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Martes, 16 de Octubre 2018
Entretenimiento | En el libro de fianzas, en el espacio dedicado a la firma del fiador, hay un nombre: P. Elías Calles.

HISTORIAS DESDE LA BANQUETA: El prohombre mexicano Juan Pérez

“Ha tenido la Revolución hombres que no resistieron ante la tentación... Explotaron su posición en el poder; se volvieron mistificadores de la idea; perdieron la vergüenza y se hicieron cínicos. Sin embargo, para sus adeptos siguen siendo redentores de las masas”.

Por: EL INFORMADOR

Por: Alejandro Silva

Donde el espíritu de Lázaro Cárdenas entra en contacto con el esnobismo querellante y recibe una ayuda inesperada para salir de la cárcel

Con las manos sobre las rodillas, sentado en la banqueta de los separos de la policía municipal, oyendo los gritos y las alegatas de los detenidos en las celdas contiguas, impasible, está el espíritu en blanco y negro del general Lázaro Cárdenas.

Se escucha, afuera de allí, quizás en las oficinas, a los limpiaparabrisas que erigidos ya en cooperativa, la primera impulsada por Lázaro, tratan de rescatarlo de su detención. Pensando en ellos el general sonríe, satisfecho, de un primer triunfo en la interminable carrera que se ha trazado.

Una puerta chirría y pronto se oye una voz que parece agitada, pasional, alegando argumentos que no parecen tener mucho eco pues no hay respuestas. Aparece detrás de los barrotes un joven de unos 20 años vestido con una playera negra del Che Guevara; va esposado, visiblemente enojado, llevado por un policía, quien abre la celda común, luego las esposas, y arroja al joven que va a estrellarse de bruces contra el suelo, cerca del espíritu del general Lázaro Cárdenas.

-¡Represor...! –gime el muchacho salivando su furia desde el piso y moviendo frenéticamente las manos. Una gota de sangre resbala por sus labios rotos. El celador ríe y sin decir nada desaparece por donde llegó. Lázaro saluda con la mirada y le pregunta el nombre y le ofrece la mano a:

-Juan Pérez, señor, pero me dicen el Hijo del Ahuizote.

El general Cárdenas lo observa.

-¿Y usted por qué cayó? –continúa el joven sin mirarlo, poniéndose de pie y soltando la mano del General, sacudiéndose los pantalones de mezclilla y abriendo y cerrando los puños, limpiándose con fuerza la sangre de los labios, como si quisiera abrir más la herida.

-Por subversivo –responde el espíritu de Lázaro abriendo una sonrisa y atrayendo en seguida con esa palabra la atención de Juan Pérez.

-Estos hijos de la tiznada nomás saben zaherir, como diría el maese Paz, ¿a poco no?

Juan se ve agitado, camina en círculos como criatura silvestre capturada, voltea hacia todos lados con mirada hiperactiva. Cada tanto se toca el bolsillo pequeño del pantalón, donde sobresale un pequeño bulto de papel periódico.

-¿Y usted por qué está aquí? –le pregunta el General.

-Por luchar por los derechos humanos y la soberanía nacional –responde-; por exigir que se cumplan las garantías, por...

-Por estar mal estacionado –interrumpe el policía caminando por fuera de la celda, llevando a otro detenido y desapareciendo tal y como apareció. El joven se enfurece nuevamente: enrojece, escupe; dice pomposamente:

-Merde alors –y se pasa las manos por el cabello. Continúa:

-Había una manifestación, señor, en el Centro, y yo me uní porque mi conciencia social me obliga a hacerlo –mientras habla saca el bulto de papel periódico de su bolsillo y lo desenvuelve: aparece un fragmento de cigarrillo del tamaño de medio meñique y lo enciende: el humo azulpardo cubre rápidamente la celda.

-¿Por qué se manifestaban? –pregunta el General dando dos pasos hacia atrás evitando el humo; saca un pañuelo y se tapa la nariz.    

-Contra la represión, don, contra los represores que quieren al pueblo sumido en la ignorancia, en la pereza mental que sólo ayuda a los fanatismos y a sus negocios en los oscurito, -bocanada larga-, a bajar la cabeza como insulsos –fumada profunda-, si todos debemos unirnos contra el gobierno corrupto -bocanada lenta-; el pueblo proletario ya no aguanta más y debe levantarse –fumada larga-; si Juárez viviera, qué tizna les pusiera...

Juan Pérez se coloca en cuclillas y apaga el cigarrillo mojándose con saliva las puntas del índice y el pulgar; lo coloca nuevamente en su envoltura de periódico y lo guarda. El espíritu del general Cárdenas tose, molesto por el humo.

-¿Y por eso lo detuvieron?

El joven voltea hacia el General con los ojos entornados y los labios entreabiertos.

-Órale, don. Usted es blanco y negro... qué loco...

-No: lo detuvieron porque para andar en una marcha de grillos bloqueacalles se estacionó en doble fila y ya cuando se iba un agente vial le aplicó una multa que al señorito lo indignó y se puso a alegar con el támaro hasta que llegamos nosotros y mejor nos lo trajimos, -irrumpe respondiendo el policía que había traído a Juan “el hijo del Ahuizote” Pérez mientras abre la celda.

-Y ya llegaron por usté, señor cooperativas de limpiaparabrisas -continúa el uniformado riendo de su invención-. Ya pagaron su fianza.

El espíritu de Lázaro Cárdenas con el pañuelo en las manos se abre paso y sale de la celda.

Va pensando en cuál fue el momento exacto en que la disidencia se volvió un pintoresco modo de combatir el estrés y la monotonía. Se percata de la mala imagen que tiene en México el pensamiento disidente por ser algo común llevarlo con irresponsabilidad y sin apego a las leyes, y por ello cuando se deja atrás la querella gritona y mejor se intentan experimentos creativos para solucionar problemas económicos y sociales se ocasiona el inmediato escepticismo y hasta el temor de las autoridades por el pensamiento de autogestión.

El policía lo conduce por el pasillo rumbo a las oficinas de los separos, donde el grupo de limpiaparabrisas y el bolero Juan Pérez lo esperan y comienza una gran algarabía al verlo llegar. Entonces el General va considerando que pagar una fianza es injusto pues no había delito que perseguir, y con ese argumento se dirige al policía que atiende detrás de un escritorio en la entrada a las oficinas.

-¿Y usté pa’ qué se apura, oiga, si ya la pagaron? –le responde el oficial mostrándole el libro de fianzas. El espíritu del general Cárdenas se queda serio, estático, congelado observando fijamente la hoja que le ponen enfrente. Los limpiaparabrisas lo rodean, sorprendidos por su repentino cambio de semblante. Lázaro da media vuelta y sin un semblante definido en el rostro se dirige a la salida de los separos, seguido silenciosamente por la cooperativa de limpiaparabrisas, quienes no se atreven a decir palabra. Sólo el bolero, quien ha leído un par de libros de historia, muestra gran sorpresa y comienza a comentarla con los limpiaparabrisas que caminan a su lado.

En el libro de fianzas, en el espacio dedicado a la firma del fiador, hay un nombre: P. Elías Calles.

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