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Miércoles, 13 de Noviembre 2019
Suplementos | La musa

Capicúa

La luna de miel ha superado nuestras expectativas

Por: EL INFORMADOR

La luna de miel ha superado nuestras expectativas. Teatros, tabernas, recitales, desfiles, en fin… la ciudad de Arual ha sido toda una revelación. Para cerrar el viaje con broche de oro, decidimos visitar el gran museo de arte. Compramos el periódico y un café. Caminamos por el parque hasta la taquilla del museo. Dejamos los abrigos en recepción. Vesania solicita un catálogo. Los muros del salón son de una blancura impecable, los techos altos, la luz adecuada.

– ¡Qué agradable espacio! ¿Vamos a ver los cuadros de Rosental?
 – ¿Por qué no vamos por orden, Claudio? No tenemos ninguna prisa. 

El primer óleo es prácticamente azul, el oleaje se funde con el cielo. En el segundo, los árboles se mecen por el viento otoñal. Enseguida, un bodegón con velas, un viñedo soleado, retratos, autorretratos... Una selección depurada, con los pintores sobresalientes de la época.
– Mira, allá inicia la muestra de Rosental. – señala Vesania – Estaba leyendo algo de su historia: el pobre se suicidó después de terminar “La musa”, al descubrir que ella, el único amor de su vida, lo traicionaba con un extranjero de ojos negros. Posó para la mayoría de sus creaciones, vivieron juntos durante años. A la muerte del pintor, desapareció súbitamente, llevándose sólo el vestido que traía puesto. No se sabe si falleció o sigue viva, lamentando su soledad. Quizá en el fondo sí lo quería, pero no lo suficiente.
– Espero que tú sepas que te amo más que a nadie y más que nunca.

Pasamos a la sala principal. La atmósfera es completamente distinta. ¿Por dónde será bueno empezar? Como si leyera mi mente, Vesania decide: –¿Qué tal si cada quien explora por su cuenta y al final comentamos la colección? Me parece perfecto. Siempre es estimulante contemplar el arte a solas, por más bien acompañado que uno ande.
El escarlata enciende la primera pintura de Rosental, se antoja entrar y poseer el resplandor. Me agrada aquel díptico de las siluetas femeninas en sepia. En esta obra, un caballo blanco atraviesa la penumbra del bosque. La siguiente pieza me roba el aliento.
El vestido naranja atrae mi atención al instante. Insectos de diversas especies trepan por los pliegues de la tela. Unas hadas ligeras nadan boca arriba con una chispa de luz en la mano. La luna flota radiante, suspendida cual globo de un hilo. La mujer está recostada sobre el musgo. Su cabello es rojo, casi tinto, largo y lacio; serpentea en el agua hasta diluirse en la verdosa superficie. Al centro, lo más impactante: su mirada fija, melancólica, clavada en el infinito. Su futuro se ha enlamado de tanto esperar en la profundidad del lago. En la cédula leo el título: La musa.
Atrás de su mirada hay otra, ahora la detecto: es un rostro fantasma, adherido a su cuello, con los ojos en blanco. ¿Será su conciencia? Su aspecto es un tanto siniestro, como si no perteneciera a la imagen; sin embargo, es él quien sostiene el hilo de la luna.
Sacudo la cabeza y exhalo. Llevo un largo rato sin despegar la vista del cuadro: la mujer me tiene embelesado. No refleja angustia, sino pasión contenida. De pronto, oigo entre murmullos que alguien me llama. Volteo, pensando que es Vesania, pero ella se ha adelantado tanto que difícilmente la distingo. De hecho, no hay nadie en la sala excepto yo.
Me acerco al lienzo, apenas con la punta del dedo, y siento una descarga extraña. Aún así, lo rozo de nuevo y en esta ocasión, la voz pronuncia claramente mi nombre. No puede ser… ¡Es la musa quien me habla! Froto mis párpados, estoy alucinando, debe ser el cansancio del viaje. Su belleza me impide razonar. Apoyo la mano con firmeza. Escalofríos en todo el cuerpo. Presiono cada vez más, el lienzo absorbe mi brazo, imposible zafarme, la camisa se disuelve, mi nariz se impregna del inconfundible aroma del óleo: he penetrado inexplicablemente la pintura.  
Mis pies resbalan sobre el fango (¿y mis zapatos?), me aferro a la falda anaranjada. Un hada se posa sobre mi cabeza y su brillo me devuelve la esperanza. ¿Esperanza de qué?
En pleno desconcierto, la magia florece: los insectos chirrían, los jazmines se agitan, nacen hongos multicolores. La mujer emerge de su letargo y comienza a tararear en algún dialecto, supongo, porque no entiendo nada y menos bajo el agua. Observo maravillado. Beso su mejilla pero no se inmuta. ¿Acaso ignora que estoy aquí? Pero si ella me llamó… Me coloco frente a sus pupilas y parpadea repetidamente. Su cántico se agudiza y en eso advierto que el rostro fantasma se desvanece. La dama por fin sonríe, liberada del peso de un encantamiento.
Mientras tanto, Vesania ha regresado. Ahora sí, identifico su voz que me busca, camina desesperada de un lado a otro. ¿Cuánto tiempo llevo aquí dentro? Alzo los brazos, manoteo, es inútil. Intento gritarle, el líquido me atraganta. La musa percibe mi ansiedad y acaricia mi cabello. Me estremezco. Palpa mis piernas, mi torso, se da la vuelta y paladeo el perfume de su espalda. Asomo la cabeza, a un costado de su largo cuello. En este abrazo, existo.  
Ahora miro la sala como un escenario ajeno. El hada mayor se acerca con una luz en cada mano y las incrusta en mis ojos negros. La realidad es clarísima: el fantasma ha regresado. El fantasma no es fantasma. El fantasma soy yo y mi musa es ella.

Por: laura zohn

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