Suplementos | Al encuentro de los artistas de crucero El circo de la calle Las funciones callejeras son diarias y gratuitas en Guadalajara; sólo hay que abrir bien los ojos para no perder detalle del espectáculo Por: EL INFORMADOR 19 de noviembre de 2011 - 02:34 hs Todos los días malabaristas, payasos, mimos y tragafuegos convierten las calles de esta ciudad en un circo abierto a todo público / GUADALAJARA, JALISCO (19/NOV/2011).- Primer acto. Uno sale a la calle y va de prisa, se topa con el tráfico vehicular, cae en varios baches de la urbe, le salen malas caras y da puñetazos mentales contra quien se le atraviese en el pensamiento. Segundo acto. Aparecen los cirqueros callejeros que andan en zancos inmensos rosando los semáforos de luz colorada o rodando sus monociclos jirafas, ataviados con una nariz roja, sonriendo a diestra y siniestra, tocando el saxofón, rasgando pequeñas guitarras y violines, aventando al cielo antorchas de lumbre y haciendo malabares. Tercer acto. Uno se ríe, olvida unos instantes la pesadez de la vida, la risa le mete melodía al cuerpo y al espíritu, se libera de la razón por encima de los pensamientos. Las funciones callejeras son diarias y gratuitas en Guadalajara. Son aptas para todo público. Sólo que para asistir se recomienda olvidar las maldiciones de la vida, detenerse, contemplar, sonreír, aplaudir y si es posible sacar unas monedas del bolsillo y depositarlas en el sombrero –o la mano– de los habilidosos. Los escenarios están ubicados en las vías o las plazas públicas, por ejemplo, en el camellón de Chapultepec, en la Glorieta Chapalita, Glorieta de los Caballos, en la Minerva, en Plaza Universidad, en Plaza Liberación; en Plaza Tapatía y hasta en el tren ligero. Los virtuosos utilizan iluminación natural, la de los semáforos; los faros de los coches y del alumbrado público. Los artistas son jóvenes en su mayoría. Han estudiado artes, danza, circo, música, actuación, comunicación y hasta biología, y la vida los ha llevado a viajar a diversas partes del mundo. Se confiesan amantes de la vagancia. No son del género de quienes piden limosna, su mera vocación es hacer reír, tener un público y hacer de ésta una ciudad más habitable. A continuación las historias de estos artistas de crucero. Todo por un payaso egoísta Mario Barragán es un joven artista del monociclo jirafa y tiene una historia muy particular: desde muy joven comenzó a montar la rueda por vengarse de a un payaso egoísta. “Comencé a hacer malabares desde que tenía 15 años por un desquite. Recuerdo que estaba en el centro de Guadalajara y un payaso no me quiso prestar su monociclo, y por venganza me compré uno, al tenerlo me emocioné mucho, mucho, mucho y me pase semanas practicando. Ahora en la calle hago monociclo jirafa que mide un metro 85 centímetros, hago malabares y clown. También estoy practicando la cuerda floja, pero ese acto aún me miedo llevarlo a la vías públicas”, cuenta mientras dibuja en su rostro muecas chistosas. “Una vez un amigo me dijo que existía una compañía llamada Cabaret Capricho, fui y vi a unas personas paradas de mano, vi muchos monociclos y gente bailando. No tenía dinero para pagar los talleres, pero empecé a conocer los trucos y me invitaron a formar parte de ello, fue así que hice mis primeros espectáculos urbanos”, explica el joven con apenas 18 años de edad. “Me gusta el malabarismo porque puedes tener empatía con el público de una forma muy fácil. Es como hacer amigos. Aunque a veces la gente te da miedo porque no se controla, hay gente loca que grita: aaaahhh!!! o señoras que no paran de reírse”. Adicto al malabarismo Fernando Manica Bustamante es estudiante de Biología y frecuenta el camellón Chapultepec en su cruce con López Cotilla, aunque también se le puede ver por la Glorieta Chapalita con una pequeña guitarra y unas varas para los actos circenses. Recuerda que los lápices, las frutas, las pelotas y todo juguete que le llegaban a sus manos los convertía en herramienta para el malabarismo. “Haces malabares, te gusta tanto que te quedas jugando todo el tiempo y de repente llevas un año malabareando y llega un momento en que ya no lo puedes dejarlo”, confiesa como si fuera una adicción criminal el tener esta habilidad. “Empecé con el malabar y luego me metí a Cabaret Capricho y de repente ya estaba bailando contemporáneo. Comienzas hacer más cosas que nunca creíste hacer”, cuenta el chico de piel color canela a punto de la cocción. “Lo que más me gusta es la creación propia para comunicarte con los otros y que la gente conozca un poco del mundo del circo que tanto me gusta. Además, en la calle pasan cosas extrañas –dice confundido y rascándose su cabello negro–. Lo más raro que me ha pasado en la calle es que en Berlín me dieron una tarjetita de presentación de Herbalife; aquí en Guadalajara mucha gente muy creyente te da la bendición, te dan dinero y te dicen ponte a estudiar. Es muy chistoso que la gente te da lo cree –desde su punto de vista– que te conviene”. Una ensalada de humor Cesar Omarcito “Ensalada” quería ser cirquero y por poco no lo es, ya que de niño tenía la idea de que para ser parte de tan codiciado linaje circense tenía que haber nacido en el hogar de los Hermanos Fuentes Gasca, o casarse con alguna de las hijas de esa familia espectacular. Hasta llegó a creer que para lograr ser parte del circo era necesario ser el dueño del gato de la Goldwyn Meyer y que el felino anduviera meneando la cola entre los muebles de su casa; peor aún pensaba que su única solución era volver a nacer en un país donde hubiera escuelas para cirqueros. Pese a que los pensamientos fatales de su niñez lo alejaban más de la idea de acercarse al circo, “Ensalada”, hoy de 31 años, músico, comunicólogo, bailarín, malabarista, presentador y fundador de Cabaret Capricho, confiesa que nunca dejó de hacer gracias. Hace uso de su memoria y narra que su primera vez ante el público: “A los 3 años tuve mi primer debut vestido de payaso en el Teatro Alarife, yo lloraba porque no quería que se rieran de mí. Mis papás no se dedicaron a esto del circo, son abogados, ellos querían que estudiara una carrera seria, por eso estudié comunicación en el ITESO, pero también estudié danza contemporánea, teatro, actuación, expresividad del cuerpo y música” “Ensalada”, quien hoy se presenta en todas las plazas públicas junto con otros ocho jóvenes, narra que antes de ingresar a la universidad se fue a Australia a estudiar actuación en la cadena de televisión Fox. Tenía 18 años y como acto de magia le tocó ver un espectáculo del Cirque du Solei y fue ese evento que lo llevó a ser un cirquero de profesión. Ya de regresó a Guadalajara conoció a unas payasas del Distrito Federal. “Ellas me presentaron a su profesor de clown y tomé clases con él, me encantó la sensación que se rieran de mí, por eso, me quedé tres años viviendo en el DF y ahí fue que descubrí el malabarismo y la acrobacia”. Viajó a Montreal, vivió en Nueva York, Brasil, Argentina y en todos esos lugares aprendió del arte de hacer reír. “Al regresar a Guadalajara empecé a encontrarme en parques y en eventos públicos a gente que tenía la espina y la vagancia de hacer circo. Había grafiteros, muralistas, bailarines, músicos, acróbatas aéreos y malabaristas, como Fernando Manica. Nos organizamos para hacer Cabaret Capricho, que eran eventos mensuales con el fin de tener un público y presentarnos en teatros, restaurantes y en la calle”. “La calle es lo primordial para la exploración. Si eres artista escénico no hay nada más formativo que enfrentarte a públicos inesperados, a públicos fuera de control. En los teatros es fácil, porque la gente va y se porta igual, y aunque se haya aburrido, al terminar el espectáculo se limpia la baba y aplaude”. “Ensalada” comenta con una sonrisa en la cara que le da movimiento a sus bigotes, que la idea del artista urbano es la intervención en los espacios públicos olvidados de la ciudad. “Nos preocupaban zonas de la ciudad y buscamos hacerlas más amables, más habitables, tranquilas y divertidas. Además vimos que pasando el sombrero no está nada mal y les cambias a la gente el estado de ánimo, porque la sacas de su rutina de mal humor”. La esperanza del circo Esperanza tiene un sonido distinto al hablar, además parece muy educada porque habla de usted. Ella nació en Bogotá, Colombia, hace 27 años. Su idea desde niña fue hacer actos de magia, escapismo y malabarismo. Supo que en Argentina hay escuelas para eso. Vivió allá y se profesionalizó para sacarle una sonrisa a los transeúntes. Es una circense viajera que ha caminado por las calles de Brasil, Ecuador, Chile, Guatemala y desde hace más de 30 días está en México. Lleva 10 años viajando y haciendo circo en las vías de América Latina. Hace unos días llegó Guadalajara vestida de mimo, con un sombrerito negro y aventando las mazas blancas al aire. Está de paso en nuestra ciudad porque su destino es llegar a Cuernavaca a la Convención de Circo –y seguro ya está allá, porque el encuentro comenzó el pasado 16 de noviembre–. Ella, desde Chapultepec y López Cotilla, cuenta que lo más lindo de su oficio es el público y acercar el arte a quienes no tienen acceso a él, aunque se lamenta que en México no haya teatros callejeros. Aún así, continúa en lo suyo... lanzando al cielo unos palos que parecen pines de boliche, mientras los automovilistas la miran, o no. La memoria de Cantinflas Rafael Ramos Giovani, es un caso especial, parece enfermo del estómago, se la pasa sentado en un retrete en plena la Plaza Tapatía del centro Guadalajara, con un rollo de papel higiénico en la mano, con los pantalones en las pantorrillas y vestido con la facha de Cantinflas. Cuenta por qué decidió ser una estatua urbana, oficio que practica desde hace 36 años: “Yo tenía como 10 años y estaba en la Ciudad de México con mi papá y me tocó ver a Cantinflas, lo vi cuando se estaba boleando los zapatos. Desde ese momento supe que sería cómico como él, aunque ni yo, ni nadie lo vamos a igualar”. El artista originario de Córdova, Veracruz, quien tiene medio siglo de vida, comenta que a los 14 años se estableció en la Ciudad de México para tomar cursos de pantomima, y fue así que comenzó a personificar a Cantinflas en diversos Estados de la República. Recuerda que una vez consiguió un vuelo económico y se fue a vivir tres años a Barcelona. Ahí perfeccionó su técnica, aprendió más de las 100 estatuas que adornan las calles que desembocan en la Rambla Cataluña. Luego se asentó en Guadalajara, donde sábados y domingos sale a representar a su cómico favorito. El mimo dice que Cantinflas en el excusado es para hacer reír a la gente: “Lo que hago es un humor negro, porque es algo chusco, para que la gente no ande tan ensimismada que se alegre con la vida”. Así, la función se repite una y otra vez en este gran circo que es la ciudad, como ha dicho (o cantado) muchas veces La Maldita Vecindad; los escenarios a veces cambian, los personajes también; el público es en muchas ocasiones el mismo, aunque su asombro –ése sí– cambia ocasionalmente. En la calle siempre habrá algo que sorprenda... hay que abrir bien los ojos para no perderse la función del día. Temas Tapatío Curiosidades y absurdos Lee También Qué significa vestir siempre de color azul, según la inteligencia artificial Lugares más terroríficos de Guadalajara según la IA Municipios de Jalisco perfectos para visitar en Día de Muertos 2025 Divisan venado en río de Vallarta donde hay cocodrilos (VIDEO) Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones