Suplementos | Los fieles deben dar un testimonio vivo, ardoroso, alegre y esperanzador de la fe Nuevo ardor Al paso del tiempo los fieles laicos no sólo se están alejando más y más de la vida activa de la Iglesia, también se están distanciando de su relación personal y familiar con el Señor Por: EL INFORMADOR 1 de enero de 2012 - 07:17 hs Comentando con uno de mis sobrinos acerca de cómo habían pasado él y su famillia la Nochebuena, él me hizo una pregunta que me dejó muy impactado y pensativo: “¿Por qué, si la Iglesia predica que la Navidad es una gran fiesta de la alegría, de la vida, del júbilo, en la misa a la que asistí me sentí como en un funeral?”. Como me tomó de sorpresa, y estábamos en medio de una reunión familiar, tan sólo atiné a responderle que “en la viña del Señor había de todo. Que lo mejor sería orar para que eso cambiara y, en lo posible, hacer a los responsables una observación fraterna”. Sin embargo, esta experiencia me llevó a hacer una reflexión que hoy quiero compartirles a todos: sacerdotes, con todo respeto; equipos de liturgia y fieles en general. Una realidad insoslayable y reconocida --aunque no siempre en forma explícita-- por todos aquellos que, de una manera u otra forma, son parte o al menos tienen contacto con la realidad por la que está atravesando nuestra Iglesia Católica, es que se ve con tristeza y no sin inquietud, cómo al paso del tiempo los fieles laicos no sólo se están alejando más y más de la vida activa de la misma, sino que --en gran parte debido a ello-- también se están distanciando de su relación personal y familiar con el Señor, nuestro Dios. Ciertamente, existen múltiples factores exógenos --es decir, que se suscitan fuera del ámbito eclesial--, de los que podemos mencionar someramente. En primer lugar está la enorme influencia de los medios masivos de comunicación, muy particularmente la internet, los cuales, muchos de manera irresponsable más que intencional, y otros, tal vez los menos, con toda intención, con su programación cada vez más tendenciosa, segularizante y paganizante --dado que sus contenidos no sólo carecen de valores morales y en general humanos, sino que abierta o solapadamente los atacan y hasta denigran--, han venido socavando la rudimentaria o tal vez escasa fe y conocimiento de la Verdad revelada, especialmente en la niñez y la juventud. Otro factor que está íntimamente ligado con el anterior, es la grave y extensa crisis que ha venido atravesando la institución básica, la célula de la sociedad como es la familia, debido a factores como la falta de formación, preparación y responsabilidad de los padres de familia para educar a sus hijos en la fe y en los valores y virtudes humanos, muchas veces por su propia ignorancia y falta de deseo de formarse ellos mismos; la falta de espacios para convivir con los hijos y compartirles los mismos valores, y, sobre todo, manifestarles fehacientemente el amor que como padres tienen y que debería ser un reflejo del amor divino. Y así podríamos enumerar muchas situaciones más que conforman la realidad de la familia de hoy. Y finalmente, para efectos de esta reflexión, señalamos la desconocida e inimaginable realidad de la educación cívica y ética en nuestro país, ligada a los fenómenos de corrupción e impunidad que privan en nuestra sociedad. Ello atizado por la influencia de corrientes de pensamientos y estilos de vida que se han venido infiltrando en nuestra cultura cristiana, como son el individualismo, el hedonismo, el relativismo, el subjetivismo y todo lo que la “Nueva Era” conlleva, que ha suscitado en las nuevas generaciones, hombres y mujeres, actitudes extremadamente egoístas, que buscan afanosamente llenar su vacío de trascendencia con todo tipo de adicciones: alcohol, drogas, sexualismo, juego por dinero; un deseo insaciable de poseer, de placer, de poder, de fama y un sinnúmero de actos delictivos que destruyen, tarde o temprano, al individuo; y no sólo eso, sino que lo llevan a la segunda y definitiva muerte: la muerte eterna. Por otro lado, y a propósito de la inquietud de mi sobrino, descubro cuánto nos falta a todos los católicos --singularmente a los que nos reconocemos practicantes, en especial los consagrados al servicio del Señor--, ser testigos fidedignos y manifiestos, y externar patente y efusivamente el inmenso gozo, la inigualable esperanza y la manifestación en nuestra vida de la acción de la gracia divina, tanto en la vida cotidiana como en la participación en la vida litúrgica, especialmente en la máxima expresión del amor salvífico y tierno de nuestro Padre Dios en la Eucaristía. Ya nuestro añorado Papa Juan Pablo II nos exhortaba a ello, al convocar a la Iglesia entera a una Nueva Evangelización, y ahora Benedicto XVI la ha asumido y dará nuevo impulso a partir del Sínodo que ha convocado con el fin de profundizar en su trascendencia y en su puesta en práctica. Es sabido que se trata, obviamente, no de un nuevo Evangelio, sino de la predicación y difusión de su Mensaje, con nuevos métodos, nueva expresión y haciendo énfasis, dada nuestra reflexión, con nuevo ardor. El mundo necesita no tanto un conocimiento teórico, intelectual, sino --como insistimos-- un testimonio vivo, ardoroso, alegre, esperanzador, que comunique fuego, entusiasmo, reflejo de una realidad interior que se exterioriza a efecto de poder comunicarse. O qué, ¿acaso Jesús no se manifestó siempre así? Deseamos a todos nuestros lectores que al iniciar un nuevo año, sea la oportunidad de cambiar nuestra forma de manifestar nuestra fe. Francisco Javier Cruz Luna cruzlfcoj@yahoo.com.mx Temas Religión Fe. Lee También Cardenal llama a honrar a santos y difuntos por el Día de Muertos Evangelio de hoy: ¿Acaso Dios encontrará fe en la tierra? 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