Suplementos | De viajes y aventuras Samarkanda: encrucijada de culturas en la antigua Rusia La cultura milenaria de estos sitios permite comunicarse con el idioma universal de la fraternidad Por: EL INFORMADOR 15 de diciembre de 2012 - 20:23 hs Arquitectura. La Madrassa (escuela) de Ulugh Beg donde se eseña filosofía, astronomía y teología en la Samarkanda de Uzbekistán. / GUADALAJARA, JALISCO (16/DIC/2012).- Después de un larguísimo vuelo desde Moscú en un avión de Aeroflot, aterrizamos en Tashkent, la capital de Uzbekistán, en donde tuvimos la suerte de contratar a Vladimir, un agradable guía ruso muy educado y culto que hablaba español a la perfección; cosa que resultó, además de sumamente agradable, muy ilustrativo para entender las culturas y vivencias de los lugares milenarios que visitaríamos. Vladimir, quien tenía apariencia de cualquier chavo sudamericano, nos explicaba con curioso acento, tanto la historia de su país como los sucesos acontecidos en esas lejanas tierras. El parque de Taskent, con el piso dramáticamente abierto por los sismos que destruyeron la ciudad en 1966, nos impresionó profundamente. La oscura grieta, cubierta con elegantes aunque austeros materiales, había sido conservada como recuerdo del terrible suceso que no convenía olvidar. Un par de días en la ciudad bastaron para afrontar otra excursión en otra nave Aeroflot “casi nueva” con sus asientos de lona, relativamente cómodos, que nos hacían ver que en Rusia los lujos eran superfluos; y que lo que era valioso estaba “controlado”; haciéndonos notar la austeridad comunista de aquellos tiempos. (Por estas fechas ya se han estado “echando a perder” con las bondades -y billetes- del capitalismo. Por algo dicen que “el comunismo se termina cuando se acaba el dinero de los demás”). Al aterrizar en Samarkanda tuvimos que echar atrás los relojes, nada menos que dos mil 700 años, cuando su nombre era Afrashiab, y su aire aún se respira. Se dice que Samarkanda es una de las ciudades más antiguas de la humanidad que aún sigue habitada. Actualmente ha sido declarada por la UNESCO “Patrimonio de la Humanidad”. Pensamos que el bocado era demasiado grande para digerirlo tan deprisa, y que eran muchos milenios acumulados para poder entenderlos sin aturdirnos. Decidimos así dejar llegar las cosas, y tratar de entenderlas sin más explicación. Alejandro Magno en el año 329 antes de Cristo. Gengis Khan en el mil 220 de nuestra era. Tamerlán en 1370. Stalin en 1925; y el Gorvachov de nuestros tiempos, revoloteaban sin cesar en nuestros inquietos pensamientos que saltaban alocados, desde la mítica “Ruta de la Seda” hasta el moribundo mar de Aral; pasando a camello por las impenetrables arenas del Gobi para, antes de saltar las montañas del Pamir, aterrizar rechinando sobre los pavimentos de la añosa ciudad actual. Un viejo, ya muy viejo, renqueando, pasó luciendo sus impecables botas de piel, suave como la de un guante, con su bastón con el que parecía contar sus historias haciendo hoyitos en la tierra como si fuera en Braile. Sobre una plataforma baja, un grupo de amigos trepados y con los pies cruzados a la usanza mongol, comentaban las noticias del día, de los años, o quizás de los mismos siglos. La historia parecía volver a comenzar. Sin saber por qué, algo en mi persona les llamó la atención y fui invitado por varios mongoles a compartir con ellos una enorme pila de arroz que lucía en el centro de la tarima, y con una cuchara de madera sobre ella. Un cuenco de madera con kumis (leche de yegua fermentada, con un cierto gusto de vino espeso) pasado de boca en boca, era el aperitivo para que yo, nadie más que yo, iniciara la ceremonia de la enorme pila de arroz. ¿Qué podía hacer ante la mirada de aquellos mongoles con apariencia de luchadores de sumo? Empezar. Tomando un poco de arroz con la cuchara de madera, y echándome un puñado en mi propia a boca, provoqué una sonora carcajada en todos los comensales; misma que súbitamente se derivó en abrazos, golpes en mi cabeza, y dolorosos apapachos por parte de mis nuevos compañeros. Más tarde me enseñaron que el arroz se debía tomar con la cuchara; ponerlo en la mano derecha (¡nunca a la mano izquierda¡), y luego llevarla a la boca para pasarla al siguiente comensal. Mentándoles la madre por la broma que me habían jugado, seguimos tupiéndole al kumis (vinillo blanco mongol) y a las cucharadas de arroz, mientras departíamos alegremente entre las mentadas de madre en español (que aprendieron perfectamente, sonsonete y significado) y las sonoras carcajadas que hacían desaparecer sus ojos rasgados tras las monumentales barrigas dignas del mejor concurso. Una gozada completa, en idioma universal en aquellas lejanas tierras. Creo que Gengis Khan, también hubiera gozado de la fiesta; sólo que el bebía el kumis en el tazón hecho con el cráneo de alguno de sus enemigos. Por eso no lo invitamos. Samarkanda, tan lejana como cautivadora. Temas Turismo Rusia Pasaporte Lee También Alcalde de Tulum anuncia acceso libre a playas, pero sin alimentos ni bebidas Puerto Vallarta es reconocida como la mejor ciudad pequeña de Latinoamérica MC busca equilibrio turístico con regulación de hospedaje digital en Jalisco ¿Cuánto cuesta entrar a la zona arqueológica de Tulum en 2025? Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones