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Jueves, 18 de Octubre 2018

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Entre la cabeza y el corazón

Por: EL INFORMADOR

Una y otra vez, muchos hemos escuchado a alguien aconsejarnos que hay que tomar las decisiones con la cabeza y no con el corazón. Que de las decisiones del corazón nos podemos arrepentir a posteriori, pero que una decisión cerebral siempre es correcta y pocas veces termina en frustración.

La candidatura presidencial demócrata está aún lejos de ser resuelta. Los dos contendientes han demostrado una fortaleza y una disciplina envidiables. La reciente victoria de Hillary Clinton en Pensilvania, junto a los 10 millones de dólares que recaudó tras su triunfo, empolvan nuevamente su anunciado funeral político.

En el calendario electoral demócrata aún quedan nueve contiendas por realizarse, que ofrecen el trofeo de 501 delegados. De esas nueve, las encuestas y los analistas predicen que Barack Obama ganaría en cinco, al tiempo que Clinton podría ganar en cuatro.

Con el escenario anterior, la mañana del 4 de junio los demócratas podrían despertar sin que ninguno de sus dos aspirantes haya alcanzado los dos mil 025 delegados necesarios para asegurarse la candidatura. Esa mañana los números podrían ser muy similares a los que tenemos hoy: él con una ventaja entre 135 a 150 delegados sobre ella, y con unos 400 mil votos de la gente más que la senadora.

Es prácticamente imposible que alguno alcance el número requerido antes de la Convención Demócrata de agosto. Por ello, tanto Obama como Clinton dedicarán las próximas semanas a afinar sus argumentos frente a los poco más de 240 superdelegados que aún no deciden a quién apoyarán.

En la historia del Partido Demócrata no hay un solo precedente a la decisión que hoy tendrán que tomar los electores de élite o superdelegados. De la Convención Demócrata en Chicago de 1952, Adlai Stevenson salió convertido en el candidato presidencial de su partido, aún sin haber competido por la candidatura. Sin embargo, los superdelegados como tal datan de reformas a los estatutos internos del Partido Demócrata de 1983.

Como explica el politólogo Martin P. Wattenberg, la existencia de los superdelegados implica una desconfianza en el votante y, por ello, conlleva la “necesidad” de elegir a un grupo de notables que “corrija” una mala decisión salida de las urnas. Éste es precisamente el argumento que Clinton defenderá ante los notables de su partido en el verano.

Por su lado, Obama argumentará con el corazón lo obvio y lo más poderoso. Su ventaja en el número de delegados y en votos populares, así como su capacidad para atraer a votantes nuevos, jóvenes e independientes. Para los superdelegados la decisión no será fácil, pues aunque la cabeza podría indicarles que ella es la persona ideal, el corazón podría gritarles que lo elijan a él.

GENARO LOZANO / Politólogo e Internacionalista
Correo electrónico: genarolozano@gmail.com

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