Suplementos | Una forma de vida. Amelie Nothomb. Anagrama. 2012. 152 páginas Una forma de vida La reconocida escritora belga le da su nombre a la protagonista de su más reciente novela, asesiada por el soldado Melvin Mapple, desde Irak Por: EL INFORMADOR 11 de marzo de 2012 - 02:20 hs GUADALAJARA, JALISCO (11/MAR/2012).- Aquella mañana, recibí una carta distinta a todas las demás: Querida Amélie Nothomb: Soy soldado de segunda clase del ejército norteamericano, mi nombre es Melvin Mapple, pero puede llamarme Mel. Llevo más de seis años destinado en Bagdad, desde el principio de esta jodida guerra. Le escribo porque estoy sufriendo como un perro. Necesito un poco de comprensión y sé que usted me comprenderá. Respóndame. Espero que me escriba pronto. Melvin Mapple Bagdad, 18/12/2008. Primero pensé que se trataba de una broma. Aun suponiendo que existiera el tal Melvin Mapple, ¿tenía derecho a escribirme aquellas cosas? ¿Acaso no existía una censura militar que nunca debería haber dejado pasar el «fucking» delante del «war»? Examiné el sobre. Si era falso, la ejecución resultaba admirable. Una máquina americana de sellar había realizado el franqueo, estampado con un sello iraquí. Pero lo que le daba más autenticidad era la caligrafía: esa letra americana básica, simple y estereotipada, que tantas veces había visto en el transcurso de mis estancias en los Estados Unidos. Y aquel tono directo, de una irrefutable legitimidad. Cuando dejé de dudar sobre la autenticidad de la misiva, me impactó la increíble dimensión de aquel mensaje: si bien no era nada sorprendente que un soldado norteamericano que vivía aquella guerra desde el principio y desde dentro estuviera sufriendo «como un perro», sí resultaba alucinante que me lo contara a mí. ¿Cómo había oído hablar de mí? Cinco años antes, se habían traducido algunas de mis novelas al inglés y en los Estados Unidos habían gozado de una acogida más bien confidencial. Sin sorprenderme, ya había recibido otras cartas de militares belgas o franceses que casi siempre me pedían una fotografía dedicada. Pero un soldado de segunda clase del ejército norteamericano destinado en Irak, eso me superaba. ¿Sabía quién era yo? Aparte de la dirección de mi editor, correctamente escrita en el sobre, nada dejaba entrever que así fuera. «Necesito un poco de comprensión y sé que usted me comprenderá.» ¿Cómo podía saber que yo le comprendería? Suponiendo que hubiera leído mis libros, ¿acaso eran el ejemplo más evidente de la comprensión y la compasión humanas? Puestos a convertirme en madrina de guerra, la elección de Melvin Mapple me dejaba perpleja. Por otro lado, ¿me apetecían aquellas confidencias? Ya eran muchos los que me escribían para contarme sus penas con todo lujo de detalles. Mi capacidad para soportar el dolor ajeno se hallaba al límite de su resistencia. Además, el sufrimiento de un soldado norteamericano, eso tenía que ocupar mucho sitio. ¿Podría abarcar semejante volumen? No. Probablemente, Melvin Mapple necesitaba un psicólogo. Y ése no era mi oficio. Ponerme a disposición de sus confidencias sería hacerle un flaco favor, ya que se consideraría liberado de la necesidad de terapia que seis años de guerra habían tenido que engendrar. No responder nada me habría parecido un poco malvado. Opté por una solución intermedia: le dediqué al soldado mis libros traducidos al inglés, los empaqueté y los envié por correo. De ese modo me parecía haber hecho un gesto para aquel subalterno del ejército norteamericano y apacigüé mi conciencia. Más tarde, pensé que la ausencia de censura militar se explicaba, sin duda, por la reciente elección de Barak Obama como presidente; es cierto que no sería presidente en funciones hasta un mes más tarde, pero aquella conmoción ya había tenido sus efectos. Obama no había dejado de manifestarse contra aquella guerra y de declarar que, en caso de victoria demócrata, ordenaría el regreso de las tropas. Me imaginaba la vuelta inminente de Melvin Mapple a su Norteamérica natal: en mis fantasías, le veía llegando a una granja confortable, rodeada de campos de maíz, con sus padres recibiéndole con los brazos abiertos. Aquella idea acabó de tranquilizarme. Como seguro que se habría llevado mis libros dedicados, indirectamente yo habría contribuido a la práctica de la lectura en la región del Corn Belt. Aún no habían transcurrido ni dos semanas cuando recibí la respuesta del soldado de segunda: Querida Amélie Nothomb: Gracias por sus novelas. ¿Qué quiere que haga con ellas? Happy new year, Melvin Mapple Bagdad, 1/01/2009 Me pareció un poco envarado. Algo nerviosa, le escribí inmediatamente la siguiente carta: Querido Melvin Mapple: No lo sé. Quizá calzar un mueble o subir la altura de una silla. U ofrecérselos a un amigo que haya aprendido a leer. Gracias por sus deseos de año nuevo. Los mismos para usted. Amélie Nothomb París, 6/01/2009 Envié la nota revolviéndome contra mi propia estupidez. ¿Cómo había podido esperar una reacción distinta por parte de un militar? Respondió a vuelta de correo: Querida Amélie Nothomb: Sorry, debo de haberme expresado mal. Lo que quise decir es que si le había escrito era porque ya he leído todos sus libros. No la habría molestado por algo así, y ésa es la razón por la cual no le hablé de ello: lo daba por sentado. Pero me alegra tener los libros repetidos y con sus dedicatorias. Podré prestárselos a mis amigos. Siento haberla molestado. Sincerely, Melvin Mapple Bagdad, 14/01/2009 Abrí los ojos como platos. Aquel tío había leído todos mis libros y establecía un vínculo de causa-efecto entre esa evidencia y el hecho de escribirme. Aquello hizo que me sumergiera en un abismo de reflexión. Intentaba comprender en qué medida mis novelas podían haber incitado a aquel soldado a dirigirse a mí. Por otro lado, me sentía como ese personaje ridículamente satisfecho: el autor que descubre que alguien ha leído todos sus libros. Que ese alguien fuera un soldado de segunda del ejército norteamericano me satisfizo todavía más. Me dio la impresión de ser una escritora universal. Experimenté un grotesco arrebato de orgullo. Con la mejor disposición, redacté la siguiente epístola: Querido Melvin Mapple: Lamento el malentendido. De verdad me halaga que haya leído todos mis libros. Aprovecho para enviarle mi última novela traducida al inglés, Tokyo Fiancée, que acaba de publicarse en los Estados Unidos. El título no me entusiasma, suena demasiado a película con Sandra Bullock, pero el editor me ha asegurado que Ni de Eva ni de Adán corría el riesgo de no encontrar una traducción mejor. Del 1 al 14 de febrero visitaré su hermoso país y me ocuparé de la promoción. Hoy Barack Obama se convierte en presidente de los Estados Unidos. Es un gran día. Imagino que pronto volverá a casa y me alegro de que así sea. Cordialmente, Amélie Nothomb París, 21/01/2009 Durante mi gira americana, no dejé de repetir a quien quisiera escucharme que me carteaba con un soldado destinado en Bagdad que había leído todos mis libros. A los periodistas les causó una impresión favorable. El Philadelphia Daily Report tituló su artículo: «U.S. Army soldier reads Belgian writer Amélie Nothomb». No sabía exactamente con qué clase de aureola me coronaba ese titular, pero su efecto parecía excelente. De regreso en París, me esperaba una montaña de cartas, entre las cuales dos procedentes de Irak: Querida Amélie Nothomb: Gracias por Tokyo Fiancée. No lo sienta, el título está bien. Me encanta Sandra Bullock. Me apetece mucho leerlo. Además, tendré tiempo para hacerlo: aún tardaremos en regresar. El nuevo presidente ha dicho que la retirada de las tropas durará diecinueve meses. Y como fui de los primeros en llegar, ya verá como seré el último en irme: es la historia de mi vida. Pero tiene usted razón, Barack Obama es el hombre que necesitamos. Yo también le voté. Sincerely, Melvin Mapple Bagdad, 26/01/2009 Querida Amélie Nothomb: Tokyo Fiancée me ha encantado. Espero que Sandra Bullock acepte el papel, sería fantástico. ¡Qué historia más hermosa! Al final lloré. No le preguntaré si ocurrió de verdad: resulta tan auténtico. ¿Qué tal le fue por América? Sincerely, Melvin Mapple Bagdad, 7/02/2009 Le respondí sin demora: Querido Melvin Mapple: Estoy encantada de que le haya gustado mi libro. En su hermoso país, todo transcurrió de maravilla. Hablé de usted en todas partes: le adjunto este artículo del Philadelphia Daily Report. Por desgracia, no pude precisar a los periodistas de dónde era. Sé muy poco de usted. Si le parece bien, cuénteme más cosas sobre usted. Cordialmente, Amélie Nothomb París, 16/02/2009 Preferí no comentar nada sobre una hipotética película con Sandra Bullock: había sido una alusión irónica, no esperaba que la tomara en serio. Melvin Mapple podría sentirse decepcionado si descubría que aquella película tenía pocas posibilidades de hacerse. No hay que soliviantar a la Corn Belt. Querida Amélie Nothomb: El artículo del Philadelphia Daily Report me ha hecho mucha ilusión. Se lo he enseñado a los amigos, ahora todos quieren escribirle. Les he contado que su gira americana había terminado y que ya no merece la pena: lo único que quieren es que hablen de ellos en los periódicos. Me pide que me presente. Tengo treinta y nueve años: soy uno de los más viejos de mi reemplazo. Entré tarde en el ejército, a los treinta años, porque ya no tenía perspectivas de futuro. Me moría de hambre. (...) SUBRAYADO Belga de Japón Amélie Nothomb nació en Kobe (Japón) en 1967. Proviene de una antigua familia de Bruselas, donde reside actualmente, aunque pasó su infancia y adolescencia en Extremo Oriente, principalmente en China y en Japón, donde su padre fue embajador. Habla japonés y trabajó como intérprete en Tokio. Es una de las autoras francesas más populares. Algunos de sus libros son El sabotaje amoroso y Metafísica de los tubis. Temas Escritores Tapatío Lee También El Clásico Tapatío cambia de horario Conquistando la cima más alta de Jalisco Resistencia cultural en el tianguis de la Leña La danza contemporánea abre paso al legado en el arranque del FID 2025 Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones