Suplementos | El escándalo por el 'affair'e del presidente francés François Hollande Intimidad y política El escándalo por el 'affaire' del presidente francés François Hollande ha reabierto un debate nunca concluido: ¿En dónde se traza la línea que separa a lo público y lo privado? Por: EL INFORMADOR 19 de enero de 2014 - 02:01 hs François Hollande ganó las elecciones presidenciales con un poco más del cincuenta porciento. ESPECIAL / GUADALAJARA, JALISCO (19/ENE/2014).- Por ahí dicen que Francia es el único lugar donde un Presidente de la República puede mantener un cáncer en secreto. François Mitterrand se presentó a la reelección sabiendo que tenía un cáncer en la próstata desde 1981; durante su gestión se supo que tenía un hijo fuera del matrimonio y hasta que tenía una segunda pareja estable con la que compartía algo más que un amorío ocasional. Y aunque en muchos países hubiera sido un escándalo de proporciones inimaginables, en Francia no tuvo tanto peso la noticia. Y es que Francia siempre ha sido vista como el paraíso de la privacidad y la intimidad, donde el lente público termina donde la moral, las costumbres y la vida íntima comienzan. Enfermedades, amoríos, amistades y relaciones siempre han sido puestas debajo de la alfombra como información secundaria para el debate público. Algo así sería inimaginable en Estados Unidos, donde el Presidente está obligado a hacer público sus exámenes médicos, extensas declaraciones patrimoniales y la vida privada es una variable más de la lucha política. Los políticos en Estados Unidos hacen campaña acompañados de su familia, para mostrar sus atributos como padres y esposos. Las virtudes privadas como espejo de las virtudes públicas. Esa era (todavía lo es un poco) la gran diferencia entre el Eliseo y la Casa Blanca, dos formas opuestas de entender la política y su relación con la vida privada. Sin embargo, el escándalo revelado por la revista sensacionalista Closer, donde un paparazzi siguió a la actriz y productora de cine Julie Gayet sólo para darse cuenta del amorío entre ésta y el presidente francés François Hollande, ha desencadenado un tsunami sobre la endeble presidencia del mandatario socialista. Con niveles de aprobación que rozan los veintes, Hollande se ha visto envuelto en una telenovela con todos los condimentos para el drama: una amante joven y talentosa, un presidente en problemas que solía ser muy serio y alejado de los escándalos, y una esposa en el hospital por la conmoción de la noticia. Incluso, un fotógrafo que se mueve en las sombras de París y revela lo que la “prensa alineada” no quiere hacer. “Nos ha hecho mucho daño la publicación, hemos sufrido” es lo que ha dicho el presidente francés. Tras la rueda de prensa semestral en el Eliseo anunció que antes de febrero daría explicaciones, pero que “los franceses tienen principios muy sólidos sobre la vida privada y la libertad de prensa”. ¿Se puede verdaderamente hacer una división tan tajante entre vida pública y privada, como solían hacer los franceses, en un entorno de redes sociales, información menos centralizada y medios de comunicación globales? Los escándalos de Dominique Strauss Kahn (posible competidor de Hollande por la candidatura presidencial en el Partido Socialista), las revelaciones antes de la campaña del Presidente Enrique Peña Nieto y todos los escándalos que vemos año a año en Estados Unidos, demuestran que entramos a una era de “transparencia total” donde los políticos asumen al competir por un cargo público que renuncian a una buena parte de su vida privada. Los peligros de la excesiva privacidad No podemos decir que al día de hoy exista un límite universal entre la vida pública y la vida privada. La línea se traza en consonancia con múltiples variables: la libertad de prensa, la transparencia, la cultura política, las funciones del político en cuestión y hasta la solidez del sistema político. Lo que sí podemos decir es que hay una tendencia hacia ensanchar el territorio de lo público hasta los confines de la alcoba, como la narra Miguel Mora en su artículo de El País hace algunos días. Ya sea por prensa sensacionalista que busca la nota en la vida íntima de los políticos o porque los propios políticos ven en la exposición de su vida privada una oportunidad para lucrar electoralmente con su familia o con su intimidad, lo cierto es que la línea que separa ambas esferas cada vez es más difusa. Ante esto, hay que decir que existen buenas razones, tanto para suponer que estirar la cuerda demasiado hacia alguno de los dos campos (el privado y el público), tiene consecuencias que pueden ser muy negativas. Empecemos con las posibles consecuencias de ampliar demasiado la esfera de lo privado. En primer lugar, la ampliación del margen de privacidad de los políticos puede ser directamente proporcional con el incremento de la discrecionalidad. Un político que no rinde cuentas sobre sus relaciones con empresarios, la iglesia, poderes fácticos o periodistas, abona a la formación de redes de corrupción y complicidad. Una simulación permanente donde el político se respalda en su privacidad para celebrar los acuerdos más impresentables sin posibilidad de que exista el mínimo escrutinio público. ¿De verdad, no es del ámbito público la reunión entre un político y un empresario; o un político y un director de algún periódico? En segundo lugar, ni los recursos propios de los gobernantes, ni el origen de su fortuna pueden caer en la esfera de lo privado. Por ejemplo, durante el periodo de transición entre la elección presidencial y su asunción como primer mandatario, Enrique Peña Nieto recibió donaciones que no han sido aclaradas hasta el día de hoy. En su declaración patrimonial se hace referencia a ellas de forma somera e insuficiente como para darnos una idea de por qué un presidente electo puede recibir esa clase de donaciones. En definitiva, en ese tipo de acciones pueden existir una serie de conflictos de intereses que limitan el margen de maniobra presidencial. Es de elemental transparencia, que los ciudadanos conozcan, incluso desde el proceso electoral, los compromisos de un político. Asimismo, existe en la Ciencia Política un incipiente consenso sobre la necesidad de conocer también la salud del Presidente de la República. Es importante saber cuáles son las limitaciones presidenciales para ejercer su cargo y si cierta enfermedad puede ser un obstáculo en su Gobierno. Siempre limitando el alcance de la transparencia a enfermedades que verdaderamente afecten su desempeño en el cargo y no un circo donde cualquier gripa sea objeto de debate público. ¿Los michoacanos hubieran votado con la misma consistencia por Fausto Vallejo sabiendo que sus condiciones físicas le podían llevar a no estar de tiempo completo en la gubernatura por atender lo que es prioritario, su salud? Es decir, la información pública empieza y termina donde entran en conflicto intereses y posibles limitaciones para que un político ejerza su cargo a plenitud. Convertir la política en un espectáculo Tal vez uno de los problemas más acuciantes que enfrentan las democracias es cómo despojar a la política de esa tendencia hacia el show de los últimos años. Este asunto es fundamental en la línea que divide a lo público de lo privado. La dinámica de los medios de comunicación y el vértigo de las redes sociales provocan que ciertos escándalos como amoríos, hijos fuera del matrimonio o vicios de los políticos desplacen los temas realmente importantes hacia la indiferencia. Así, uno de los argumentos más sólidos para no hacer de la vida íntima de los políticos, incluso de algunas actividades de su vida privada, un asunto de interés público, es precisamente evitar que la agenda sea secuestrada por debates que no tienen nada que ver con las funciones de un político. La agenda pública debe reflejar las prioridades público y no ser eco solamente de la vida privada de los políticos. En el mismo sentido, otra consecuencia de llevar la “alcoba” a la palestra pública, y tal vez la socialmente más dañina, es la moralización extrema de la política. La construcción del “político bueno” como el espejo de los valores conservadores: la vida familiar armónica, el buen padre, el abstemio y aquel que va a misa los domingos. Es decir, se contraponen los criterios para juzgar a un funcionario público o a un político: importan poco sus resultados, ahora lo verdaderamente relevante es su forma de vida y sus “virtudes privadas”. Y es que la historia nos ha demostrado que no necesariamente los “niños bien portados” son los mejores políticos. Recordemos que un dictador sin vicios, abstemio en todos los sentidos, disciplinado y madrugador era Adolf Hitler. Por el contrario, Winston Churchill era bebedor, desvelado y bohemio. Lo peligroso de esta mezcla entre política y “vida privada correcta”, es precisamente la tendencia hacia el extremismo y a la inversión de los valores al renunciar a los criterios públicos para darle peso a los parámetros de evaluación de los políticos que no necesariamente embonan con los objetivos del Gobierno. De esta manera existe un trastrocamiento de lo que serían los incentivos correctos para que un gobernante dé resultados. El incentivo, en un mundo donde la vida privada tiene un peso tan grande en la esfera pública, es a que los políticos exploten ese lado de su personalidad. En lugar de publicar artículos en revistas especializadas, optan por revistas de sociales en familia y con largas sonrisas. En lugar de “vender” en la palestra pública su habilidad para lograr acuerdos, promover cambios y empujar reformas, el incentivo es a sacarle jugo a sus virtudes no políticas. Así, lo político se vuelve simplemente un efecto secundario de la tiranía de lo privado. No hay duda de que un hombre público debe de hacer sacrificios en su vida privada. Nadie se puede llamar al engaño en ello. Sin embargo, el fenómeno de hacer de la vida privada un tópico constante de interés político banaliza el debate, anteponiendo la imagen como criterio de evaluación de los políticos antes que sus ideas o sus habilidades propias del cargo. Se juega con los prejuicios y los estereotipos que tienen los ciudadanos. Es cierto, los límites entre la vida pública y la vida privada son difusos y no es fácil trazar la línea, pero más vale hacerlo antes de que la agenda pública siga secuestrada por las recamaras y no por las decisiones políticas. SABER MÁS Los porcentajes François Hollande ganó las elecciones presidenciales con un poco más del 51% de los votos de los franceses que acudieron a las urnas entonces. Luego, su desempeño fue evaluado con un 20% de aceptación de los encuestados y hoy, luego del escándalo, no ha variado mucho ese porcentaje en cuanto a su desempeño, pero lo franceses creen ahora que su presidente es una mala persona ya que ha decrecido cuatro puntos cuando se evalúa su simpatía y hasta 14 cuando se trata de su sinceridad, según un sondeo del diario Atlantico. Temas Tapatío Lee También El Clásico Tapatío cambia de horario Conquistando la cima más alta de Jalisco Resistencia cultural en el tianguis de la Leña La danza contemporánea abre paso al legado en el arranque del FID 2025 Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones