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Miércoles, 20 de Noviembre 2019
Suplementos | Por: José Luis Cuellar de Dios

Aprender de ellos

Malestares del alma

Por: EL INFORMADOR

Las terapias colectivas para tratar diversos malestares o adicciones, conducidas por especialistas en la materia, han dado resultados maravillosos en miles de casos. Hasta donde alcanza mi ignorancia desconozco si estas terapias se practican de manera seria y profesional, para las madres y padres de hijos con discapacidad, pero de que son indispensables evidentemente que lo son.

El ser humano viaja a lo largo -o a lo corto- de su vida con una inminente certeza: la de la muerte. ¿Se puede vivir sabiendo que vamos a morir? Octavio Paz nos ayuda a contestar tamaña pregunta: vivir pensando en la muerte es morir, o dicho con otras palabras, vivir con miedo no es forma de vivir. Todos los padres de hijos con discapacidad vivimos con un inconmensurable y terrible malestar diferente al de la muerte personal: la dolorosa incertidumbre del futuro de nuestros hijos en discapacidad cuando nosotros faltemos. Malestar del alma que nunca nos abandona y que de pronto aparece con indeseada puntualidad. Es ruido que deja ecos que sólo lo acalla la fuerza de la fe.

Afortunadamente son muchos los momentos de iluminación, estimulantes y creativos que proporciona la cercanía con la discapacidad, la carga convertida en estímulo es un orfeón que espolea, la discapacidad en un hijo no suprime razones para vivir, por el contrario le agregan. Además los hijos con algún tipo de discapacidad provocan pensamientos que estimulan los sentidos y el espíritu. Quizás estas sean las poderosas razones que nos protegen contra obsesiones que al estar fabricadas de contundente realidad, se logran evadir.

Pero ¿qué pasa cuando las condiciones emocionales no se dan para enfrentar este peculiar malestar del alma?. Pasa que al moverse fibras sentimentales muy profundas, la vida de padres e hijos con discapacidad se convierte en un transitar de tiempo, doloroso y desesperado que termina por arraigarse en el ser humano que lo debate en cruenta incertidumbre. Permanecer en este oscuro estado es permanecer en un mecanismo de insoportable crueldad. La realidad en ocasiones aplasta, es comprensible caer en esta penosa situación, son muchos los factores externos que conducen al abismo, uno de ellos, el principal y más dañino, la discriminación practicada desde todos los sectores de la sociedad y gobierno. Realidades presentes que destrozan esperanzas futuras: ¿Dónde están las residencias, serias y especializadas, que reciban a todos estos seres que a la partida de los padres quedan en el peor de los desamparos? Iniciativas y leyes van, iniciativas y leyes vienen, nunca las que involucran al colectivo de la discapacidad. Un ejemplo reciente, el colmo: es tal la indiferencia e insensibilidad hacia la discapacidad, que los encargados correspondientes acaban de declarar desierto el premio nacional del deporte para los atletas paraolímpicos, único sector deportivo del país que no hace el ridículo en justas internacionales.

Ante tamañas desproporciones, a veces me pregunto si la mezcla poderosa de amor, bondad, compasión con que nos invade la cercanía con la discapacidad esta solo reservada para los padres de familia. De ser así, seguiremos conviviendo con estos malestares del alma. Amen de los amenes.     

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