Lunes, 20 de Octubre 2025
Suplementos | Ver a los demás dejar entre brinquitos de felicidad la oficina, puede ser infernal

Cerrado por Semana Mayor

Ver a los demás dejar entre brinquitos de felicidad la oficina, escuela o taller para irse a casa puede ser infernal, especialmente para aquellos que no tendrán vacaciones

Por: EL INFORMADOR

LA SUERTE DE UNOS. Mientras algunos se lanzan a disfrutar de la vacación de los días santos, otros están recluidos en sus trabajos.  /

LA SUERTE DE UNOS. Mientras algunos se lanzan a disfrutar de la vacación de los días santos, otros están recluidos en sus trabajos. /

GUADALAJARA, JALISCO (20/ABR/2014).- No hay horror comparable al de trabajar cuando los demás descansan. Todos (o al menos ese “todos” que abarca a los que laboramos) lo hemos llegado a experimentar. Es un escalofrío de cansancio que termina en espasmo de fastidio. Es como un reflejo tardío del temor infantil a que la madre nos abandone y se marche para no volver.

 Ver a los demás dejar entre brinquitos de felicidad la oficina, escuela o taller para irse a su casa (y de allí al cerro o a la playa o, sencillamente, a arranarse en paños menores a mirar películas en el televisor) nos resulta un espectáculo infernal, digno de un círculo del abismo de fuego que refirió Dante, si las circunstancias nos impiden acompañarlos.

Sin embargo, primero a algunos y después a otros, a la mayoría nos llega ese momento. A veces es en Navidad o en el dilatado verano. Otras, como ahora, puede suceder que la ratonera nos atrape en Semana Santa. La vida es como un reloj de arena, los extremos bien anchos y el centro angosto como la cintura de una vedette. En cada extremo, el de la infancia y el de la vejez jubilada, para los favorecidos hay esponjosas vacaciones. En el medio, los días libres se adelgazan y complican hasta el mínimo permisible. Al principio, vaya, uno tiene asuetos que parecen infinitos. Buena parte de las escuelas dan, entre fiestas y cambios de curso, unas ocho o 10 semanas libres al año, sin contar puentes y fines de semana largos. Y hay que admitir que en la infancia de los que ahora somos treintones y cuarentones, las vacaciones escolares eran aún más prolongadas (no incluyo en este recuento, por motivos obvios, a aquellos que desde que aprenden a caminar trabajan sin descanso porque, de todos modos, es muy probable que no tengan siquiera la opción de sentarse 10 minutos a leer esta página).

Cuando uno comienza la vida laboral, en la temprana juventud, eso queda en el pasado más o menos abruptamente. Hay empresas que no dan más de cinco días de vacaciones al año para que los empleados nunca logren superar el estado de depresión en el que ciertos gerentes y directivos creen que es indispensable tenerlos sumergidos para que rindan. Incluso peor: menudean los autoempleados (pienso en los taxistas y algunos comerciantes al por menor) que no descansan nunca y sólo se quedan en su casa el día en que les da un colapso nervioso o un infarto al miocardio. 

El aire desolado del cajero del supermercado, que hoy cobra bronceadores y bikinis que otros se echarán encima, allá lejos, me parece incuestionable. Lo mismo me pasa con la desesperación del jardinero que toca las rejas de casas, donde quizá no espere sino el perro, para ver si consigue un prado que podar.

Alguna vez debí trabajar en Viernes Santo. Tenía que despintar unas piezas de látex y volverlas a teñir. Encontrar una tlapalería abierta implicó un viaje por la periferia de la ciudad digno de un Colón o un Magallanes. Todavía recuerdo el olor del solvente que, triunfal, conseguí en un tendejón a 15 kilómetros del taller. El hombre que me lo vendió se devoraba unas empanadas.

Confesó que había abierto nada más para escaparse del Rosario colectivo que organizaba su suegra. “¿Tú vas a trabajar? No, pues ánimo”, me dijo con una sonrisita detestable. Y apenas le pagué, redondeó la faena: “Figúrate nomás que en este día ni siquiera Cristo trabajó”.

El día que estalle una Revolución, le encabezarán los que laboran en vacaciones.

Tapatío

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