Suplementos | Por: Gonzalo Jáuregui La vida exagerada de Bryce El autor de ''Un mundo para Julius'', quien recibirá el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2012, revela su ''cuaderno azul de navegación'' en la narración Por: EL INFORMADOR 8 de septiembre de 2012 - 20:46 hs Manía. El escritor Alfredo Bryce suele escribir en las tardes, después del almuerzo. / G UADALAJARA, JALISCO (09/SEP/2012).- Cuando era niño, Alfredo Bryce Echenique se hizo amigo de arreglar la vida cuando no le convencía. Su padre era un hombre estricto con su familia, tímido ante los demás y respetuoso de las leyes de tráfico, que al conducir por las calles grises de Lima, Perú, detenía su automóvil antes de que el semáforo se pusiera en rojo. Una persona como él estaba lejos de ser el héroe de un niño. El pequeño Alfredo se daba cuenta de esto y frente a sus amigos del colegio se dedicaba a contar la historia de su padre como debería haber sido. Sedientos de ficción, sus amigos escuchaban que el hombre del carro potente era el campeón de automovilismo, su padre. Ese sí era su héroe. Y los niños reían fascinados con esa mentira, sabiendo que no era cierto pero reían, reían porque la verdad era aburrida y la mentira no. Ya con más años encima, Alfredo Bryce Echenique escapó de casa en un barco de carga rumbo a Francia por la oposición que había en su familia cuando el peruano decidió ser escritor. El primer año fue bohemio y loco. Se llenó de amigos interesados en la literatura y otros que le eran esquivos. Se cuestionó si ese mundo preñado de seres interesantes y vitales le serviría para cumplir su propósito. Se fue del país. Pasó por Grecia. Escribió un libro de cuentos que después le robaron. Cuando vivía en Montpellier, Francia, y trabajaba en la universidad de ese lugar, sus amigos zalameros le decían que su escritura era idéntica a su forma de hablar: “Tú escribes igual que hablas”, pero un día el escritor se fracturó el brazo en un accidente automovilístico y se dijo con confianza: “No hay problema, en vez de escribir compro una grabadora y grabo en casette lo que quiero decir”. Se grabó con entusiasmo, quizás recordando las embriagantes historias de su infancia. Cuando se escuchó se dio cuenta de que su voz urdía una historia mala y aburrida, contada por lo que parecía un cura gordo y jesuita. Lejos de los reflectores Al decir esto, Bryce Echenique hace una inflexión en la voz que muere enseguida, una risa que no termina de ser. Al otro lado del teléfono su voz se escucha cansada, como las bisagras de una puerta vieja. Es tan débil que, aunque habla con lentitud, algunas palabras no se le escuchan bien. Al hablar por celular, el autor de "No me esperen en abril", "La vida exagerada de Martín Romaña" y "Un mundo para Julius" se encuentra en un lugar llamado Santa Inés, a las afueras de Lima, que en esta época “está fea y triste y su clima es malo”, adonde fue a pasar unos días de sol lejos de la polémica que ha despertado que el jurado de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) le otorgara el Premio FIL Lenguas Romances 2012 tras ser un autor acusado de plagio, el pecado literario del que nadie logra eximirse ni pidiendo perdón de rodillas. Está delicado de salud. “Me vine al sol pero no lo he disfrutado tanto porque después de haber llegado me caí. Me rompí la cabeza. Tengo una conmoción cerebral. Estoy lleno de puntos. Cuando me dicen que me olvide de algo yo me olvido porque no me acuerdo de nada”, dice y después agradece más parco que nunca y cuelga. Padece la vejez a la que le cantó Alberto Cortez: “La más dura de las dictaduras, la grave ceremonia de clausura de lo que fue la juventud alguna vez”. —Con el Premio FIL Lenguas Romances 2012 usted se echa al bolsillo 150 mil dólares, pero más allá de eso se ganará un número significativo de lectores, ¿qué hará con eso? —Seguir uno igual a lo que es. Seguir escribiendo. El lector es el que decide más que el autor, si sigue leyendo a este autor o no, o si prefiere otro. Es absolutamente impredecible. Hay tantos lectores como países y escritores hay. Quiero decir que, por ejemplo, en un país una novela mía ha sido muy famosa mientras que en otro país no lo ha sido. Es muy relativo esto y nada puede definir ese alcance al que puede llegar o no un autor. —Algunos de sus detractores, ahora que se ha conocido el fallo del jurado del Premio FIL Lenguas Romances 2012, lo minimizan frente a otros galardonados como Julio Ramón Ribeyro, Antonio Lobo Antunes, Monsiváis… ¿qué les dice a ellos? —Bueno, Julio Ramón Ribeyro fue el mejor amigo que tuve en mi vida. Estuve yo en Guadalajara en el año 94 cuando él estaba impedido porque se hallaba al borde de la muerte y yo recogí el premio por él. A Monsiváis lo conocí, lo he leído mucho y Lobo Antunes también, son grandes escritores, muy distintos unos de otros, pero esta es la prueba de que la diversidad no quita el interés por los autores. —¿Y no tiene ningún comentario para los que minimizan la decisión del jurado? —Yo no soy miembro del jurado y no sé qué piense el jurado. Sólo puedo dar las gracias. No me siento mejor que nadie. Tampoco me siento peor que nadie. Yo hago lo que puedo simplemente y tengo público lector. Tengo muchas traducciones en muchos países… —¿Tiene usted trucos, manías a la hora de escribir? ¿Cuáles son? —No, no tengo trucos, ninguno. No tengo más que una manía, simplemente la de escribir en las tardes, después del almuerzo, digamos a las tres de la tarde. Me siento yo muy disciplinadamente siempre cuando estoy escribiendo un libro y trabajo. —¿Cómo ve usted el momento de la literatura latinoamericana actualmente? —Bueno, yo creo que la literatura latinoamericana, desde sus grandes fundadores como Lugones o Borges o Asturias o Carpentier, ha sido una literatura variada, distinta, que da razón —como en el caso de genios mexicanos como Juan Rulfo— de las inmensas posibilidades del ser humano en su diferenciación y de su alma, sobre todo de su alma. —Con personajes como Manongo Sterne, Julius y Martín Romaña, ¿qué quiere decirles Bryce Echenique a los nuevos lectores que se descubrirán en sus novelas? —Yo creo que uno no trata de decir algo realmente, sino de contar bien una historia, entretener, motivar, emocionar. No pretendo yo dar lección de nada, sino entretener. Estos personajes han tenido muy distintos destinos en sus lugares en que han sido leídos y traducidos, por ejemplo hay una novela mía que se llama Tantas veces Pedro que es de los años setenta y que no ha sido de mis libros más leídos en ninguna parte, salvo en Japón, donde se traduce desde hace como 30 años. Es rarísimo que en Japón se lea tanto la historia de un peruano loco. —¿Para usted el éxito es estímulo esencial de su vocación literaria? —En absoluto. No puede serlo porque nadie escribe para buscar el éxito. Nadie. Yo recuerdo cuando en París a todos los escritores famosos del boom que estaban de moda les llegaban muchos jóvenes latinoamericanos y decían: ‘Yo quiero escribir como Carpentier. Yo quiero escribir como Vargas Llosa. Yo quiero escribir como Carlos Fuentes’, y uno los esperaba con la pregunta: ‘¿Y qué de ti va a haber en la novela? Quieres escribir como otros. Jamás lo vas a lograr. No eres un escritor.’ —Su prosa habla de lo que fue usted, de su vida. —Sí, pero lo hace de una forma muy personal porque es la oralidad la que triunfa, la misma oralidad con que yo contaba mentiras cuando era niño. Lo que hay en mi obra es una gran emotividad, (si) la obra no me funciona mientras escribo, yo creo que no vale la pena. Y además hay que tener una enorme improvisación, porque yo, de un día para otro, cierro la computadora y me voy al cinema o a descansar o a leer o a oír música y al día siguiente vuelvo y no sé por dónde anda mi historia siquiera. Tengo que retomarla y ya después ver si hay asuntos que cambian demasiado, y pues corregirlos. Una parte muy importante de la obra literaria es inventar tu voz, inventar tu manera de escribir, como si fuera la única que hay entre todas las posibles. —¿Cuál es el personaje que más trabajo le ha costado urdir? —Probablemente el de Manongo Sterne, de "No me esperen en abril", porque es una novela muy ambiciosa que te quiere hablar de los dos opuestos totales: la bondad de este hombre que no olvida jamás a sus amigos ni a su gran amor y, por otro lado, es un verdadero loco de las finanzas y del dinero y del poder. Hay dos seres: el tierno, el débil, el superlíder para los amigos; y el otro: el tiburón que devora a sus víctimas en la loca carrera por el dinero. —¿Qué piensa usted cuando le preguntan una y otra vez si plagió? —Ya en nada, porque para mí esa es una cosa que ha quedado reconfirmada primero por las leyes… Bryce Echenique cambia el tono de su voz, se vuelve cortante y firme, habla de los jueces y de que lo acusaron sin darle la oportunidad de defenderse, que lo mismo intentaron con Vargas Llosa, que nunca robó nada… dice eso y acusa a su acusador: “Y ya por último: se descubrió que este señor que tanto me acusaba, era él un gran plagiario”. ENTRE LETRAS Breve bibliografía - 1970. Un mundo para Julius - 1977. Tantas Veces Pedro - 1981. La vida exagerada de Martín Romaña - 1988. La última mudanza de Felipe Carrillo - 1995. No me esperen en abril - 1997. Reo de nocturnidad - 2002. El huerto de mi amada - 2012. 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