estudios de opinión que Cataluña como Estado independiente, pero dentro de la Unión Europea, reviste la voluntad de la mayoría de los catalanes. Es decir, no una independencia clásica como las de antes donde se buscaba que el país tuviera todas las potestades, ahora se busca una independencia de Madrid, pero no de Bruselas. Incluso, opciones como el tránsito a una España federalista aún más descentralizada o una España plurinacional, ya no desatan grandes emociones. Sigue siendo la alternativa propuesta por el Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC), incluso de alguna parte de IU o de ICV, sin embargo para más de 50% de los catalanes la apuesta por el federalismo es ya insuficiente.

El desencuentro


¿Cómo creció a tanta velocidad este desencuentro entre España y Cataluña? Germá Bel, un reconocido economista y político catalán, plantea en su libro Anatomía de un Desencuentro que se han roto los puentes de confianza entre ambas entidades, y mucho tiene que ver con el desvanecimiento de esa parte de la opinión pública catalana que al no encontrar respuestas de Madrid, se ha decantado finalmente por la inevitabilidad de la independencia. O para algunos el tema es peor. Como señala Iñaki Gabilondo en su editorial en El País “Cataluña se va”, los catalanes no se van porque se vaya a votar, sino porque el sentimiento, particularmente de los jóvenes catalanes, es de rechazo e incluso indiferencia a lo que significa España. “Ven a España como poco menos que instancia administrativa, como se puede ver a la OTAN”, escribía hace días el periodista.

Son múltiples los fenómenos que han llevado a esta confrontación cada vez más marcada, sin embargo la ilegalización del Estatuto de Autonomía catalán en los años de José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa, y la campaña que hizo el antes opositor y hoy gobernante Partido Popular (PP) contra el estatuto dejó a la opinión pública catalana en un callejón de salida. El lema que repetía el actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando se buscaban reunir un millón de firmas contra el Estatuto, era: “regálame una firmita contra Cataluña”.

Y es que es innegable que en España, y aún más con el retorno del PP, existe una tensión entre el centralismo impulsado desde la Moncloa, su combate a la pluralidad lingüística y a las autonomías de las nacionalidades históricas, y un discurso nacionalista en Cataluña que denuncia los intentos por marginar al catalán e imponer desde Madrid las condiciones de un agotado sistema autonómico. “Siempre que vamos de buenas, en el marco de ley y respetando los procesos, siempre nos cierran las puertas”, es un discurso muy pronunciado entre los catalanes. El fiasco del Estatuto, aprobado en los parlamentos y en la calle a través de referéndum ha provocado que exista en buena parte de la opinión pública catalana un sentimiento de frustración con el trato recibido. Algo se rompió ese día: los puentes, la confianza. Ello explica en gran parte el auge del nacionalismo, aquellos catalanes que se situaban en las “opciones intermedias” entre la independencia y la defensa del modelo autonómico se han cargado hacia la independencia como la única forma de verdaderamente transformar su realidad.

“España nos roba”


Una de las grandes quejas de una buena parte del catalanismo independentista es precisamente “Espanya ens roba”. Con datos reales y a veces con exageraciones propias de un debate tan polarizado, los partidos nacionalistas han fortalecido la idea de que parte del desprecio de La Moncloa por Cataluña se expresa en la baja tasa de retorno que obtiene la Generalitat después del pago de los impuestos. Los datos señalan que algo hay de eso: Cataluña es la segunda comunidad autonómica más afectada por las transferencias (-8.7% del Producto Interno Bruto. Sólo detrás de las Islas Baleares). Las comunidades más favorecidas por este sistema son Navarra y el País Vasco, ambas con estatutos de autonomía y fiscales que les dan un gran margen de maniobra en materia de recaudación y recolecta fiscal. El PP ha negado que Cataluña sea una comunidad desfavorecida, lo ha hecho desde José María Aznar y también con Mariano Rajoy.

Y es que el tema es aún más complejo. La relación entre España y Cataluña está envuelta por estereotipos y prejuicios que no son sencillos de desmontar. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), los catalanes son los que gozan de la menor simpatía entre las comunidades autónomas. Incluso, andaluces, gallegos o extremeños ven mejor a “los europeos” que a los catalanes. Pocos indicadores tan claros como para percibir ese enfriamiento entre sociedades que comienzan a desconocerse y que no se ven como parte de un proyecto común.

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