Viernes, 10 de Octubre 2025
Cultura | Literatura

Un retrato de las viajeras victorianas

“Los viajes le dan a uno el privilegio de hacer las cosas más impropias con total impunidad”, afirmaba Isabella Bird (1831-1904).

Por: EFE

Isabella Bird fue una gran aventurera. ESPECIAL  /

Isabella Bird fue una gran aventurera. ESPECIAL /

MADRID, ESPAÑA (26/JUN/2011).- Tenían todo en contra: las convenciones sociales, el machismo de una era que asfixiaba lo femenino, o los peligros del propio viaje, y aún así cruzaron África, desafiaron las selvas de Asia y se convirtieron en reinas de Arabia. Fueron las viajeras victorianas, una raza de mujeres adelantadas a su tiempo.

“Los viajes le dan a uno el privilegio de hacer las cosas más impropias con total impunidad”, afirmaba Isabella Bird (1831-1904), unas palabras que resumen su espíritu y el del libro que acaba de publicar sobre ella y otras mujeres la escritora española Pilar Tejera: Viajeras de leyenda. Aventuras asombrosas de trotamundos victorianas (Ediciones Casiopea).

Este subtítulo no deja lugar a engaños sobre lo que podemos encontrar en sus páginas, un cúmulo de peripecias y modos diferentes de afrontar el destino de un puñado de mujeres que en la Europa del siglo XIX, y en faldas como mandaba la época, eligieron como campo de batalla un territorio entonces vedado a su género, la exploración y el viaje, simplemente por el placer y el desafío de acometerlos.

One way ticket

“Hay que tener en cuenta la dificultad de esos tiempos, en los que antes de partir se hacía testamento. Eran viajes sólo con billete de ida, sin agua mineral, visa, ni seguro de repatriación. Eran mujeres que sabían mucho de relámpagos en noches de tormenta y nada de viajes relámpago”, explica Tejera.

Hoy día, cuenta, “es difícil pensar en viajar sin la mínima infraestructura, sin mapas, bebiendo, como hacía Anne Blunt -la nieta rebelde de Lord Byron y una de las grandes damas del desierto-, de charcos de agua infectos que apestaban a orines de camello, comiendo hiena asada y saltamontes recogidos al amanecer”.

La escritora recoge las vidas de mujeres como Isabella Bird, cuyos viajes la llevaron a visitar desde Australia al Tibet, desde el Kurdistán a Japón, o como la austríaca Ida Pfeiffer, quien a los 45 años, tras dieciocho de maltratos maritales y de necesidades, “en una mañana de marzo” dejó atrás “las resquebrajaduras de una vida gris” y se lió la manta a la cabeza.

Origen del turismo de aventura

“Ida Pfeiffer es la inventora del turismo de aventura. Con una gran inteligencia y sagacidad para utilizar a su favor todas las adversidades”, dice Tejera, autora de la web mujeresviajeras.com.

Sin medios, con un exiguo equipaje y una voluntad de hierro, Pfeiffer recorrió Oriente Medio, Brasil, el Pacífico, China, la India y Asia Central, “con la misma parsimonia con la que se pasea por una ciudad europea”, refiere Tejera, para quien esa manera de viajar “pausada” se plasma en los libros que dejaron estas mujeres. “Como ahora se viaja deprisa, se escribe igualmente deprisa”, lamenta.

Aquellos eran viajes en los que el tiempo no contaba, “como el que hizo en 1864 Florence Baker con su pareja, el explorador africano Samuel Baker, desde la costa oriental africana a la región de los grandes lagos”, explica la autora.

Es difícil, señala Tejera, “ponerse en la piel de esta gente, que comenzaba a caminar miles de kilómetros con el mero rumor de un lago que podría ser una de las fuentes del Nilo, con un año de ida y otro de vuelta en el viaje”.

En África también anduvieron Mary Livingstone, esposa del gran explorador “encontrado” por Stanley; Alexine Tinne, otra de las buscadoras del origen del Nilo; Mary French Sheldon, “una americana en el Kilimanjaro”, o la intrépida Mary Kingsley.

“Leer a Kingsley es como disfrutar de una ducha de agua fría en una noche de calor sofocante. Ella le sonrió a la jungla, a ese territorio tan oscuro. Es como si le hubiera puesto bombillas al corazón de las tinieblas africano”, cuenta Tejera.

La autora sonríe cuando habla de lady Jane Digby, “la eterna enamorada” que, tras escandalizar a la Inglaterra decimonónica con sus múltiples amoríos, dio la puntilla a los convencionalismos al casarse por el rito beduino con el jeque Medjuel el Mezrab, que la convirtió en la reina sin corona del desierto.

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