Suplementos | Convertirse significa cambiar de vida, pero no por una vida conforme lo decidamos nosotros Cuidado con la tibieza Triste y preocupantemente, una de las características del tipo de religiosidad que viven la mayoría de quienes dicen ser cristianos, ya sea católicos, evangélicos, o de otras denominaciones, es la tibieza Por: EL INFORMADOR 10 de marzo de 2009 - 10:21 hs Triste y preocupantemente, una de las características del tipo de religiosidad que viven la mayoría de quienes dicen ser cristianos, ya sea católicos, evangélicos, o de otras denominaciones, es la tibieza. Hay que decirlo con todas sus letras, pues es una realidad insoslayable, que por lo demás hay que denunciar, a efecto de que muchos que la viven inconscientemente, la descubran y corrijan su modo de pensar y actuar. Algo muy propio para este tiempo de Cuaresma, en el que al comenzar, cuando muchos de ellos recibieron --como parte de esa manera de vivir el cristianismo, a base de ritos-- la imposición de la ceniza, se les exhortó, diciéndoles: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Convertirse significa cambiar de vida, pero no por una vida conforme lo decidamos nosotros; ni siquiera por una vida cuyo estilo de moral sea diferente, en la que, si antes se emborrachaba, ya no lo hace; si era infiel, ya es fiel; si robaba, ya no más, etc. Ello sería consecuencia de la verdadera conversión, que implica renunciar a uno mismo, a sus criterios y sus convicciones al margen de Dios y de su Palabra; renunciar a una vida llena de egoísmo, de egocentrismo, de soberbia y de hipocresía, para recibir del Espíritu Santo, la Vida Nueva que nos trae Jesús, una vida de amor, de entrega y servicio a los demás, de humildad y sencillez. Así pues, muchos creen que ser cristiano consiste en rezar; ir a misa los domingos, cuando lo hacen; cumplir con ciertos ritos, mandas y otras tradiciones, especialmente en tiempos especiales como éste y la Semana Santa; y con ello se sienten satisfechos, creyendo que ya cumplieron. Todo ello y otras prácticas religiosas que ayuden al encuentro con el Señor, son muy buenas, sin duda, pero insuficientes, y por lo mismo, denotan una religiosidad --es decir una relación con Dios-- superficial, formalista, tibia y mediocre. Por otra parte, abundan cristianos que en algún momento de su vida, ya sea de pequeños, de adolescentes o jóvenes, o bien ya adultos, y como un regalo especial del Señor, tuvieron alguna experiencia, un encuentro personal con Él, en el que pudieron vivir y descubrir al verdadero Dios --al que nos ama infinita, incondicional y personalmente; que perdona de todos nuestros pecados sin poner condición alguna; y que quiere lo mejor para sus hijos--, que suscitó en sus corazones una vivencia de amor, de gozo, de sentirse amados y perdonados, así como de que son no sólo importantes para Él, sino, como lo dice el profeta Isaías, “preciosos a sus ojos”. Y decidieron entonces luchar para dejar al “hombre viejo” a la “mujer vieja”, e iniciar una vida nueva convertidos al Señor y con propósitos y promesas, y tal vez con compromisos concretos y serios de formarse, de conocer la Palabra de Dios, la doctrina de Su Iglesia, para servirlo y servir a los demás en diversas tareas, y hacerlo con amor, desde la misma familia, en el trabajo, con sus amistades, en la sociedad civil, en su comunidad, ya sea parroquial o algún tipo de movimiento o asociación eclesiales, etc. Pero al paso del tiempo descuidan su relación con Dios, dejando de hablar con Él, es decir, de orar, de participar en los sacramentos, de participar activamente en un grupo o comunidad en la que, además de compartir su experiencia de Dios, se forme sólidamente con la catequesis. En otras palabras, se instalaron en su status y renunciaron a seguir esforzándose, luchando contra el Enemigo que no descansa, y cayendo en la mediocridad. Ese riesgo corrieron los discípulos que Jesús llevó al monte para ser testigos de su Transfiguración, según nos lo recuerda el Evangelio de hoy, al pedirle a Él que se instalaran allí mismo porque “ahí se estaba muy bien”. Jesús, sin decir nada, los condujo de nuevo al valle, donde había mucho por hacer todavía, y que implicaría sacrificio, dolor, sufrimiento, humillaciones y hasta dar la propia vida.. No olvidemos lo que Jesús nos dice en el libro del Apocalipsis: “Yo a los tibios los vomito de mi boca”. Francisco Javier Cruz Luna cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx Temas Religión Fe. Lee También Cardenal llama a honrar a santos y difuntos por el Día de Muertos Evangelio de hoy: ¿Acaso Dios encontrará fe en la tierra? Iglesia católica: Este es el lugar en donde el número de católicos más ha aumentado Aumenta número de católicos en el mundo, pero bajan las vocaciones Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones