Martes, 21 de Octubre 2025
Suplementos | Hidalgo o la construcción de un héroe

Historia: Hacia un aniversario más de la Independencia

El panorama parecía empezar a complicarse para Hidalgo, ya que desde 1797 se había iniciado una revisión de las cuentas del Colegio de San Nicolás del tiempo en que él fue tesorero

Por: EL INFORMADOR

(Tercera de cuatro partes)

Por: Cristóbal Durán

Renovación e Inquisición

Cuando Hidalgo fue separado del cargo de rector del Colegio de San Nicolás, enviado luego a Colima y después a San Felipe, su atención estaba centrada no en una revolución política ni armada; la mayoría de sus actividades estaban encaminadas al desarrollo cultural, sobre la renovación de la teología, la filosofía y las artes. La llamada “Francia chiquita”, que era la casa del curato donde él vivía en San Felipe, se volvió una casa de la cultura donde se leyó y comentó a Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Clavijero, entre otros; tradujo obras de Moliere (El Avaro y El Tartufo) y algunas tragedias de Racine como Ifigenia y Athalía, las cuales dirigió y montó con sus alumnos. Ya hemos mencionado que fue en este lugar donde conoció a Josefa Quintana Castañón con quien tuvo dos hijos, de los cinco en total que sabemos engendró con diversas mujeres.

Las ideas de renovación y su preocupación porque los métodos modernos sustituyeran a los tradicionales sistemas de enseñanza (educación), teología y filosofía, fue una herencia que el mismo Hidalgo recibió de los miembros de la Compañía de Jesús y de otros filósofos y pensadores europeos que desarrollaron una revolución científica e intelectual durante el siglo XVIII. En la Nueva España, entre los pensadores que dieron valiosos aportes al desarrollo de las ciencias humanas se cuenta a Francisco Javier Clavijero, Javier Alegre, José Abad, Antonio Alzate, Díaz de Gamarra, Guridi y Alcocer, y entre éstos es incluido Hidalgo y Costilla, quien hacia finales del siglo XVIII suponemos ya había leído a varios de los filósofos y teólogos que le antecedieron, la mayoría de ellos jesuitas.

Una vez que fueron expulsados los jesuitas de territorio novohispano, en 1767, Hidalgo y otros se consideraron los continuadores de ese plan renovador. También leyó las fábulas de La Fontaine y el Corán de Mahoma, situación que llegó hasta la mesa de discusión de la Inquisición. En 1800, fray Joaquín Huesca, de la orden de la Merced de Valladolid y lector de filosofía, se presentó ante la Inquisición para denunciar a Hidalgo; argumentó que éste había hablado en contra de la Iglesia, de la fe y del dogma. Según el denunciante, estas declaraciones las hizo en reuniones que sostuvo con distintos colegas suyos, entre ellos fray Manuel Estrada y Martín García. Según Huesca, el cura Hidalgo habló con desprecio de algunos Papas y expresó que “el gobierno de la Iglesia (estaba) manejado por hombres ignorantes de los cuales uno había canonizado a Gregorio Séptimo, que acaso estaría en los infiernos porque había sido muy nocivo a la Iglesia por su ignorancia...”. En la denuncia se decía también que a Hidalgo no se le había visto rezar el oficio divino ni un día durante su estancia en Taximaroa, además de sostener que “santa Teresa era una ilusa porque se azotaba, ayunaba mucho y no dormía, veía visiones y a esto le llamaban  revelaciones...”. Sostuvo también que “la fornicación no era pecado, como comúnmente se creía, sino que era una evacuación natural”.

Ante esta denuncia se inició un largo proceso contra el entonces cura de San Felipe, en el que se requirió la comparecencia de varios testigos. La figura de Hidalgo quedaría ya marcada como un sedicioso contra el pensamiento tradicionalista religioso, el cual se resistía a ser sepultado por la pretendida modernidad. Además de lo consignado en las acusaciones de la Inquisición, públicamente se comentaba sobre su “vida escandalosa y de la comitiva de gente villana que come y bebe, baila y putea perpetuamente en su casa...”.

La acusación fue tomando tintes más agresivos contra el cura, de modo que ignoramos si en realidad sucedió lo que decían los denunciantes; se llegó a asegurar que las reuniones en la “Francia chiquita” eran bacanales disfrazadas donde bailaban “vicarios con el santo óleo colgado al cuello...”. Testimonios en pro y en contra se hicieron presentes en el juicio inquisitorial; algunos de los que fueron llamados a testificar llegaron a decir que los eclesiásticos compañeros de Hidalgo escondían la “hostia consagrada para que la buscase el padre consagrante como si se la hubieran robado y con esto hacía reír a la gente...”, mientras que otros defendieron que no habían “oído al cura Hidalgo contra las máximas religiosas ni tampoco sabía(n) que en su casa se putease...”.

El panorama parecía empezar a complicarse para Hidalgo, ya que desde 1797 se había iniciado una revisión de las cuentas del Colegio de San Nicolás del tiempo en que él fue tesorero; el cura salió con un déficit de alrededor de ocho mil pesos, por lo que el cabildo eclesiástico lo obligó a pagar sin demora, formándose así un nuevo problema para el religioso, además de lo que se decía de su vida relajada y del proceso inquisitorial que ya cargaba.

Castigador castigado

Un nuevo proceso fue iniciado a Hidalgo en 1801, al mismo tiempo que el futuro polémico obispo de Valladolid, Manuel Abad y Queipo, también fue denunciado por los mismos delitos: “contra la religión”. Abad y Queipo e Hidalgo fueron cercanos colaboradores en el Colegio, conversaron sobre textos prohibidos y estuvieron influidos por las ideas liberales de la revolución francesa. Su estrecha relación se rompió en septiembre de 1810. Los miembros de la orden carmelita, la mayoría españoles, fueron quienes denunciaron las ideas de Abad y Queipo ante el santo oficio. El proceso se dio por terminado en poco tiempo (1801), aunque a Hidalgo se le volvió a acusar y este nuevo proceso continuó hasta 1809. ¿Pero qué relación tiene con Hidalgo lo sucedido a Abad y Queipo? Fue éste el obispo que excomulgó a Hidalgo en el tiempo del levantamiento armado. Polémica excomunión porque Abad y Queipo fue “hijo ilegítimo del conde de Toreno”, lo cual le impedía tener algunos de los cargos eclesiásticos que ostentó, e incluso no fue reconocido por el Vaticano como obispo electo porque su “elección había sido amañada”, por lo que no tenía facultad para excomulgar (fue el hombre de confianza del obispo Antonio de San Miguel, de Valladolid, ambos llegaron juntos a la diócesis provenientes de España, en 1784).

Quien fuera castigador de Hidalgo, era castigado en estos años por delitos similares por los que excomulgó al cura. Incluso, años después, Abad y Queipo fue nuevamente acusado por el santo oficio y terminó sus días recluido en el monasterio toledano de Sisla, España. Sobre la excomunión de Hidalgo comentaremos algo más en la próxima y última entrega.

En septiembre de 1803 falleció su hermano José Joaquín Hidalgo, cura de Dolores; vacante el curato, Hidalgo se dispuso rápidamente a gestionar el cambio para ocuparlo él mismo. Agustín Rivera, en su libro Anales de la vida del padre de la patria, Miguel Hidalgo y Costilla (1910), dice que permutó con su hermano, quien “pasó a ser cura propio de San Felipe”. Su salida de San Felipe marcó el inicio de una nueva etapa no menos complicada en la vida del ahora cura de Dolores.

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