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Sábado, 19 de Octubre 2019
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Aeroterrores

Para algunos salir del país en avión es toda una odisea

Por: EL INFORMADOR

Viajar en el aire aterra, no solo por lo que pueda pasar en las alturas, sino por lo que sucede en la tierra. NTX /

Viajar en el aire aterra, no solo por lo que pueda pasar en las alturas, sino por lo que sucede en la tierra. NTX /

GUADALAJARA, JALISCO (12/OCT/2014).- Por allá de 1985, un compañero de la primaria viajó a Estados Unidos, supongo que para que su familia pudiera comprar tenis y tomarse fotos con alguna botarga de Mickey Mouse en Disneylandia. Fue la primera persona de mi círculo de amistades (si es que podemos usar tan lujoso mote para describir a quienes nos juntábamos en el recreo para hablar de futbol y de "Star Wars") que salió al extranjero de vacaciones. Todo resultó mal en aquel viaje. Tanto, que mi amigo enfermó gravemente y falleció al poco tiempo de regresar a la ciudad. Se llamaba Jorge y era un tipo simpático y generoso. Lo recuerdo con frecuencia.

Quizá por eso, quizá solamente porque los aviones me aterran, todas mis excursiones fuera del país han sido pruebas de temple dignas de un estudiante de Kung Fu en un templo shaolín.  Nunca me ha sucedido nada tremebundo, debo reconocer, pero bien sabemos que la vida puede amargarse por meros detalles. Por ejemplo, que en París me obligaran a descalzarme para avanzar en los controles de seguridad. Así, despojado de cualquier romanticismo y en calcetas blancas, entré en Europa: con los zapatos en las manos y escoltado por un par de agentes excesivamente risueños para que de verdad estuvieran alarmados por la seguridad nacional francesa. Pero incluso antes de ese momento de horror, ya  había pasado por varios descalabros, como que los tripulantes del avión de Air France nos fumigaran a sus pasajeros (en su inmensa mayoría mexicanos) con unos aerosoles, como si lleváramos en la mugre de las uñas el ébola o la fiebre aftosa. También iban muy sonrientes, ellos.

No sé si existe otro recinto que proporcione tantas y tan consistentes humillaciones a sus usuarios como hace un aeropuerto. El de la Ciudad de México, sin ir más lejos, cambia de sistema de “filtrado” cada vez que tengo la mala suerte de aterrizar por allí (y con el gafe me refiero exclusivamente al aeropuerto, porque la ciudad me encanta). La única vez en la vida que gané un premio, un custodio de seguridad tuvo a bien rascarlo con unas uñas como de gavilán para constatar que mi pequeña estatuilla pintada de dorado no estuviera fabricada con alguna variante de heroína. Otro custodio, apenas el primero se convenció de su error, estuvo a punto de enajenarse para sí un bote de pasta de almendras dulces que llevaba para mis hijas. Luego de una discusión de diez minutos y de que dos supervisores hicieran interpretaciones contradictorias del reglamento y de la Norma Oficial Mexicana respectiva, tuve que salirme a los mostradores y documentar la pasta de almendras como equipaje para no perderla.

Por cosas como esas, cada vez que se acerca el día en que debo ir a un aeropuerto, pierdo el sueño y me descubro empeñado en recordar el padrenuestro y el avemaría. ¿Qué decir de las naves de aerolíneas argentinas, que se contonean y crujen como si estuvieran fabricadas con pan tostado? ¿O de los protocolos de seguridad chilenos, que exigen entregarle al viajero una hojita rosa escrita por él mismo con sus datos y sellada por la policía y que, en caso de extravío, le impedirá salir del país sin hacer una visita a la ventanilla de los gendarmes? (Huelga decir que a mí, que soy un miedoso, no sólo no se me ha perdido la hojita sino que sería capaz de engrapármela en la mano para asegurarme de que me puedo ir el día indicado).

Lo peor es que estoy seguro que Jorge, mi amigo, disfrutó aquel último viaje suyo. Soy, me temo, incapaz de imitarlo.

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