Suplementos | Crónica La historia breve de la vendedora forajida Por vender ''aroca'' con ''arn-ní'', los medios de comunicación la nombran ambulante, las señoras tapatías le dicen María y los inspectores municipales la persiguen Por: EL INFORMADOR 19 de agosto de 2012 - 04:19 hs RETRATO DE FAMILIA. De las ganancias y corretizas en sus días de trabajo, Ángela saca para mantener a sus hijos. / GUADALAJARA, JALISCO (19/AGO/2012).- Desde el satélite, Santiago Mexquititlán es un punto rodeado de parcelas secas, en el Sur de Querétaro. Es probable que Dios nunca lo haya visto, aunque dicen que el pueblo tiene un templo muy colorido. Sus habitantes, gente otomí, ganaban 10 pesos diarios hace apenas 16 años. Por eso Ángela Guillermo Domínguez se vino para Guadalajara, junto con sus padres, sus hermanos, su esposo y sus hijos. Tenía 16 años, un hijo de dos años y estaba embarazada. Traía una panza de miedo, curiosidad y esperanza. “Yo sí me hubiera arriesgado a estudiar”, sonríe con una dentadura perfecta. Pero Guadalajara dio la última palabra. Ángela Guillermo acabó como forajida de los inspectores de Mercados que custodian esta noble y leal ciudad. Es vendedora de papas “en el Catedral y en el Obregón”, en la zona Centro. El Catedral y el Obregón suenan dulces en la voz de Ángela, que habla un castellano mocho y un otomí borroso, ambos herencia de su padre, Juan Guillermo. Él platica que cuando llegó a Guadalajara, después de vivir varios días en la calle y haberle medido el agua a los camotes de la sociedad tapatía, reunió a sus hijos y les ordenó: “Ya no hablen como hablamos… Nos criminan mucho”. Mucho, mucho. La persona más discriminada de México es pobre, indígena, mujer y discapacitada”, dijo hace años Gilberto Rincón Gallardo, el fundador del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación. Por suerte, Ángela no tiene una discapacidad. Por suerte ella y sus hermanos conservaron dos o tres palabras de su infancia, en la casita que hoy habitan con sus esposas y sus hijos —30 en total—, en la colonia Nueva Santa María de Tlaquepaque. Acá, alrededor de un fogón de leña donde todos se junta a comer frijoles y nopales, a la tortilla se le nombra "ar-mé"; la "ar-deje" es el agua, "aroca" significa papa, y al chile se le dice "arn-ní". Justo la venta de "aroca" con "arn-ní" en las calles de Guadalajara le dan a Ángela la calidad de fugitiva de los reglamentos municipales. Por vender papas con chile, los medios de comunicación la nombran ambulante, las señoras tapatías le dicen María y los inspectores municipales la persiguen: “A veces me han quitado toda mi mercancía”. De papas fritas, que le da unos 150 o 200 pesos diarios, Ángela mantiene a sus cinco hijos: Flavio César, de 18 años, que ya trabaja; Sandra de 15, que trabaja a ratos; Leonardo, de nueve; Achuri, de cinco y Esmeralda, de dos, que siempre acompaña a su madre durante los 90 minutos del camión, las 10 horas de vendimia y los minutos de tensión infinita cuando ocurren las corretizas por el Centro de la ciudad, siempre delante de un servidor público. Así lo ha hecho siempre. 12 horas diarias entre los camiones, el centro y los inspectores son el universo de Esmeralda desde que tenía dos o tres meses. Antes de eso, Ángela trabajó de obrera, “en la restaurán” y en “el casas”. “Me daba vergüenza vender”. Se le tuvo que quitar. Recién parida de Esmeralda se quedó viuda. Ocurrió cuando unos muchachos pobres como la familia otomí, pero además embrutecidos por el aguarrás, intentaron asaltar a Magdiel de los Santos, esposo de Ángela. Magdiel volvía a su casa, entonces en la colonia Jalisco, en Tonalá, después de vender dulces y semillas. Se negó a ser asaltado. Lo mataron. No mereció ni una línea entre los asesinatos célebres que los diarios locales hacen noticias. “Saliendo del pueblo uno ya no es nada. Es como un animalito. Pero está muy pior allá, en Mexquititlán. Al otro rato uno tiene que comer, al otro rato uno no tiene nada”, interviene Juan Guillermo, el padre de Ángela, que tiene el cometido del sabio de la familia, aunque él confiesa que escribir no sabe y leer menos: “Cuando era niño la profesora iba a buscarnos y mi mamá le decía: ‘Señora, no venga a quitarle el tiempo a mis hijos, porque están trabajando’. Ahora yo soy el que batalla en esta mundo”, se queja. Y batalla su hija, Ángela. “Leo poco. No muy licenciada, pero más o menos”. Y batallan también los hijos de Ángela. Hay que decir que ella, de 32 años y piel de barro bruñido, no cambiaría esta ciudad por lo único otro que conoce, una comunidad borrosa del Sur de Querétaro. Aquí, le gusta ir al parque. Le gusta jugar con los niños. Le gusta tener una casa habitada siempre por 17 chiquillos, y ahora ya le gusta vender aroca con arn-ní. Lo que no le gusta es que sus vecinos le digan “indita mugrosa”, que los diarios le digan ambulante, que las señoras le digan María y que los inspectores de Mercados sigan sus pasos como perros rabiosos. Se llama Ángela, se apellida Guillermo, y es una creyente católica devota. —¿Qué pasa con la gente cuando se muere? —Si nos portamos mal, abajo. Si nos portamos bien, arriba —responde segura. Sólo que desde arriba, Ángela es un punto incluso más pequeño que Santiago Mexquititlán, que desde el satélite ya es nada. Un puntito en escape constante por el terrible delito de vender papas con chile en el Centro de Guadalajara. RostrosPoblación indígena Más de la mitad de los indígenas de Jalisco, unos 37 mil 500, viven en seis municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Sólo una cuarta parte de la población indígena que vive en Jalisco radica en zonas rurales. La mayoría vive en zonas urbanas (dentro y de la zona metropolitana), generalmente en condiciones marginación. A la metrópoli han llegado miembros de 61 etnias del país, incluyendo a los wixaritari (huicholes, que habitan el Norte de Jalisco). Sólo mil tapatíos hablan otomí. Fuentes: Consejo Estatal de la Población, Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (conteo de 2005). Temas Tapatío Indígenas Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Lotería Nacional lanza billete conmemorativo del Festival Huey Atlixcáyotl Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones