Suplementos | El doctor Virches sabe jugar con estilo Cuando yo era mortal jugaba como él El doctor Virches es un personaje que llama la atención en el lugar donde se para a jugar. Además de sus habilidades, él juega con estilo Por: EL INFORMADOR 6 de octubre de 2013 - 03:33 hs El doctor Virches desenfunda su arma. Es Excálibur dice, y cuesta unos 22 mil pesos. / GUADALAJARA, JALISCO (06/OCT/2013).- Ahí estaba, con Excálibur entre sus manos, preparado para asestar el golpe final. Suerte o estrategia, cualquier cosa que haya sido, funcionó. Todo estaba de su lado. No podía fallar. Él sabía que era matar o morir. El doctor Virches es un calculador. Todo lo tiene medido. La noche en que lo conocí me di cuenta de eso. “No vengo preparado, pero...”, decía, sin embargo, a cada “pero” seguía una imagen o un video en su smartphone que confirmara lo que decía. “Soy tecnólogo y varios de mis equipos han sido campeones mundiales… no venía preparado, pero…”, en ese momento desenfundó su celular y nos muestró un video: son pequeños robots jugando futbol —autómatas, acentúa él— que construyeron sus alumnos. Lo mismo pasó cuando nos dijo que era uno de los mejores jugando yoyo. Y sí, ahí lo traía, y justo en la acera, afuera del billar, realizó varias suertes, que si la torre Eiffel, que la estrella, que la telaraña... Parecía que el yoyo era otro de los autómatas que él o alumnos habían construido, lo obedecía, las figuras se formaban entre sus dedos. Esa misma noche el doctor Virches nos desveló su estrategia: “Yo siempre cargo mi taco y mi tiza. Siempre visto de traje. Cuando los muchachos ven eso y me ven con mi guante profesional, los desequilibras”. Yo no le creí. Quedamos de vernos la noche siguiente, yo quería verlo jugar, a ver si muy, muy. “Mis alumnos se sorprenden de verme aquí, de que yo juegue billar. Soy tecnólogo, ingeniero y licenciado, doy clases en varias universidades, pero aquí haces un link con ellos”, me decía la noche de la cita, justo antes de que comenzara el juego de billar. Le creí, porque en ese momento pasó un muchacho y desde la calle gritó: “lo queremos profe”, el hombre tartamudeó un poco al escucharlo y siguió narrándome su historia. Llegó la hora. El show comenzó y, claro, yo no sería su contrincante, pero si elegí a la víctima: Francisco, el que cada fin de semana me gana descaradamente. Digamos que fue mi vendetta. Francisco eligió su taco, uno de los que presta el billar. Lo tomó, lo pesó, lo examinó, lo vió fijamente para asegurarse que no estuviera chueco; en cuanto tuvo un arma a su gusto regresó a la mesa. Francisco es un aficionado al pool. La expresión dura de su rostro reflejaba su seriedad; todo lo contrario al doctor Virches, quien estaba relajado, sonreía. Estaba confiado. Ahí estábamos, al pie de la mesa alfombrada. El doctor Virches desenfundó su arma. Era Excálibur dijo, y cuesta unos 22 mil pesos. Pancho lo escuchaba. Acto seguido, Virches sacó su tiza y su porta tiza que parecía un pisacorbatas, lo acomodó en el bolsillo de su camisa. Luego se colocó el guante para billar en la mano izquierda, uno negro con líneas blancas. Todo está calculado. En la otra mano luce grandes y dorados anillos. “Jugamos con tres reglas básicas”, explicó el presuntuoso… y luego, ¡zas!, el doctor Virchez abrió el juego. El triángulo se desperdigó, las bolas estaban por toda la mesa. Iba chicas, las bolas marcadas con los números par, una de ellas entró a la buchaca. Falló el siguiente tiro. Era el turno de Francisco. Él, inclinó el tronco del cuerpo hacia adelante, los pies un poco separados, pero bien plantados en el piso. La mano izquierda estaba sobre la mesa, pareciera que la persigna, pero no es religioso, sólo es el apoyo del taco que sujetaba con la otra mano. Miró su objetivo, apuntó, vaciló un poco y luego golpeó la bola blanca que no chistó y salió disparada ¡plaz! Chocó con otra bola, la número 13, que ahora está en la buchaca. ¡Plaz! ¡Plaz! Otra y otra bola en la buchaca. ¡Plaz!, una más. El doctor Virches lo ve fijamente, quizá su primer yerro estuvo calculado, todo con el fin de medir a su contrincante, como si esto fuera el primer round en una pelea de box. ¡Paf! Francisco falló. Virches pintó una leve sonrisa en su rostro, como el malo inesperado de una película de acción. ¡Plaz! Una bola entra, otra y otra. “¡Ta’chavo, ta’chavo”, dice en voz alta el doctor. ¡Plaz! una pifia, ésta quizá no la midió. A Francisco sólo le quedaba una bola sobre la mesa cuando fue nuevamente el turno del doctor Virches, a quienes algunos amigos apoyan desde la barra. Ya sólo era cuestión de meter la bola negra. Falló. Francisco tenía el juego y un poco de suerte de su lado, o eso parecía, hasta que al realizar su tiro se “ahogó”, la bola blanca entró junto con la que le faltaba. Lo que Virches ve en la mesa no es más que matemáticas y geometría, fácil, dice él. Qué más puede decir una persona que sufrió un accidente y que tras despertar de un coma de varias semanas olvidó su infancia, parte de su vida, que tuvo estudiar sus licenciaturas por segunda vez. Fue en esa etapa que decidió aprender billar, un juego de precisión. Tomó una que otra clase con un campeón panamericano y casi todos los días se le ve rondando un billar, con el taco de 22 mil pesos en su funda, dispuesto para cualquier momento. Ahí estaba, con Excálibur entre sus manos, preparado para asestar el golpe final. Suerte o estrategia, cualquier cosa que haya sido, funcionó. Todo estaba de su lado. No podía fallar. Él sabía que era matar o morir. Sacó la bola blanca de la buchaca, la acomodó donde quiso, esa era una de las reglas, y antes de finiquitar el juego dijo: “Cuando yo era mortal jugaba como él”. ¡Plaz! Temas Tapatío Deporte Amateur Lee También Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” Modernizarán pista de BMX en Jardines Alcalde El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones