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Lunes, 21 de Enero 2019

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Suplementos | La extraña sensación cuando a fuerza de repetición algo que era lo máximo deja de serlo

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Esa extraña sensación cuando a fuerza de repetición algo que era lo máximo deja de serlo

Por: EL INFORMADOR

Tragedia. Hay discos, o gustos, que se 'rayan' para siempre. NTX / ARCHIVO

Tragedia. Hay discos, o gustos, que se 'rayan' para siempre. NTX / ARCHIVO

GUADALAJARA, JALISCO (05/OCT/2014).- “Ya no puedo escuchar completito un disco de Pink Floyd. Si lo pone alguien más, bueno. Pero yo ya no los pongo, me cansan; ya pasé por esas cosas”. Eso se lo escuché decir a uno que se sentía melómano como por 1985 y no lo he olvidado. A mí, que entonces tenía nueve años, me daba los mismo Pink Floyd (entonces y ahora, la verdad) pero me pareció una pedantería asombrosa ver a ese tipo descartarlos así nomás, sentado en un equipal en Chapala, con una cerveza en la mano y ante un jardín con alberca, y sin haber hecho en la vida nada importante que lo autorizara a adoptar una postura tan olímpica como la suya (el pobre ha de haber tenido 20 años, pero hablaba, recuerdo muy bien, con un acento tan fresa y pagado de sí mismo que les daba una mezcla de risa y vergüenza a sus propios amigos).

Sin embargo, hay que concederle cierta razón al fulano: hay cosas que primero nos interesan y nos hechizan después pero, a la larga, terminan agotándonos. Uno juega tanto con sus muñecos en la infancia que llega el punto en que los favoritos son, también, los más detestables y uno los cambiaría por cualquier otro (a ese fenómeno psicológico se debe el hecho inexplicable de que, en el mismo tiempo que sucedió esto que relato, trocara yo mis Baker Scout de Star Wars, que eran hermosos, por unos rarísimos cazarrecompensas con cara de mosca que a nadie más en el mundo le interesaron). Uno escucha tantas veces las mismas canciones que, sí, por más grande que haya sido la banda favorita y por más que sus notas sean el tan citado “soundtrack de la vida”, acabamos empalagados, escaldados, saciados (algunas de esas cosas o todas a la vez, lo mismo da).

Otro ejemplo de ese esquema de ilusión-lucha-hartazgo es el que da la relación de una señora que era vecina nuestra con el idioma inglés. La mujer estaba casada con un tipo muy serio y muy trabajador pero, muy razonablemente, no estaba nada conforme con el papel de ama de casa que jugaba. Según le platicó a mi madre un día, cuando se toparon en la tienda (y sin que nadie se lo preguntara, porque mi madre le huía a todas las vecinas con tal de que no le contaran sus vidas), su marido había accedido a contratar una persona para hacer el aseo y a llevar y traer a los niños de la escuela él mismo para que ella pudiera estudiar inglés y se certificara como profesora. “Siempre me ha gustado mucho el inglés. Me sé todas las de los Beatles. Mis hijos se llaman Mark y Betty. Y no pasa de este año que me certifique”, declaró ella muy convencida.

Nos quedamos con la idea de que era, el de los vecinos, un matrimonio modelo hasta el día en que la mujer salió a la calle desnuda, llorosa, con una botella de brandi en la mano y pegando de gritos: “Me voy a superar, juro que me voy a superar”, decía. El marido, demudado y apresurándose tras ella, trataba de echarle una manta encima. Otra vecina nos informó, ya por la mañana, que la mujer había reprobado el primer examen. Poco importó: ella volvió al estudio, se compró libros y diccionarios, se afanó en leer y repasar.

Fue inútil. Nada impidió que reprobara el segundo examen y volviera a salir a la calle, en las mismas fachas, diciendo: “Que le enseñen inglés a su madre, jijos de la…”. A la mañana siguiente, sus discos de los Beatles aparecieron en el bote de la basura. Se los llevó un pepenador que probablemente no supiera una palabra de inglés.

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