Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Cartuchos de escopetas y guantes de látex encontraron, además de cuerpos

Los caminos de Michoacán

Deben olvidar que estuvieron aquí y cómo llegaron, les dijo un muchacho flaco en el camino que cada vez se fue haciendo más estrecho y en el que encontraron guantes de látex y cartuchos de escopetas

Por: EL INFORMADOR

Un lugar parecido al infierno que debe olvidarse.  /

Un lugar parecido al infierno que debe olvidarse. /

GUADALAJARA, JALISCO (01/DIC/2013).- Dicen que con un poco de mala suerte uno se puede hallar una carretonada de muertos por estos caminos. “¡Mch! ¡Puro cuento!”, se chupa las muelas el joven que atiende el negocio frente al lote. “Eso pasa allá, de Michoacán pa’llá. Aquí hasta los entierran”. Y señala con la barbilla el lote baldío de enfrente, donde hasta ayer un grupo de hombres vestidos como astronautas y un perro pastor alemán habían hallado 66 cadáveres bajo el suelo.

“Aquí” es el municipio La Barca, Jalisco. Justo donde se cruzan en las carreteras que van a Guadalajara y a Sahuayo, Michoacán. Aquí los asesinos de un cártel tuvieron la delicadeza de enterrar a sus víctimas. Por lo menos.

Las enterraron en un gran triángulo isósceles que se forma sobre una superficie de dos o tres kilómetros, que durante el día está a la vista de todos, aunque por la noche no. Por la noche todos se encierran en sus casas, desde donde oyen las balas y las corretizas que a veces acaban en desapariciones. A veces acaban en sembradíos de muertos.

Los que vinieron a dar aquí quedaron casi al ras del piso, atrás de un complejo en ruinas que fue un mercado de abastos; al costado del panteón municipal “Prados del recuerdo”; a espaldas de dos fábricas forrajeras. Ahora entre el mercado, el panteón, las naves industriales, el cruce de carreteras y muertos se pasean comandos de policías federales: con su pinta superioridad, sus lentes polarizados, sus dedos ansiosos sobre el gatillo y sus camionetonas que vibran con los corridos norteños sobre batallas épicas, donde los narcos siempre ganan. Son raros los gustos musicales de estos polis.

Así es La Barca estos días y parece que todos acá están contentos. De no haber sido por los muertos la cosa estaría peor, creen. “Ora por lo menos tenemos mucho gobierno. Antes también había mucho, pero del otro”, afirma el joven dependiente que se chupa las muelas.

El otro gobierno en esta zona es a veces los pistoleros del Cártel Jalisco Nueva Generación, a veces los asesinos de los Caballeros Templarios, que entre ellos se declararon la guerra en la frontera de Jalisco y Michoacán. Nomás los de un bando ha abonado a este lote sin nombre más de 50 cadáveres.

Y, cosa curiosa, en las márgenes del Río Lerma y muy cerca del lago de Chapala, La Barca es parte de la Ciénega de Jalisco, pero este triángulo de la muerte que hiede a perro muerto se parece mucho a la desértica Ciudad Juárez. Con cualquier viento la tierra caliza dibuja nubes y se pega en los dientes. Uno se figura que lo único que crece aquí son los huizaches y las series de muertos.

Pero no sólo aquí. La Barca, Jalisco, es un sembradío de muertos.

***

Deben olvidar que estuvieron aquí y cómo llegaron. Palabras más palabras menos, es lo que está diciéndonos el muchacho flaco, sobre este camino angosto y desolado que, en el bordo del Río Lerma, se parece al infierno.

Llegamos preguntando ¿Sabe usted dónde están los muertos? Entonces un viejo desconfiado señaló la Prisciliano Sánchez. Y al final de esa calle, en las orillas de la ciudad, un arriero apuntó a una brecha solitaria, que se acaba en otra, todavía más sola, en los márgenes del Lerma. La brecha se fue angostando y llenando de carrizales, hasta que las llantas del coche caminaron a tientas y el zacatal se metió por las ventanas.

Antes, en un claro, vimos cartuchos de escopeta —son tintos— y hartos guantes. Guantes de látex y de hule. Transparentes, azules, verdes. Guantes colgados de las ramas de los árboles y esparcidos por el piso como fruta madura. Bolsas y bolsas bolsas con restos de comida. Supusimos que enterrar gente debe provocar un hambre tremenda.

Llegamos preguntando dónde están los muertos. Nos referíamos a los oficiales; a los que están en el terreno entre el mercado, el panteón y las naves industriales, donde los policías, los forenses y los perros hurgan bajo la tierra.

Pero sabe qué entendieron el viejo desconfiado y el arriero cuando nos mandaron por este camino que terminará en Vista Hermosa, Michoacán, está diciendo ahora el muchacho flaco.

Y está diciendo que deberíamos largarnos de aquí y olvidarnos de que vinimos, porque ahorita está tranquilo pero al rato no. Aquí es donde los cárteles y los policías torturan y matan. Aquí es donde la vida no vale nada, está diciendo, palabras más palabras menos.

***

Es de día. La Barca se mueve a un ritmo apurado. Parece que todos tienen urgencia de calle antes de que caiga la noche.

A la una de la tarde, en la Prisciliano Sánchez unos niños juegan con pistolas doradas y más adelante, en el mercado municipal, un trío de mujeres brinda con cerveza, mientras a unas cuadras una pareja se acurruca sin la cobija de la oscuridad.

Fuera de eso en La Barca hay poco qué hacer.

Los jóvenes no encuentran trabajo y cuando lo encuentran les pagan muy mal, se queja un comerciante del mercado y para poner el ejemplo mira a su hijo, ahí presente. De los grandes algunos se dedican a la agricultura, pero con tan mala suerte que cuando tienen buenas cosechas, como la de este año, se cae el precio del maíz.

Cuando se mete el sol los jóvenes y los viejos se recogen temprano o se atienen a las consecuencias. “El chiste es no pasarse de listo”, acaba de advertir el despachador de gasolina, quien nunca precisó dónde está el límite.

Pasarse de listo podría ser encontrarse en el lugar equivocado, salir de juerga, hablar de más, perderse por una brecha sembrada con guantes y cadáveres, andar con un poco de mala suerte y hallarse una carretonada de muertos al costado de la carretera. “Eso nomás pasa en Michoacán”, confirma un hombre sentado en la plaza principal.

Menos mal. Michoacán está a kilómetro y medio de ahí y Guadalajara, por cierto, a poco más de una hora de distancia.

Tapatío

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