Jueves, 13 de Agosto 2020
Jalisco | Historias y sinsabores de una pareja de invidentes

El amor entre las tinieblas

“Sin la carrorcería, es más fácil encontrar la esencia de la persona”, sentencia José. La atracción está en el trato, en la voz y el aroma

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- ¿Cómo explicar qué es un color a alguien que nació en la oscuridad? José no encuentra las palabras para su mujer, quien tiene glaucoma y no conoce ni las sombras.

A él, un escopetazo le borró la vista a los 13 años. Alcanzó a probar los colores del universo y a veces aparecen en sus sueños dibujando animales, carros, la Luna, el campo, el día, la noche, y todo aquello que desapareció de su vida hace 35 años. Los sueños de su pareja son apenas de momentos y sensaciones de lugares tranquilos, “pero ver paisajes y esas cosas, nunca”.

Es en ese momento de la charla es cuando José pide ayuda, “¿podrías explicarle a mi mujer lo que es un color?”.

No hay respuesta.

La pareja trabaja en Federalismo en su cruce con la calle Herrera y Cairo, a la altura de la estación Refugio del Tren Ligero. Ambos están en el camellón, ella con una sombrilla de colores. Él con un sombrero tejido y lentes oscuros. El Sol de Primavera es insoportable.

El semáforo se pone en rojo. Los carros se detienen y Angélica se prepara con chicles y mazapanes en su mano izquierda. Con la derecha extiende el bastón blanco y avanza precavida por el carril izquierdo, pegada al camellón. José la toma del hombro derecho, y camina detrás de ella.

Desde que ven a la pareja, algunos suben el vidrio o avanzan para evitar el contacto. Otros de inmediato buscan en la bolsa o en los huecos escondidos del carro, y asoman la mano con algunos pesos. Al final del día, pueden acumular hasta 150.

José camina detrás de Angélica; no se hace a la idea de andar en la calle. Para eso estudió Derecho, “porque no me gusta andar dando lástimas… ya una vez me fui de artista (en los camiones), pero no me gusta”.

Durante ocho años dio clases en la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA) de Derecho Romano y Filosofía del Derecho, pero cambiaron los directivos y en diciembre pasado lo corrieron.

José pertenece a 3% de los 30 mil invidentes que tienen estudios de licenciatura, y aún así, es parte de 70% que no tiene empleo.

¿El amor es ciego?

Al no despistarse con la carrocería, es más fácil encontrar la esencia de la persona. Al menos eso piensa José, quien es miembro de la Asociación de Invidentes y Débiles Visuales de Jalisco.

La secretaria de la organización ubicada en la calle Belén, Rocío Anguiano, reflexiona: voltea a ver a las parejas con discapacidad visual que están en el patio central de las oficinas. “Pues aquí sí. Aquí el amor sí es ciego”.

El jefe del Departamento de Clínicas de Salud Mental de la Universidad de Guadalajara, José de Jesús Gutiérrez Rodríguez, asegura que el enamoramiento y el amor son distintos para las personas que viven con alguna discapacidad visual.  De entrada está la imposibilidad de sentir atracción por parte de las características físicas, como los rasgos faciales y anatómicos de la gente.  Entonces, el enamoramiento en la oscuridad se torna subjetivo en relación al trato de la otra persona.

Angélica conoció a José en el Instituto de Capacitación de Ciegos. Pasaron los años y en una elotiza comenzó el cortejo: “En una comida empezamos a hablar más, a conocernos… yo ya conocía su voz y poco a poco me enamoré, por su trato respetuoso, serio”, confiesa la mujer tímida, en el segundo piso de la asociación, donde no entran más que algunos rayitos de luz.

El telón de la vida se le cerró a él una tarde en Zacoalco. Sus familiares fueron al campo de cacería y él se quedó con el ganado, se subió a un árbol y de repente llegó el golpe más duro que le ha dado la vida: cayó de un escopetazo, con la cabeza reventada. Tardó días en el hospital y cuando recuperó la conciencia, creyó que la vida se había acabado.

“No me veía, en sentido figurado, con alguien como yo, porque quería una mujer que me apoyara, que pudiera ver. Pero tuve tan malas experiencias, que cambié mi visión y un día me decidí a invitar a Angélica a platicar… y me gustó su forma de ser, tranquila, a veces pues uno sólo busca que lo entiendan. Dicen que de la vista nace el amor, pero yo digo que no”, cuenta el hombre, con la piel tatemada por trabajar tantas horas bajo el sol.

José confiesa que para las personas que pierden la vista, el rechazo de los que “ven” es muy traumático.

El psicólogo de la Universidad de Guadalajara señala que los invidentes tienden a enamorarse fácilmente, y en la entrega pueden ser manipulados.

“Vivimos en una sociedad que discrimina, y vivir con una función disminuida, tienen menos condiciones para el desarrollo integral de la persona. En esas condiciones más adversas lo más probable es que busquen alguien que les dé apoyo, protección, seguridad”. Por ello es muy común que se relacionen con personas en su misma condición, para sentirse más seguros.

La primera charla con José y Angélica es en la asociación. Sus dos hijas de 11 y 12 años los acompañan, les sirven de lazarillos. Ellas no tienen problemas de la vista.

En el patio central está una mujer con una grabadora en sus piernas y no deja de cantar. José murmura: “Ojalá fuera tan feliz como ella”.

La familia de Angélica y José se despide. En otro rincón está Martha, con su hijo que también nació con problemas visuales. Lo para y lo anima para que empiece a caminar, él da un paso y se vuelve a aventar al piso.

Ella no se perdona haberle heredado la ceguera a su hijo.

“Tentar es mucho mejor que ver”

Rocío Anguiano llegó a la Asociación de Invidentes hace cinco años, y aunque no tiene problemas con la vista, se ha acostumbrado a vivir con poca luz.

Cuenta que llegan parejas de todo tipo o personas muy deprimidas que después se recuperan y ahí encuentran novio. “Hay muchos que son coquetos de nacimiento y se vienen muy guapos, perfumados, que llevan su vida muy normal. Y ellos se enamoran del trato, la voz, el olor”.

En la organización llegan a solicitar apoyo para aprender a andar en camión y moverse en las calles. Y aunque no hay psicólogos de planta, los invidentes que tienen más tiempo comparten sus experiencias a manera de terapia.

Cada vez se acercan más casos con retinopatía diabética, de gente entre los 35 y 48 años de edad. “Llegan devastados, algunos queriéndose matar. Lo preocupante es que la diabetes está incrementando muchísimo a la población con ceguera”.

A los que tienen problemas económicos, les dan boletos de rifas para que vendan en las calles. Tan sólo de esta asociación, hay poco más de 30 integrantes cantando, vendiendo boletos o dulces en el primer cuadro de la ciudad.

A Rocío Anguiano poco le llaman para ofrecer trabajo a los miembros de la asociación. La buscan sólo cuando sufren accidentes, desde caídas hasta cuando los atropellan.

Relata que el primer paso para relacionarse es que acepten el problema. Su padre es de los más antiguos en la organización y a los que llegan devastados, les advierte: “Tu vida ya cambió, pero no importa. Porque todavía pueden tentar, y eso es mucho mejor que ver”.

Las voces de los que ven

"Vivimos en una sociedad que discrimina (...) en esas condiciones más adversas, lo más probable es que busquen alguien que les dé apoyo, protección, seguridad" José de Jesús Gutiérrez Rodríguez, jefe del Departamento de Clínicas de Salud Mental de la Universidad de Guadalajara.

"Llegan devastados, algunos queriéndose matar. Lo preocupante es que la diabetes está incrementando muchísimo a la población con ceguera" Rocío Anguiano, secretaria de la Asociación de Invidentes y Débiles Visuales de Jalisco.

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