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Jueves, 18 de Octubre 2018
Entretenimiento | Bicentenario de la Guerra de la Independencia española

Viaje al 2 de mayo de 1808 de mano de Pérez-Reverte

El libro Un día de cólera recrea la rebelión de la gente más humilde de Madrid contra el ejército francés liderado por Napoleón.

Por: EL INFORMADOR

Entre la avalancha editorial sobre la rebelión del 2 de mayo de 1808 de Madrid con motivo de la conmemoración del bicentenario de la Guerra de la Independencia española, la novela del Arturo Pérez-Reverte Un día de cólera (Alfaguara) ocupa un lugar destacado en las estanterías de las librerías jaliscienses.
El novelista y académico español revive de manera impresionante en su nuevo libro la feroz jornada del 2 de mayo de 1808 -fecha en la que los madrileños se rebelaron contra los franceses y marcaron el comienzo de la Guerra de Independencia-, devolviéndola a la calle con toda su sangre y salvajismo y con tono documental.
“El 2 de mayo y la Guerra de la Independencia fueron procesos complejos donde, como ocurre en todos los lugares del mundo, la mayor parte de los protagonistas se vieron arrastrados contra su voluntad y donde, paradójicamente, muchas grandes hazañas tuvieron justificación en el fanatismo e incultura de sus protagonistas. Ni todos los curas fueron trabucaires -no pocos obispos colaboraron con el invasor-, ni todos los guerrilleros fueron héroes -numerosos bandoleros y asesinos se justificaron bajo ese nombre-, ni todos los afrancesados fueron villanos oportunistas”, señala Pérez-Reverte.
El autor señala que “además, los aliados ingleses se comportaron a veces con más crueldad y falta de escrúpulos que las tropas francesas. Y entre 1808 y 1814, los ejércitos españoles fueron de derrota en derrota hasta la victoria final, lograda a fuerza de coraje y tenacidad nacional, de una parte, y de ayuda británica, por la otra, mientras miles de patriotas voluntarios o forzosos eran sacrificados por la incompetencia, la desorganización, la insolidaridad y la mala fe tradicionales, tan propias de España y su gente”.
La intención de Pérez-Reverte con Un día de cólera era “establecer unos mínimos” en el marco del festejo del bicentenario del 2 de mayo. Y para eso hay que aclarar interpretaciones que durante siglos han emborronado varias verdades. Por ejemplo: “Nosotros crecimos pensando que fue el pueblo guiado por el ejército el que salió a la calle y no fue así. El ejército estaba acuartelado y sin munición”, asegura el escritor.
Sobre la Iglesia también es recomendable detenerse: “Aquel día tuvo una actitud vergonzosa, infame. Desconfiaban del pueblo. Napoleón, para ellos, representaba en esa época el orden, luego se pasó al otro bando, aunque hay que decir que algunos curas salieron a la calle”.
Fue una enorme bronca protagonizada por una gente que estaba harta de la arrogancia y el desprecio de los franceses. Aunque Pérez-Reverte lo ha escrito sin ocultar la dualidad que siente. “No hay que olvidar que los franceses eran la modernidad y los que salieron a la calle, unos tipos que defendían la monarquía y la religión. No sabían que nos traían a Fernando VII, el rey más infame de nuestra historia, pero no puedo evitar sentir una enorme ternura por quienes murieron en las calles”.
A lo largo de su carrera, Arturo Pérez-Reverte ha demostrado tener una íntima relación con el éxito y en este caso se encuentra ante uno de sus mayores retos como escritor. La escueta desnudez de los hechos en sí mismos no deja espacio para la imaginación y las florituras, tan habituales en la novela histórica, donde la conjugación de ambos términos -historia y novela- balancea y justifica la subordinación de un género al otro en función de las necesidades de ambos. Pero no es el caso de esta obra, donde la propia exuberancia de los sucesos exige al autor llevar las riendas con mano firme, cediéndole la potestad al que fuera corresponsal de guerra.
La seriedad profesional de Pérez-Reverte se muestra en la precisión con que maneja los recursos del idioma, así como en la capacidad para arrastrar al lector, implicándolo en la gama de sentimientos suscitados por unos lances que si bien uno pueden aportar el elemento sorpresa, sí, al particularizar nombres, edades y circunstancias personales de los involucrados, los restituye a su cualidad humana, rescatándolos del mármol, las meras estadísticas y el anonimato de la costumbre.

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