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Sábado, 23 de Marzo 2019

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Entretenimiento | Entre los taxistas chilangos es común encontrar a una gran cantidad de profesionistas que no pudieron ejercer sus respectivas carreras

CRÓNICA: Todo el mundo tiene alguna historia sobre taxistas que contar

Un taxista te puede revelar cosas insólitas y tú le puedes revelar cosas insólitas a un taxista...

Por: EL INFORMADOR

Por: Gerardo Lammers

El mundo de los taxistas suele ser el de los encuentros casuales, fugaces. Lleva implícita su propia lotería.

Viajar a bordo de un taxi genera una dinámica propia, aunque no quieras. Aunque no le dirijas la palabra al taxista en todo el trayecto, sientes que hay una vibra encapsulada.

Con un taxista puedes llegar a intimar o incluso a filosofar. En mi caso confieso que lo más común es quejarme de lo mal que está el tráfico, del calor, y de lo corruptos e ineptos que son los políticos (muchos taxistas manejan información política privilegiada).

Un taxista te puede revelar cosas insólitas y tú le puedes revelar cosas insólitas a un taxista, a sabiendas de que muy probablemente no te lo vas a encontrar en mucho tiempo, o quizá nunca.

No faltan en el cine las historias sobre taxistas. La más obvia sería tal vez Taxi Driver, de Martin Scorsese, con la soberbia actuación de Robert de Niro, haciéndola de un psicópata que se obsesiona de una niña prostituta (Jodie Foster).

Sin embargo, la mejor película que he visto sobre taxistas es Night on Earth (traducida tal cual como Noche en la Tierra) de Jim Jarmush, uno de los baluartes del cine independiente en Estados Unidos. Se trata de cinco historias, una en Los Ángeles, otra en Nueva York, otra en Helsinki, otra en París y otra en Roma, que suceden a bordo de un carro de sitio.

Por lo que a mí respecta, tengo mis anécdotas taxísticas, sobre todo en el DF. La más drástica de todas fue un asalto a medianoche con escala en el cajero automático. Fue hace años: abordé un taxi pirata (después lo supe) en pleno Paseo de la Reforma, el taxista se metió en una callecita oscura, subieron un par de tipos y me hicieron el favor de quitarme mi dinero, una grabadora y una entrevista que le había hecho a Raúl Anguiano. Me invitaban a llevarme a Ciudad Neza, pero les dije que no, que la Virgen de Guadalupe y yo les agradecíamos el paseo, pero que ya estábamos mareados de tantas vueltas.

A partir de ese momento me acostumbré a tomar taxis de sitio, radiotaxis o, por lo menos, a revisar que las placas de los vochos verdes empezaran con “L” o con “S” (si no es así, son piratas.

Entre los taxistas chilangos es común encontrar a una gran cantidad de profesionistas que no pudieron ejercer sus respectivas carreras o que de plano fueron cesados por motivo de la edad, y no les quedó de otra que ponerse al volante. “En este país no se valora la experiencia”, me dijo una tarde un contador público que me llevaba a Coyoacán.  

Por otra parte, viajar en taxi en el DF a media mañana o al filo de la medianoche, cuando no hay mucho o ningún tráfico puede ser una experiencia sumamente ideal para contemplar la ciudad, sobre todo si se viaja por el segundo piso del Periférico y el taxista viene sintonizando a Pink Floyd. Yeah.

También se puede platicar muy a gusto de futbol con los taxistas.

Hace unos meses tomé un taxi en la avenida Chapultepec, en el DF. Era uno de esos desangelados tsurus de los que abundan en la capital. El taxista era un hombre moreno, de pelo chino, al que no pude calcularle la edad. Como buen tapatío, me extrañó que, colgado del espejo retrovisor, llevara un zorrito del Atlas, viejo y desteñido el pobre. Diría que me pareció una reliquia. No pude contener la obviedad y le pregunté:

—¿Le va al Atlas?

Con un acento chilanguísimo el taxista me lo confirmó. Me dijo además que su papá era americanista de hueso amarillo, pero que él no, que él le iba al Atlas. Desde siempre. Le pregunté por Ricardo Chavarín. Y se acordaba de él. También se acordaba del Pistache Torres y del Cuchillo Herrera. Coincidimos en que el mejor Atlas que hemos visto era el de Lavolpe, con Osorno, Zepeda, Méndez, Márquez. Dijimos que qué lástima que no le ganaron al Toluca en aquella final, allá en La Bombonera.

Ya para despedirme, se me ocurrió preguntarle que por qué le iba al Atlas, él siendo chilango.

—Ah, porque nací el 22 de abril de 1951 —me respondió el hombre—, el día que el Atlas fue campeón.

Definitivamente, una historia extraordinaria.

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