Suplementos | Ha sonado ya la hora de la muerte de Cristo. Él lo sabe... El amor renueva a los hombres El Evangelio de este domingo quinto de pascua es muy breve, apenas siete líneas, pero muy profundo y con proyección eterna Por: EL INFORMADOR 30 de abril de 2010 - 13:27 hs El Evangelio de este domingo quinto de pascua es muy breve, apenas siete líneas, pero muy profundo y con proyección eterna. Es del evangelista Juan, el águila de Patmos, quien eleva su vuelo para revelar los misterios de Dios. Hoy revela el misterio del amor del Padre, el misterio del amor del Hijo y la proyección del amor de Dios en el amor fraterno. Ha sonado ya la hora de la muerte de Cristo. Él lo sabe, y para despedirse ha preparado una cena triste, tierna, que enmarca su despedida. Es la cena de la pascua y ha de ser apegada a la tradición judía. Manda el Señor que le preparen --Él siempre pobre-- una sala amplia y bien adornada. Llegan y empieza --gran sorpresa-- con el oficio de los esclavos, lavándoles los pies a sus discípulos. Luego la cena, conforme a los preceptos del pueblo liberado de la esclavitud de Egipto. Comen un cordero macho de un año, sin mancha, sin romperle un solo hueso --figura de Cristo--, acompañado de pan sin levadura y hierbas amargas. Es el momento decisivo de su Iglesia Con esos once hombres --Judas ya ha salido a perpetrar su traición-- formará Cristo el Reino muchas veces proclamado, anunciado. Ahora es la cumbre de su predicación, el resumen, la plenitud de su enseñanza. Así quiso hacerlo, sin las multitudes como cuando en la montaña lanzó el programa de la Nueva Alianza con las ocho bienaventuranzas. Así, sin enfermos, ni acongojados, ni endemoniados, ni testigos de corazón torcido como los fariseos, los escribas, los poderosos adueñados del templo y del pueblo. Para los cercanos, para los más decididos a seguirle, ha de transmitirles la consigna, la señal. Quiere un Reino unido. Mira, con su visión divina, las tendencias de los hombres a pelear, a dividirse con actitudes inspiradas por el egoísmo y por una limitación de sus aspiraciones incapaces de mirar más allá de sus intereses particulares. Eso provoca división. Cristo quiere unión entre los suyos. ahora no les da un consejo, no les recomienda una senda por donde ir; ahora, con su autoridad de Dios y Hombre, de Maestro, de amigo, les expresa un mandato. Va a hablar más con la fuerza de la ley Mandamiento trece, ahora directo, conciso para esas mentes, para esos hombres dispuestos.Ya no se verán. Cristo seguirá invisible entre ellos, visible entre sí, mas han de ver en la imagen del hermano la imagen de Cristo. De la vida de San Juan de Dios --aquel soldadote de Granada, España, dedicado a servir a los desamparados, a los enfermos-- se cuentan sus angustias de un día en que llevaba sobre sus espaldas a un enfermo de enorme peso. Le preguntaron: “¿No te agobia el peso de ese enfermo?”. Y contestó: “No me pesa, porque estoy cargando a Cristo”. Juan de Dios había aprendido a ver a su Señor en cada uno de sus hermanos, de los tristes, de los solos, de los despreciados, de los necesitados de afecto. Cristo, pues, ya no se dejaría ver y quería que lo siguieran viendo con los ojos de la fe, con los ojos del amor. Por eso les dijo a sus apóstoles: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros” Es un mandamiento para regular, para asegurar el comportamiento futuro de los apóstoles primero y luego de todos los seguidores de Cristo. Es una exigencia para el cristiano: Si amas, eres cristiano; y si no amas, aunque hagas muchas penitencias, lleves un cilicio oculto debajo de las ropas y hagas grandes ayunos y largas oraciones, si no amas, de nada sirve todo esto, si no está inspirado por el amor a Dios y al prójimo. Dios es amor, y amar es una voluntad de bien. Dios ha enviado a todos los hombres para la felicidad, y la felicidad está en el amor infinito y el amor infinito es Dios. “Sed imitadores de Dios como hijos muy amados y caminad en el amor”. Así exhortaba San Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 5,1). El verdadero cristiano se esfuerza en caminar por el sendero del amor. Así algunos santos han escalado a la cumbre, porque su ser, su esencia, su vida, ha sido el amor. Por amor Dios ha sacado a cada hombre de la nada a la existencia y a la vida; por amor ha redimido el Verbo de Dios a esas pequeñísimas criaturas, ovejas descarriadas, ovejas sin pastor, y vino a darles la vida. “Quien no ama permanece en la muerte”. (I Juan 3, 4); mas quien tiene el amor en su corazón, tiene abundancia de gracia --rocío de la mañana-- en su alma. “Quien está en el amor está en Dios y Dios en él”. (I Juan 4, 16). Cuando el cristiano llega al perfecto amor, llega a la verdadera santidad. Al fariseo insidioso Cristo le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Éste es el primero, el más grande mandamiento”. (Mateo 22, 27). “Por este amor reconocerán que todos ustedes son mis discípulos” El modelo es Cristo. El cristiano se ha de esforzar por hacer con su propia vida una imagen, aunque distante, conforme a ese modelo ideal, inalcanzable. San Francisco de Asís lo imitó en la humildad, en la pobreza. El Santo Cura de Ars, en el amor y la entrega a las ovejas perdidas. San Antonio de Padua, curando a enfermos, consolando a los tristes. Muy rica y larga es la vida de los santos en veinte siglos del caminar de la Iglesia, y a todos los ha movido el amor. Y a todos se les ha de reconocer por ese amor: el amor para vivir su virginidad, las almas consagradas; para servir con fidelidad, los confesores en su larga vida de profesar su amor; y a los mártires, en entregarse hasta el último momento de su vida en inmolación de amor. El amor fue la fuerza para sostenerse en el camino de la santidad, y el amor ha de ser la razón para no quejarse por las cruces y los trabajos de la vida cotidiana. El amor ayuda a superar con tranquilidad y generosidad la tentación de la tristeza y el desaliento. Si hay amor, no hay tristeza. El verdadero rostro de la Iglesia ha de ser la caridad Cuando el Maestro dio el mandato del amor a sus discípulos, la Iglesia era apenas el pequeñísimo grano de mostaza; con los años echó raíces, se levantó el tronco y crecieron sus ramas; hoy siglo XXI la Iglesia es un árbol corpulento. Es un árbol firme a pesar de miles de tormentas, de vientos huracanados; ha sobrellevado herejías, supersticiones, deserciones, ataques, corrupciones, todo lo que los hombres son capaces de inventar y cultivar. El árbol sigue firme porque en la Iglesia siempre está Cristo, aunque oculta su rostro; y la Iglesia está firme porque en las sementeras de la Viña del Señor --aunque también ha crecido la cizaña sembrada por el maligno--, nunca, a Dios gracias, han faltado grandes cosechas de espigas de trigo, las virtudes frutos de santidad, frutos del verdadero amor. Todos los días, en la Santa Misa, la Iglesia pide que crezca el amor, que aumente y dé frutos en sus pastores, en los fieles, y todos crezcan en el amor. Hacer un hombre nuevo ahora, en el siglo actual El hombre se renueva, se hace joven si vive el amor. Mas el amor verdadero ha de ser operante, expeditivo, manifestado en obras. “Así también la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta... Yo por las obras te mostraré la fe”, dice el apóstol Santiago. Si la fe sin obras es cosa muerta; también el amor, si es sólo un sentimiento, no es verdadero amor”. San Pablo describe el amor como el oro de muchos kilates: “El amor (caridad) es longánime --de alma grande--; es benigno --no maligno--; no es envidioso, no es jactancioso, no se hincha --es decir, no es presumido--; no es descortés --la cortesía es amor--; no busca lo suyo --no es egoísta--; no se irrita, no piensa mal, no se alegra con la injusticia, sino que se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”. Quiera Dios que la oración de la Iglesia sea siempre ferviente, para insuflar amor en los pastores y en las ovejas. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También Cardenal llama a honrar a santos y difuntos por el Día de Muertos Evangelio de hoy: ¿Acaso Dios encontrará fe en la tierra? 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