Domingo, 19 de Octubre 2025
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Realidad y promesas

Se fue el año de las reformas, ahora Peña Nieto enfrenta los fríos indicadores económicos y de seguridad como su principal bandera para llegar a la elección intermedia. Más administración y menos política, tomando la frase del mismo Presidente

Por: EL INFORMADOR

La fórmula de Peña Nieto para combatir la inseguridad, por la que se decantó en campaña, era simple: menos ruido, más inteligencia.  /

La fórmula de Peña Nieto para combatir la inseguridad, por la que se decantó en campaña, era simple: menos ruido, más inteligencia. /

GUADALAJARA, JALISCO (05/ENE/2014).- El mensaje de Los Pinos fue claro: más política y menos administración. En su discurso inaugural, parecía una frase trillada y con poco sentido, pero envolvía un propósito inaugural. “No vengo sólo a administrar el país, vengo a transformarlo” decía Enrique Peña Nieto el primero de diciembre de 2012. Una frase grandilocuente, muy al estilo de esos días de largas pasarelas, apretones de manos y abrazos infinitos. Sin embargo había un manifiesto de intenciones: 2013 fue el año de las reformas, del Pacto por México; es decir, el año de la política. En cierto sentido, y según lo ha dicho el presidente, la administración pasaba a segundo término. Y no podemos decir que esta apuesta no haya tenido consecuencias. En gran parte, la desaceleración económica de México se debe a “descuidos” administrativos y de gestión pública que encrudecieron un de por sí negativo entorno internacional. Los subejercicios, el cambio de reglas para los proyectos de infraestructura y el lento desembolso de los recursos públicos para los estados, son elementos que contribuyeron a agudizar el mal desempeño de la economía mexicana a partir del segundo trimestre de 2013.

Sí, el “mexican moment” que para muchos parecía más palpable que el milagro español o el ascenso tailandés si usted leía las páginas del semanario inglés The Economist o a editorialistas internacionales, quedó en un momento aspiracional.  Un momento que envuelve una lista de buenas intenciones: un catálogo de reformas que servirían para potenciar el crecimiento económico del país en los años subsecuentes. Para Peña Nieto, 2013 constituyó el año de las reformas y de los cambios constitucionales. Dicho de otro modo, el periodo para delimitar el tablero del juego y los términos en que toma lugar el debate público. La administración podía esperar, con todo lo que eso implica.

Sin grandes expectativas en economía

México terminará creciendo en torno a uno por ciento, cuando se haga el último corte de caja de 2013. Lejos quedaron las tasas de 2010, 2011 y 2012. Hace un año, México hablaba de una tasa de 3.9 por ciento. Y aunque fuera como último rebote de la profunda depresión que vivió la economía mexicana en 2009 (decreció seis puntos del PIB—casi como Islandia que vio a todos sus bancos quebrar—), pero había la sensación de que los años de estabilidad macroeconómica y apuesta por la ortodoxia monetaria, había por fin dado frutos en materia de crecimiento económico. Baja inflación, poca deuda, crecimiento y tasas razonables de generación de empleos, no era tan malo el panorama. Sin embargo, desde el último trimestre de la Presidencia de Felipe Calderón, las nubes de la desaceleración económica ya aparecían en el horizonte. México tocó su límite (muy rápido), ese techo que constituye la línea que separa el crecimiento del país con la estructura económica actual de aquel que se podría lograr con ciertas reformas.

Y aunque esta tendencia ya aparecía como un reto inexorable del nuevo Gobierno, muchos en la administración federal creían que incluso podría ser un buen contexto para empujar reformas profundas. Algo así como: “Para crecer más necesitamos la reforma energética y la fiscal”. Sin embargo, nunca hubo una narrativa creíble de las causas que originaron la desaceleración económica. Como muchos otros gobiernos, Peña Nieto cayó en la tentación siempre presente de culpar al entorno internacional de los problemas económicos internos. “Europa no sale de su crisis y Estados Unidos no se recupera del todo, lo cual impacta en el crecimiento del país”, ése era el discurso oficial. Y aunque siempre existen factores globales que condicionan el desempeño económico, destacados economistas y analistas económicos fueron mostrando como la crisis tenía profundas raíces en la mala gestión financiera del nuevo Gobierno. No se gastó a tiempo y se corrigió tarde. Decía John Maynard Keynes, economista inglés, que en un entorno de recesión “el gobierno debía reactivar la economía si es necesario a través de abrir y cerrar hoyos”. Así, en lugar de combatir un entorno internacional de desaceleración con gasto y medidas de reactivación, Peña Nieto decidió cerrar la cartera y complicar aún más la salida.

2014 no será el año que exploten como detonantes de crecimiento económico las reformas impulsadas desde Los Pinos. Sin embargo, hay un incipiente consenso entre economistas que consideran que aunque tarde y tal vez con menor eficacia, pero la apuesta federal por el gasto a gran escala puede repercutir en un crecimiento moderado de la economía mexicana. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), a través de la “Encuesta sobre las expectativas de los especialistas en economía del sector privado”, el crecimiento del país será de 3.34 por ciento. Sin embargo, y aunque es muy superior al 1.24% que se prevé que alcance 2013, es la tercera vez que se revisa la cifra en un periodo de dos meses. Por lo tanto, el Gobierno de Peña Nieto sigue esperanzado en que la inyección de dinero público en la economía pueda revertir la tendencia de desconfianza y malas perspectivas para la economía en 2014. El Fondo Monetario Internacional (FMI) pronostica que Estados Unidos crezca arriba de dos puntos porcentuales, lo que podría ser un detonante para el sector secundario de la economía mexicana que tuvo decrecimiento durante 2013 (manufacturas).

¿Nueva estrategia?

Nunca resulta fácil determinar si se mantiene la herencia de la administración pasada o si la mano del nuevo Gobierno comienza a dar resultados. Por un lado, desde 2011, ya existía una tendencia hacia la desaceleración de los asesinatos vinculados con el crimen organizado. Es decir, se aminoraba la tendencia al alza que marcó los primeros tres años del calderonismo, y algunas modificaciones (no comunicadas) a la estrategia inicial, habían empezado a dar resultados. Como señala Eduardo Guerrero, la administración de Calderón daba algunas señales de empezarse a preocupar más por la reducción de la violencia que por el combate al narcotráfico por sí mismo.

Esta tendencia se mantuvo durante 2013, aunque ya existe una parte de los especialistas en seguridad que consideran que esta desaceleración tiene a la estabilización de la violencia en torno a los 17 mil homicidios dolosos ocurridos en el primer año de gestión de Peña Nieto (diciembre 2012-diciembre 2013). Y aunque es una reducción nada despreciable (-15%), la cifra sigue siendo muy alta si la comparamos a 2006, poco antes del inicio de la “guerra contra el narcotráfico”. Según Lantia Consultores, de diciembre de 2012 a diciembre de 2013, se registraron más de 10 mil homicidios vinculados con el crimen organizado, lo que significa prácticamente diez veces más que la cifra que se registraba al inicio del periodo de Felipe Calderón. La inseguridad sigue siendo un problema grave y la nueva estrategia sigue estando más en el campo de las promesas que de la realidad. Asimismo, el aumento del número de extorsiones y de secuestros, son dos realidades que no han sido explicadas a cabalidad por Los Pinos. ¿Se dejó de invertir en los equipos de élite para contrarrestar estos delitos de alto impacto? ¿Ante la caída del dinero proveniente del narcotráfico, se están yendo los criminales a estos delitos? No hay discurso y no hay narrativa, tampoco hay respuestas.

La fórmula de Peña Nieto para combatir la inseguridad, por la que se decantó en campaña, era simple: menos ruido, más inteligencia, más prevención y más coordinación. En materia de comunicación es donde Peña Nieto puede depositar sus logros en esta materia. La inseguridad dejó de ser nota de primera plana en los medios de comunicación. La política de silencio sobre este tema llevó a que en la nueva estructura de la administración federal, la tarea de combatir al crimen organizado cayera en manos de un subsecretario. El silencio también es comunicación y la estrategia ha dado sus frutos: al día de hoy, en México, la gente está más preocupada por la economía que por la inseguridad (a la inversa que con Calderón). En materia de coordinación, la mayoría de gobernadores priistas y el cambio de narrativa gubernamental (ya no culpar a los gobernadores ni exhibirlos mediáticamente), ha abonado a un clima de cooperación entre Federación y estados, a pesar de la constante tentación presidencial de quitarles atributos.

En inteligencia y en prevención, poco y nada. Durante 2013, el gasto para cohesión social y restablecimiento del tejido ciudadano no superó los dos mil 500 millones de pesos (0.08% del presupuesto nacional). Es decir, la nueva estrategia en materia de inseguridad, por lo menos en 2013, se reduce a menos ruido y más control de los estados. Los demás objetivos siguen siendo parte de una narrativa que no encuentra sostén en la realidad. Recordar que el ejército sigue ahí, y no se ve para cuándo vuelva a los cuarteles. En 2014, estos dos ejes claves (inteligencia y prevención), deben ser, acorde con el discurso presidencial, los cimientos de la nueva estrategia de seguridad.

Este año plantea retos similares a Peña Nieto que el año pasado. La  mirada de la mayoría de los mexicanos ya no está puesta solamente en los decapitados o en las ejecuciones. La economía y el bolsillo de las personas serán claves para que el Presidente llegue con realidades más que promesas a la elección intermedia de 2015. Este año solamente hay dos elecciones locales que no involucran gobernador (Nayarit y Coahuila). La narrativa de las reformas le dio oxígeno al Presidente en 2013, sin embargo las promesas de que las reformas algún día detonarán en resultados concretos, difícilmente le servirán de escudo para otro año de magros resultados. En 2014, no queda duda, Peña Nieto se juega el resto de su sexenio.

Tapatío

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