Suplementos | Realidad contemporánea En los límites del empleo Todos los días buscan trabajo en la economía formal a través de los avisos clasificados y acaso algunas semanas logran mantener uno, sin prestaciones o seguridad social. Este es un vistazo al mundo del subempleo Por: EL INFORMADOR 8 de julio de 2012 - 03:34 hs Avisos de ocasión. ARCHIVO / GUADALAJARA, JALISCO (08/JUL/2012).- Los empleos son el recuerdo de una promesa que para muchos nunca llegó, ya en el ocaso del sexenio del presidente del trabajo. Salir a las calles a buscar un empleo es una tarea maratónica, aunque dicen que la suerte se levanta a las seis de la mañana. A esas horas las calles del Centro Histórico están invadidas vendedores de periódicos y de desempleados que compran los diarios como quien compra una estampa de San Judas Tadeo, el santo del empleo. Sólo que lo que se ofrece en el aviso de ocasión de distintos medios dista de la realidad. Las historias que aquí se cuentan tuvieron que ser rastreadas desde la clandestinidad. El proceso de selección de empleados depende del patrón: si le urge te exprime desde el primer día, hasta llegue la promesa de un salario. Si es que corres con suerte, te pagan. En todos los casos la seguridad social es un lujo, un diamante que sólo conservan los que tienen más de 15 años trabajando en empresas solidas y reales, quienes cotizan en el Infonavit para poder comprar una casa del tamaño de sus sueños… infantiles. Algunos empleadores dicen que las prestaciones de ley no las dan porque el salario, que en algunas ocasiones no llega, sólo da para cubrir el Seguro social y el aguinaldo. De los impuestos no se habla. Como si no existieran, como si el fisco fuera un amigo imaginario al que sólo se le habla cuando se está en apuros. La llamada El anuncio del periódico del lunes 18 de junio dice: Auxiliares medio tiempo $1600 semanal 166210** Lic. Minerva. Respuesta inmediata. (Acepto estudiantes). Lo primero que pienso es que es una oferta fabulosa: seis mil 400 pesos al mes por 80 horas al mes. Un empleo a razón de 80 pesos la hora. Y recuerdo a Miguel Ángel, uno de los solicitantes, cuando me dijo: “Desconfía de todos los anuncios que paguen un chingo, los empleos de a de veras pagan menos de mil pesos a la semana”. Tomé el teléfono aún con la incertidumbre de decirles que hablaba de un periódico y que me interesa saber del empleo. En las últimas dos llamadas que hice, diciendo que soy reportero, no tuve buena suerte. —Buenas tardes, hablo por el empleo, le dije. —Hola, muy buenas tardes. Aquí estamos ofertando varios empleos, ninguno de ellos es para ventas. ¿De parte de quién hablas? —De ninguna, hablo porque quiero saber sobre el empleo no estoy recomendado. —Sí, pero en el anuncio viene el nombre de un promotor. Me puedes decir su nombre. —Sí, dice Licenciada Minerva. Pero yo no la conozco. —Ella será tu promotora. El empleo que tenemos para ti está a punto de ser ocupado, pero si te interesa podemos hacer una entrevista de trabajo hoy mismo. ¿A qué hora puedes venir? —¿Y de qué se trata el empleo? ¿El salario que dice ahí es real? —Esa información no te la puedo dar yo, sólo tu promotor. Hoy tenemos citas de trabajo hasta las cinco de la tarde. ¿Te confirmo la cita? —Mira, hablo de un periódico, soy reportero. Me interesa saber qué tipo de empleos están ofertando y bajo qué condiciones. Colgaron, otra vez. La cita Auxiliar oficinistas 16-60. $1,800°° semanales ¡Sin experiencia! medio tiempo 151041** Lizbeth. Lo decidí, si quería avanzar en el trabajo tenía que omitir que era reportero. No mentiría diciendo que soy desempleado, sólo preguntaría mostrándome interesado. Fue sencillo, detrás de la bocina de este último anuncio de ocasión me dijeron: “Ven mañana, con solicitud elaborada. 09:30 de la mañana, por favor sé puntual”. Llegué a la calle Pavo, al pie de un edificio sacado de alguna película triste, tan lenta que corría a 16 cuadros por segundo: con las ventanas sucias, las bardas cuarteadas, los techos llenos de moho, con tan poca luz que parecía que el Edificio Pavo no había sido bautizado por la Comisión Federal de Electricidad. Situado en la esquina con la calle López Cotilla, la mina de oro que salía en el periódico en realidad era una cueva. El empleo que ofrecían en el diario era contestar teléfonos, almacenista y archivista. Por lo que prometían en el aviso de ocasión me pagarían 180 pesos la hora, si aceptaba el empleo. Pensé que si fuera cierto podría dejar el periódico y dedicarme a la vida de oficina. Descansar dos días a la semana y trabajar con horario establecido de cuatro horas. ¿Por qué no?, me dije. Al llegar al edificio un policía de seguridad privada me advirtió: “Si no traes solicitud elaborada no entras”. Y poco a poco la desilusión fue incrementando. Me registré en un libro que lleva el recuento de los olvidados del sexenio. En la lista se veían los nombres de personas cuyas edades iban de los 16 años a los 34. Firmé mi entrada con el miedo de estar firmando un cheque en blanco. —Oiga, ¿y dónde son las entrevistas? —En el piso dos. Pero no hay elevador, tienes que subir por las escaleras. Las citas eran en el piso dos, pero había que subir tres pisos. Aquello era el escenario de un chiste mal contado, sólo daba risa cuando lo pensabas. A cada escalón subido se escuchaba gente gritando, armando fiesta, aplaudiendo. El edificio se cimbraba. Ya en el tercer piso me recibió un joven de cabello largo, negro, agarrado con una dona que le detenía la melena sebosa. En la cara la grasa también saltaba en forma de espinillas que eran oprimidas por unos lentes bifocales de pasta. Nunca supe su nombre, sólo sé que cuando llegué reaccionó instantáneamente. Envuelto en un traje a cuadros claro con rayas café, con un nudo mal hecho en su corbata roja, me saludó como si lo conociera de años. “Quiubo, que bueno que llegas”. Y pensé: qué bueno que sigo de empleado. —¿Traes tu solicitud? —No, no traigo nada. Sólo quiero pedir informes, quiero ver si puedo entrar a la entrevista de trabajo para saber lo qué ofrecen. —Eso no se hace. Pero te vamos a dar la oportunidad de que concurses. Detrás de una puerta cerrada se escucha el ruido de un cuarto, donde salen aplausos, vivas, motivación pura. —¡vamos, qué dicen…. ¿Están con nosotros? Hay que tener mística. Recuerden que nuestra filo… —Están tomando un curso, me dijo el joven cuando vio mi cara de incredulidad. —Aquí también somos una empresa capacitadora. Pero ahorita te aviso tu turno. La sala de espera es un cuarto de aquel viejo edificio. El departamento tiene cuatro cuartos que han sido adecuados como oficinas. Arriba de las mesas, que no alcanzan a ser escritorios, no hay computadoras ni personas que los ocupen. Una mujer me pide que levante los pies porque está barriendo y se ve a un hombre de lentes oscuros entrar a toda prisa. —Pásate, él es quien te va a hacer la entrevista. Ahorita te dicen si te quedas o no con el trabajo. ¿Trajiste el dinero? La entrevista Sergio Luna te examina desde la entrada y te aprieta la mano cuando te saluda, con la fuerza necesaria para que se den cuenta de que, en este cuarto de menos de nueve metros cuadrados, él es el que manda. Te observa, baja la mirada. Ve que no traigo papeles y lo primero que dice es: —¿Y tu solicitud? —No la traigo, lo que pasa es que sólo vengo a preguntar por el empleo. No quiero comprometerme hasta no ver qué ofrecen porque hoy tengo más entrevistas de trabajo. —Mira, qué bueno que viniste aquí primero. Nosotros somos una comercializadora y estamos ahorita ofertando varias plazas y en ninguna de ellas es para ventas. Mira, nosotros comercializamos con productos de belleza de una marca muy reconocida, y nosotros para lo que te necesitamos es para que nos ayudes a atender las oficinas, que como ves, están constantemente con personas que quieren entrar. Sergio se frota las manos y usa en su vocabulario el “nosotros” con frecuencia, sabiendo que en ese cuarto no hay nadie más que él y yo. En la mano derecha lleva un anillo que dice que es graduado de derecho de una universidad privada y en la otra lleva una argolla de compromiso. En la boca se le ven los puentes de acero inoxidable que un dentista le ha de haber puesto hace algunos años porque la dentadura se le ve amarillenta. —Tú te ves como una persona joven, con preparación, decidido. ¿Esta es la primera vez que tienes empleo? —No, mis padres siempre han sido comerciantes y muchas veces les ayudé. —Perfecto. A nosotros nos gusta que las personas se preparen y lleguen a tener éxito. Por eso el empleo que estamos ofertando es de ocho mil pesos en un principio. Cuando recibas tu capacitación y después de tres meses de prueba vas a poder ganar hasta 10 o 12 mil pesos. Como dice en el anuncio, son trabajos muy simples de captura, archivo y contestar teléfonos. ¿Tú qué estudiaste? —Comunicación pública. —Perfecto. Así ya no tenemos que enseñarte a usar la computadora. Me imagino que manejas el paquete de Office, sobre todo el Word y el etcel (sic). —Sí, los sé usar. Pero aún tengo que ir a mis otras entrevistas de trabajo. —Mira, sólo por hoy estamos dando los contratos. Hoy tenemos el proceso de selección a las 11 de la mañana. Te puedo dar un pase para que vengas y veas si te interesa. Pero sólo te puedo dar el pase si me dices que, por lo menos, vas a hacer todo lo posible por venir. Porque hoy tenemos el cupo limitado y… pues tú vas a competir por el puesto con las personas que vengan. —Y qué compromiso es ese… Sergio se molesta. De su escritorio, que es una mesita de madera podrida, enciende su computadora portátil: una Compact que arranca con Windows 98 y cuya virtud, dice una calcomanía pegada en la pantalla, es que corre a 256 MB en la memoria RAM. —Mira, el compromiso es que si quedas contratado te vamos a pagar lo que te mereces. —¿Pero no hay seguro social ni prestaciones? —No, porque con el salario que te estaremos pagando semanalmente, como todos los miércoles, vas a poder pagarte un seguro de gastos médicos mayores. Le di mi nombre. Mi edad. Mi número de teléfono. Pensé que me estaba rindiendo sin siquiera haber luchado. Y le pregunté: —¿Y esas voces que se escuchan, qué son? —Es que, además de ser una empresa comercializadora también nos dedicamos a capacitar personal. Una vez que vengas a la prueba de selección de personal te vas a dar cuenta de lo que hacemos aquí. Salté de mi silla, le pregunté su nombre y me dijo que era el gerente del piso y luego que era el asistente general. Que no era el de recursos humanos porque él se dedica “a hablar con los muchachos para que no pierdan esta oportunidad”. Salí de su oficina, que nunca olvidé que era un cuarto remodelado, y ya había en la sala de espera dos muchachas. Bajé a toda prisa por las escaleras y una vez que vi la puerta de salida le pregunté al policía si era normal que al edificio llegara tanta gente, pensando en que sólo por hoy tendrían ofertas de trabajo y esos jugosos contratos. “Uy sí, aquí vienen como 60 u 80 personas diarias. Casi nadie se queda; sabrá Dios que harán pero yo creo que se quedan uno o dos a la semana. Pero a la segunda semana ya no vuelven, como que se dan cuenta de que no les van a pagar. Tú, ¿te vas a quedar?” El empleo del sexenio ¡Ahora sí me saliste más cabrón que bonito! Con esta frase Pedro Armendáriz se hizo famoso en la película La Ley de Herodes, una sátira política del México del siglo pasado. En la cinta se burlaban de las propuestas de los candidatos que, una vez encumbrados en el poder, se beneficiaban de las lagunas legales. Lo que es verdad es que el desempleo en el país disminuyó al registrar una tasa de 4.83% de la población económicamente activa (PEA) durante mayo, cifra inferior a la registrada el mismo mes de 2011, cuando se situó en 5.20%, informó el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). No obstante, en mayo anterior los mexicanos inmersos en la informalidad sumaron 13.8 millones, cifra mayor a la registrada el mismo mes de 2011, cuando las personas que se encontraban en esa condición sumaron 13.5 millones. La población está ocupada vendiendo y consiguiendo empleos donde el Estado se ha visto rebasado. Por eso Javier Jiménez Juárez se burla de Felipe Calderón, quien hace seis años se autoproclamo como el presidente del empleo. En 2009, Javier trabajó de manera eventual para el ayuntamiento de Guadalajara en un programa denominado OrguYo Tapatío. “Pero nomás fue un rollo electoral”, cuenta, “la neta nos vieron la cara de estúpidos. Nos dieron trabajo tres meses, durante campañas, para que votáramos por el PAN. Y luego entro Aristóteles y nos dieron gas”. Este joven de 23 años de edad, residente de la zona Sur de Guadalajara y con grado de Paramédico por la Cruz Roja Mexicana es uno más de los indignados del sexenio “cuando vas a las entrevistas de trabajo de los anuncios de ocasión, los que son de neta, te pagan 800 pesos a la semana y los que dicen más de mil 300 pesos tienes que desconfiar porque te dan puro atole con el dedo”. Y así Javier cuenta que, en los últimos dos meses, ha querido encontrar trabajo y lo único que ha podido hacer es desperdiciar sus estudios para terminar “aguantando a doñas que hablan al *264 porque no saben usar sus teléfonos”. Claro, todo eso lo dice mentando madres y enojado. Y uno recuerda la frase de Pedro Armendáriz: ¡Ahora si me saliste más cabrón que bonito! Por cierto, Enrique Peña Nieto prometió un millón 200 mil empleos anuales durante su sexenio, los mismos que prometió Andrés Manuel López Obrador y Josefina Vázquez Mota. Lo que nadie dijo es si esos empleos serían formales o informales. La oración Elvira está sentada esperando que llueva. Lleva en las manos un periódico y en los dedos una pluma. Elvira musita cosas que sólo ella entiende, y cuando uno se le acerca para preguntarle si está buscando empleo sólo levanta la voz para que nos demos cuenta de que no musita sino que está rezando, de que no quiere que llueva sino un milagro, que no lleva solamente un periódico en las manos con ofertas encerradas en un círculo, sino que entre sus manos lleva una cartita de San Judas Tadeo y que en los dedos, además de la pluma, está contando las bolitas de un rosario color rosa. Y entonces, en una jardinera de Plaza Guadalajara, uno se sienta para escucharla: “San Judas Tadeo, intercesor en todo problema difícil, consígueme mi empleo en que me realice como humano y que me provea lo suficiente, para que no le falte nada material a mi familia en ningún aspecto de la vida. Que lo conserve a pesar de las circunstancias y personas adversas, si es la voluntad del Señor Todopoderoso. Que en él progrese mejorando siempre mi calidad y gozando de salud y fuerzas. Y que día a día trate de ser útil a cuantos me rodean, asimismo bendice de la misma manera a la empresa a la cual pueda laborar. Asocio tu intercesión a La Sagrada familia, de la cual eres pariente y prometo difundir tu devoción como expresión de mi gratitud a tus favores”. Aún no termino de escucharla, y corro en busca de San Google para que nos diga que la fe por un buen empleo no es un asunto ocasional. Los otros… A Miguel Ángel lo encontré buscando trabajo. Él buscaba un salario mayor a los mil pesos a la semana y yo intentaba construir esta historia, sólo que él nunca lo supo. Nos encontramos en un edificio ubicado en Prisciliano Sánchez, a dos cuadras del Parque Aránzazu. Él no es de los que lleva una solicitud elaborada sino de los que, en su mochila, carga por lo menos tres copias de su currículo “es para dar más formalidad, y eso sí cuenta, me cae”. Cuando lo conocí ambos nos miramos con incredulidad de que, en el edificio donde estábamos, en verdad se ofertaban empleos reales. “A mí se me hace que aquí es como de esos lugares donde te piden dinero para que comiences que dizque una buena inversión o te ponen a vender perfumes; yo ya fui a uno de esos y nomás te hacen perder el tiempo”. Yo también ya había visitado otro lugar así, le dije. “Pero vamos viendo, capaz de que aquí nos va mejor”. —Está raro. Ya que vez a montón de trajeados está de pensarse. Yo ya estoy trabajando pero mi contrato se termina el 31 de julio y no creo que me lo vayan a renovar. —¿Y a qué se dedica? —Soy policía, de esos de la seguridad privada. Pero está re pesado, son de 24 por 24 horas y nomás te pagan 950 a la semana. —¿Se escapó de la chamba para poder venir? —No, acabo de salir a las ocho de la mañana. Ahorita nomás voy y me duermo un rato a mi casa y ya me voy otra vez al trabajo. Pero mira, estos cuartos son donde te meten y te pegan tus terapias, para que de a poquito en poquito les empieces a llevar dinero. Se me hace que mejor ya me voy. Y en ese momento un joven, con traje azul marino dos tallas mayores al que su cuerpo necesitaba, nos llamó por nuestro nombre. Aquí las entrevistas de trabajo son conferencias, una persona (en nuestro caso un joven llamado Arturo Ramírez) entrevista a tres personas a la vez. El proceso es igual que en el edificio Pavo. Te preguntan quién es tu promotor (o la persona que dice el anuncio clasificado) a qué puesto aspiras y si están dispuesto a seguir con el proceso de selección, que será en una cita posterior únicamente para los interesados donde tendrás que pagar “una cuota de recuperación” por el examen. Miguel Ángel se dio cuenta del engaño y ni siquiera le entregó su currículo. Yo llevé una solicitud de trabajo, a la que no le puse mis datos de contacto, para que me dejaran entrar. A otra persona, un señor de alrededor de 40 años, le dio su pase para que el día siguiente se presente y haga un examen. Cuando salimos del edificio, Miguel Ángel me tomó del brazo y me dijo “nombre, no les regales a estos lo que tú tienes, que tu juventud la aprovechen en otro lado. ¿Por qué no les llevas solicitud ahí a los de seguridad privada donde estoy yo? Mira apuntale, es Hidalgo 8**. Ahí por Chapultepec”. Después Miguel se sinceró conmigo. Nos sentamos a platicar en una banca del parque Aránzazu y ahí me contó que tiene dos hijos, de tres y cinco años de edad. Que vive en Tonalá y que no puede estar jugando “a que me contraten y me estafen”. Que su esposa está enojada con él porque se salió de chofer “pero es que me ponían unas chingas y nunca me quisieron subir el sueldo”. Que no hay avisos de ocasión que sean serios y que si no resuelve pronto su situación laboral “me voy a poner a vender fruta, comida, lo que sea en la calle”. Que sabe cantar en los camiones y que jamás permitirá que sus “chiquillos no tengan qué comer”. MÁS PROMESASUn virtual ganador El virtual ganador de la Presidencia de México, el priista enrique Peña Nieto, prometió un millón 200 mil empleos anuales durante su sexenio. Temas Tapatío Desempleo Lee También SEP: ¿La Constancia de Situación Profesional facilita encontrar empleo? 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