Suplementos | 'Amarás al Señor tu Dios con todo todo tu corazón' La gran dimensión cristiana es el amor Preguntaron a Jesús: Maestro, ¿qué debo hacer para lograr la vida eterna? Por: EL INFORMADOR 10 de julio de 2010 - 11:13 hs En este décimoquinto domingo ordinario del año, el evangelista San Lucas presenta una parábola que es no sólo una bella creación literaria, sino una gran enseñanza, un mensaje con una visión del verdadero sentido del amor a los prójimos, a todos, en amplia filantropía cristiana. Precede a la parábola un diálogo entre un doctor de la ley --un jurista, un hombre versado en la interpretación de los libros sagrados, un legalista, se le podría llamar--, en interlocución con Cristo. El doctor de la ley le preguntó a Jesús, para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué debo hacer para lograr la vida eterna?”. Pregunta que puede estar en boca de muchos, porque para todos el mayor problema, el fundamental, el trascendente, es la propia salvación. La respuesta del Maestro, ya que estaba ante quien sabía la ley y los profetas, fue a su vez una pregunta: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”. Tal vez confundido, sorprendido, el jurista contestó con un párrafo contenido en el libro del Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios con todo todo tu corazón,con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser...”. Así se respondió a sí mismo. Así, aunque tal vez no lo practicara, en teoría estaba respondiéndose cómo el camino de la salvación es el camino del amor. El amor de Dios se manifiesta, se revela en todo: todas las obras de Dios son amor. Por amor sacó de la nada, todo, lo visible y lo invisible; por amor creó al hombre a su imagen y semejanza, dotado de inteligencia, de voluntad, de libertad. Prueba máxima de amor es que el Padre entregó a su propio Hijo como víctima propiciatoria para la salvación del género humano. Y el amor de Dios pide respuesta. Dios tiene derechos sobre todos los seres, y a los hombres, cristuras inteligentes, les pide amor, porque en el amor se resume todo. Cuando Cristo resucitado se apareció una mañana a siete apóstoles tristes por una noche de inútiles fatigas, porque nada habían pescado, examinó a Pedro sobre el amor; tres veces le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”. Señal clara donde expresaba que la respuesta al amor debe ser amor. Y si Dios ha amado con amor infinito, si el Hijo de Dios por amor se anonadó y se entregó, la respuesta ha de ser como dice San Bernardo: “La medida del amor a Dios es amarle sin medida”. Y San Agustín explica: “En cuanto al Sumo Bien, nadie puede poner en duda que hay que amarle de tal manera que sólo se le ame a él”. Pero es error convertir el amor en un fenómeno puramente cerebral o puramente sentimental. Ante todo, el amor es fidelidad. “Si alguno me ama, guardará mi palabra” (Juan 14, 23). “No todo el que dice: ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mateo 7, 21). “Y a tu prójimo como a ti mismo” Esta segunda parte del mandamiento es una prolongación, porque el hombre es un soplo de vida emanado del Dios mismo, y como escribió Santo Tomás de Aquino: “Cuando se ama a un árbol, se aman sus frutos”. Y el evangelista San Juan escribió: “Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve” (1a. Juan 4,20). El verdadero cristiano debe distinguirse en su amor al prójimo: “En esto conocerán que son mis discípulos” (Juan 13, 15), no en la elocuencia, no con el don de hacer milagros. Un escritor romano del siglo primero, llamado Tertuliano, admirado de la vida de los primeros cristianos escribió: “Miren cómo se aman”. Quien vive el amor fraterno vive las demás virtudes, porque el amor, también recibe el nombre de caridad y ésta es la reina de todas las virtudes. El verdadero amor lo acrisola San Pablo en su primera Carta a los Corintios, y lo distingue del fasto -- del latín fastus, que significa orgullo, esplendor-- si éste no tiene las siguientes características: “Es sufrido, es benigno, no es envidioso, no es insolente, no se hincha, no es descortés, no es atrevido, no se irrita, no piensa mal; se complace en la verdad, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad; todo lo disimula, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Cristo dio las más grandes pruebas de amor, y el cristiano ha de aceptar con gozo el mandamiento postrero de Cristo en la última cena: “Ámense unos a otros, como yo los he amado”. Ya no es el amor con unadirección vertical, hacia arriba, sino horizontal, hacia el prójimo. Así que quien ama su prójimo tiene cumplida la ley (2a. Corintios 11, 29). San Pablo lo dice y lo vive: “¿Quién enferma, que no me enferme yo?” (Romanos 12, 8). “Y, ¿quién es mi prójimo?” El doctor de quien hablamos al principio, envuelto en sus propias redes, buscó salida con esta pregunta, que es para el hombre del siglo XXI con globalización, con multitudes que gritan, ciegos y necios, en los estadios deportivos; este siglo de anonimatos e indiferencias, todo lejano de la propia nariz: “¿´Quién es mi prójimo, ahora y aquí?”. La respuesta pronta habría de ser: “Es tu prójimo quien quiera, pero a quien también tú puedes tenderle la mano”. Hoy hombres y mujeres cercanos, personas de nuestra misma sangre, coinciden en todo con nosotros, son de nuestra comunidad, en pocas palabras, son de los nuestros y les podemos brindar afecto y alguna ayuda. Mas esto no es todavía cristianismo. “También los paganos aman a los que los aman”. El verdadero amor cristiano es el de amar y servir a los extraños y hasta a los enemigos. Hace años falleció en un asilo un anciano. El sacerdote preguntó quién era al hombre de junto, a las religiosas del asilo, y ellas no lo supieron. Les preguntó luego que cuánto tiempo llevaba allí acogido y le respondieron que muchos años. “¿Y no supieron el nombre?, ¿No tenía familiares? ¿Cómo llegó aquí?”. Una religiosa contestó: “Nos lo dejaron una mañana temprano, tirado en la puerta. No hablaba”. Nueve años aseándolo, vistiéndolo, alimentándolo y curándolo, y no pudo ni con una sonrisa manifestar su agradecimiento. El sacerdote, admirado, les dijo: “¡Esto hay que publicarlo!”. Y ellas le respondieron: “¡No, porque si se publica deja de ser caridad!”. Ahora aquí se publica, así de manera informal para no descubrir el secreto. La caridad es el peldaño más alto en el servicio al prójimo. El primero es la filantropía, el amor al hombre por ser hombre; el segundo es el amor al hombre para cumplir una ley divina, y esto es laudable, es moralismo religioso. Y el más alto grado es amar al prójimo por amor a Dios, porque Cristo dijo: “Cuanto hicieres a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicísteis” (Mateo 25, 10). El buen samaritano,figura simbólica de Cristo La parábola para responder a la pregunta ¿quién es mi prójimo? tiene varios personajes: Un sujeto despojado de sus bienes por los ladrones y abandonado, muy herido, a la vera del camino; un levita y un sacerdote que pasan indiferentes de largo, sin mirar siquiera, sin compadecerse, considerando sin valor al herido. Y el personaje principal, un extranjero, un samaritano despreciado por los judíos, baja de su cabalgadura, con aceite y vino unge las heridas del sujeto al que ha encontrado, y lo venda con jirones de su propia ropa. Luego lo sube a su caballo y lo lleva hasta el mesón del pueblo cercano, cuida de él toda la noche y a la mañana siguiente entrega dos dinares al mesonero, para que lo siga cuidando. El Señor le pregunta luego al doctor de la ley ¿cuál de los tres se portó como verdadero prójimo, y el judío le respondió: “El que tuvo compasión del herido”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo” El bautizado, el religioso, el sacerdote, el obispo en respuesta al privilegio de su dignidad de cristiano y por su especial vocación, con la conciencia de ser continuadores en su tiempo y circunstancias de la obra de Cristo, deben derramar el aceite para suavizar las heridas de sus prójimos y con el simbólico vino iniciar la curación. El hombre es insolvente, es incapaz por sí mismo de pagar las deudas contraídas con la justicia divina, pero las obras de caridad mueven a Dios a ser misericordioso con los que han practicado la misericordia. Para practicar la virtud de la caridad hay incontables maneras. El primer paso es salir del egoísmo y ser sensibles a las necesidades de los demás. También estar siempre dispuestos a luchar contra toda injusticia, contra la opresión, contra el abuso de los poderosos, aplicando la ley evangélica de la caridad dondequiera que se encuentren prójimos caídos en el camino de la vida, a quienes asistir, en quienes prolongar la acción amorosa de Cristo. La perfección cristiana está allí, en amar y servir a Dios en la persona del prójimo. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También Cardenal llama a honrar a santos y difuntos por el Día de Muertos Evangelio de hoy: ¿Acaso Dios encontrará fe en la tierra? Iglesia católica: Este es el lugar en donde el número de católicos más ha aumentado Aumenta número de católicos en el mundo, pero bajan las vocaciones Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones