Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Cuando la tranquilidad abandona la zona donde vives

Adiós Vallarta Norte

La tranquilidad huyó de la zona cuando llegaron restaurantes, antros y muchos, muchos autos

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO (22/SEP/2013).- Liliana supo que quizá tenía que comenzar a despedirse de ese departamento en el que vivió tan tranquilamente tantos años la noche en que tuvo que bajarse a la avenida, porque los autos estaban acomodados sobre la banqueta, uno tras otros, como si fueran sus zapatos en el clóset.

No siempre fue así: la colonia Vallarta Norte fue mucho tiempo sólo zona habitacional. Hasta que comenzaron a aparecer los primeros restaurantes sobre la Avenida México. Aún con los primeros, la zona fue habitable, pues contaban con terrenos para que los valet parking estacionaran los autos de los clientes. De hecho, Liliana se hizo conocida de los chavos del valet parking de aquel restaurante de cortes que todos los días está lleno. A ella le convenía que la ubicaran, pero sobre todo que ubicaran su coche, que la mayoría de las ocasiones se quedaba estacionado sobre la calle Lincoln, porque en el edificio en el que aún vive sólo hay tres cajones de estacionamiento y los ocupa quien llega primero.

Las primeras molestias e intranquilidad llegaron cuando se topó varias veces con los chavos del valet parking manejando a 80 kilómetros por hora, recorriendo una cuadra pequeña (Santa María), en sentido contrario. Y es que, muchos, para no tener que darle toda la vuelta al parque, se meten en sentido contrario, pero le pisan al acelerador como si de ello dependiera su vida. ¿Cómo decirles o hacerles ver que si los dueños de los coches se enteraran les iría muy mal? Difícil situación: lo que en adelante hizo fue procurar no dejar su coche con algún valet parking, a menos que no le quedara de otra.

Pero quizá la primera señal definitiva de la debacle de la tranquilidad llegó a aquella colonia cuando en el salón de fiestas infantiles comenzaron a hacerse también fiestas de esas en las que se toca música de banda y no se deja de bailar hasta las cuatro de la mañana. ¿Cómo obtuvieron (si es que lo obtuvieron) el permiso los dueños para subir los decibeles para que la música se escuchara tan nítida en cuadras a la redonda? Misterio.

Y luego, sobre el restaurante que tiene nombre de pintor del renacimiento de la escuela veneciana, se les ocurrió abrir un antro de esos en los que lo importante es que la música no te deje interactuar con las demás personas para que no se note que tu vocabulario es de sólo 34 palabras. Genial para los que están adentro, pero una pesadilla para los que viven enfrente, a un lado o al otro y sólo quieren dormir.

La colonia que había logrado permanecer durante años tranquila, ahora bailaba durante la noche y se despertaba con una desvelada que le provocaba andar bostezando y cabeceando todo el día.

Por si fuera poco el florecimiento comercial de la zona y la huida de la tranquilidad, justo en la esquina de donde vive Liliana comenzaron a construir un hotel. Ya se sabe todo lo que conlleva vivir junto a una mole que se construye día a día: tierra, ruido, albañiles que tiran el cadáver de sus manzanas justo hacia donde se encuentra la azotea de tu patio, más tierra, más ruido y el afán de golpear más fuertemente las paredes, justo los sábados por la mañana en los que acostumbrabas quedarte un rato más en la cama.

Un día que se levantó corriendo a trabajar, Liliana encontró que en el tramo de banqueta del hotel, habían levantado el piso. Cualquiera hubiera pensado que aquello duraría así algunas semanas o quizá, exagerando, algunos meses. Todos los días, mientras sufría caminando, malabareando, en tacones sobre lo que quedaba de banqueta, piedras y tierra, pensaba, mientras veía pasar los meses, que quizá ella terminaría yéndose de ahí primero antes de ver terminada la banqueta.

Han pasado ya casi más de tres años de aquellos pensamientos de Liliana que, curiosidades del destino, se han vuelto realidad: la semana pasada que comenzaba su mudanza hormiga a una zona más tranquila, pudo ver cómo empezaban a colocar una banqueta en donde sólo hubo tierra (y charcos y lodo en época de lluvias) y piedras durante años. El piso —parece— quedará perfecto, aunque a Liliana ya no le tocará constatarlo.  

Tampoco tendrá que vivir la pesadilla que vive desde hace meses, junto con sus vecinos de edificio: el que los valet parking de los varios negocios que han abierto sobre Avenida México (pero sobre todo del restaurant gourmet de moda) estacionen por las noches los coches de los clientes, uno tras otro, como si fueran fichas de dominó, sobre la banqueta, sin dejar espacio para que ni un perro pueda pasar.

Liliana se va a vivir más lejos, en busca de una tranquilidad que tuvo durante muchos años, rogando que allá a donde va nunca llegue todo aquello que acabó con su paz. O al menos, tarde en llegar muchos muchos años.

david.izazaga@gmail.com

Tapatío

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